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25 de Sep de 2020

Análisis político

¿Es hora del parlamentarismo?

No es la primera vez que salta a la luz esta interrogante, sin embargo, algunas altas figuras latinoamericanas defienden el sistema presidencialista, aun con todas sus imperfecciones

América, en su gran mayoría, tiene un sistema presidencialista directo. En las casi dos centurias de este sistema, empero, Latinoamérica, sobre todo, ha tenido un grave problema por la partidocracia corrupta, una desigualdad incontenible, corrupción en todos los sectores y una concentración de la riqueza en unos pocos.

¿Es hora del parlamentarismo