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31 de Mar de 2020

Nacional

¿Quién mató al teniente Álvarez?

El asesinato cometido en Portobelo, en 1647, y presentado en detalle por el historiador Alfredo Castillero Calvo en su libro “Portobelo y el San Lorenzo del Chagres”, más parece una tragicomedia o novela de misterio

¿Quién mató al teniente Álvarez?

Sin duda, la debilidad del gran historiador Alfredo Castillero Calvo son los personajes rocambolescos que alcanzan fama por sus defectos. En sus más de 80 libros se pueden encontrar varios de estos seres que, bajo el prisma de la historia, se desdoblan para mostrar, como pocos, el arcoíris de costumbres sociales, formas de pensamiento y de relacionarse que caracterizaron el Panamá colonial.

El hidalgo Pedro Gómez de Torres, con su inusual psicopatología que lo llevaba a convertirse bajo ciertas condiciones en “loco furioso”, es uno de ellos. El personaje es sin duda el protagonista del último capítulo del libro “Portobelo y el San Lorenzo del Chagres” (Panamá, editora Novo Art S.A., 2016), titulado “¿Quién mató al teniente Alvarez?”, donde se relata su enfrentamiento con la justicia, que pese a ser escrupulosamente cierta, más parece una novela de misterio o comedia del ridículo, en un ambiente histéricamente pueblerino.

¿Quién era Pedro Gómez de Torres?

Pedro Gómez de Torres pertenecía a una de las mejores familias de Córdoba, en el reino de España. El hecho de que sus tíos, hermanos de su padre, ostentasen los hábitos de la orden militar de Santiago en el pecho, no pasaba solo como anécdota, sino que era un hecho con poder para cambiar su destino.

Torres hubiera podido quedarse en España y disfrutar como señorito de su posición social y económica, pero a los 21 años (1638) prefirió embarcarse para servir al rey en la armada, llegando a Portobelo en 1640, con 27 años.

Portobelo era entonces un pueblo tranquilo, de dos calles y menos de mil habitantes, donde la oscura rutina era apenas interrumpida ocasionalmente por las ferias que todavía se realizaban, las amenaza de un ataque pirata o la llegada de alguna fragata cargada de alimentos y pasajeros.

Allí se estableció nuestro noble de forma indefinida, por petición de su tío don Eulogio Gómez de Torres, quien tenía negocios en Lima, Perú, y pretendía que este le sirviera como agente comercial en asuntos de las ferias. Consigo traía el sobrino varias cajas de carísimas telas, presumiblemente para la venta, además de un inusual inventario de prendas de vestir lujosas con las que se pavoneaba por el pueblo.

No pasó mucho tiempo para que su soberbia y arrogancia le ganaran la enemistad de muchos personajes de Portobelo, sobre todo de las autoridades, que esperaban la oportunidad para hundirlo. Esta llegaría pronto, cuando se hizo pública una falta de conducta no solo tipificada por la ley como delito, sino difícilmente tolerable en un pequeño pueblo como este.

Al parecer, Torres se había enamoriscado de una mujer blanca, esposa de un soldado español. El marido, celoso, asignado al fuerte de San Felipe, y que también era dueño de una pulpería, se la llevó al fuerte para mantenerla lejos de Torres, pero este logró sacarla de allí para meterla en un cuarto de alquiler, incomunicada de su marido. Cualquiera se hubiera sentido avergonzado por ello, pero Torres además se dirigía al esposo con adjetivos hirientes como “cornudo”, “pobre hombre” y “miserable”.

Cuando empezó a circular el rumor de que el esposo estaba determinado a pillar a los amantes para matarles, según los testigos, las autoridades decidieron intervenir.

Torres va preso

“Porque al alcalde mayor Moncayo ha llegado noticia de que Pedro de Torres, residente en esta ciudad, soltero, sin tener oficio ni beneficio en ella, ni plaza de soldado ni trato ni contrato, ha mucho tiempo asiste en ella con gran nota y escándalo de toda esta república, amancebado públicamente con una mujer española casada, vecina de esta ciudad”, decía el auto emitido por el alcalde mayor, Pedro de Moncayo, con fecha del 20 de octubre de 1646, con los testimonios acusadores de vecinos y conocidos.

El 13 de febrero de 1647, Moncayo ordenó su detención. En un principio, Torres salió corriendo, muy alterado, tratando de huir, pero finalmente se le llevó al calabozo. Ese mismo día, haciendo leña del árbol caído, el cabo Francisco de Gámez le puso una demanda adicional por cien pesos que decía que le debía.

Pero al darse el interrogatorio del acusado, Torres se negó a confesar sus delitos. Dijo no conocer a la mujer y no reconocer el vale supuestamente firmado por él en el que se comprometía a restaurar los cien pesos que le había prestado Gámez.

En la cárcel permaneció 40 días, junto con dos presos más, quienes serían testigos de los hechos que estaban por suceder y dieron parte de los testimonios que recogiera Castillero Calvo para este relato.

Los grillos y el cepo

El problema surgió el 21 de marzo, cuando Juan Guerrero de Usa, alguacil de la cárcel, se retira a su hatillo de vacas “para convalecer de sus achaques” y deja encargado de la cárcel al teniente Antonio Álvarez, un portugués de baja calaña, tan odiado o más en el pueblo que el mismo Torres.

El alcalde Moncayo, quien era uno de los que le tenía más inquina a Torres, ordenó a Álvarez que diera a Torres un tratamiento de preso común y lo pusiera en el cepo con grilletes, aun cuando su caso de amancebamiento no había recibido fallo y ya había estado en la cárcel más tiempo que el que sus leves delitos requerían.

Cuando Álvarez intentó abrir el calabozo para someterlo, Torres, moviéndose libremente en la celda, trató de impedir que metiera la llave en el cerrojo. Insultándole, Álvarez procedió a sacar la espada y darle varias estocadas a través de las rejas.

El escándalo causado por los dos alarmó al pueblo entero, que se acercó a la cárcel a ver qué pasaba. Allí estaban los vecinos, los pasajeros de un buque que recién llegaba al puerto, además de las mayores autoridades locales: el mismo Pedro Moncayo, alcalde mayor y capitán a guerra de la ciudad; don Pedro Báez, alcalde ordinario y Martín Sánchez de la Fuente, sargento vivo de la plaza.

Para entonces, Torres, según los testigos, estaba preso de un ataque de histeria. Se mostraba “loco”, “furioso”, arrojaba piedras y hasta atacaba con un cuchillo a Báez, “tirándole a matar”. Aparentemente, cuenta Castillero, Torres padecía de una psicopatología, reconocida posteriormente por algunos parientes, que lo hacía reaccionar de forma furibunda ante ciertos estímulos.

Al ver el estado de Torres, las autoridades confirmaron la orden de ponerlo en el cepo, lo que procedió a hacer Álvarez a las siete de la noche, ante la presencia de un escribano, otras autoridades policiales, y los mirones de siempre.

Según explica Castillero, Álvarez tomó “la faldriquera” para sacar las llaves del calabozo, cuando, de repente, en medio de la oscuridad, alguien le propinó un cuchillazo al portugués en el pecho.

“Ay, Jesús, que me han muerto”, gritó este antes de caer al piso, sin vida.

“¿Qué es lo que ha hecho Pedro de Torres?”, gritó inmediatamente el mayor.

En realidad, sostiene Castillero, el asesino pudo haber sido cualquiera de los vecinos, los negros y la tropa, que odiaban al portugués, y muchos de los cuales habían rodeado el edificio. No obstante, uno de los presentes, el oficial Leonardo de Sosa aseguraría posteriormente haber visto por un agujero de la puerta del calabozo cuando Torres sacaba la mano y le tiraba el golpe fatal a Álvarez en los pechos.

Torres lo niega todo

Ante la gravedad del asunto, y la promesa de las autoridades presentes de respetar su condición noble, Torres aceptó portarse de forma más dócil. Se abrió el calabozo y entre varias personas y ministros le echaron grillos y metieron en el cepo.

En el calabozo se encontró la prueba del delito: un cuchillo nuevo, flamenco, que fue sometido a la prueba forense definitiva de la época: se prendió en fuego a una estopa y se metió allí al cuchillo para ver si escupía sangre. El resultado fue positivo: Tenía sangre, pero, pregunta Castillero: ¿era en realidad el cuchillo de Torres? ¿Fue introducido para incriminarle?

El 21 de marzo se le tomó confesión al reo, quien tras “jurar por Dios y la cruz decir la verdad”, negó haber matado a Álvarez. Pero el alcalde mayor, quien para entonces era bastante claro el odio gratuito que le profesaba, no le creyó. Cinco días después, el 26 de marzo, considerando que se trataba de un delito “muy gravísimo” y “digno de gran castigo para ejemplo de otros”, lo declaraba culpable y sentenciaba a un horrible final: “primero sería arrastrado por las calles colgado de las colas de dos caballos. Después de ejecutada la sentencia, se le cortaría la cabeza de los hombros y volvería a ser colocada pendiente de la horca y se le descuartizaría el cuerpo para colocar sus extremidades en los caminos de la jurisdicción con el propósito, según la costumbre, de que sirviera de escarmiento y nadie osara repetir lo que él hizo”.

Era una pena excepcional en Portobelo, sobre todo para un vecino blanco y, en este caso, hidalgo.

Según Castillero, “todo Portobelo debió quedar horrorizado. Nunca antes había ocurrido algo así”, por lo que nadie quiso ejecutar la condena. Leonardo de Sosa, temeroso de correr el mismo fin que Álvarez, "hizo fuga". Juan Guerrero, alguacil de la cárcel, se declaró gravemente enfermo. El sargento Martín Sánchez de la Fuente se excusó porque “tenía granos en los pies y no podía salir”. Moncayo dio entonces el encargo al capitán don Rodrigo Hurtado de Molina, alguacil mayor de la ciudad, anunciando que lo multaría con mil ducados de castigo si no cumplía con su obligación.

Apelación

Torres, bien aconsejado por su abogado, Atías Sáez de San Martín, antiguo vecino suyo, y de Pedro Zamora, procurador del número de la Real Audiencia en Panamá, apeló la sentencia ante la jurisdicción de la Audiencia de Panamá, la máxima autoridad judicial del reino de Tierra Firme.

Por lo corto, Torres obtendría su primer triunfo: su condición de noble hacía mérito para que se cambiase la pena de horca por una más digna, la del degüello.

De allí en adelante se entabló una batalla legal cada vez más complicada. “Mientras que el propio Moncayo se ocupaba de supervisar la construcción del cadalso y la cuchilla para el degüello con tanto empeño y afán que no escapó a la atención del pueblo”, Torres ponía todos los recursos para aplazar la fecha del ajusticiamiento.

Al final, agotados todos los recursos legales, parecía que Moncayo se saldría con la suya y que Torres sería ejecutado. Sin embargo, ocurrió el milagro que tanto Torres ansiaba: apareció el tio mercader de Perú, y con sus influencias logró que destituyeran a Moncayo y pusieran a su sobrino en libertad.

De acuerdo con Castillero, la historia, que contada por él presenta infinidad de detalles que aquí omitimos por falta de espacio, es el epítome de las prácticas legales que se daban en el istmo durante la época de la colonia.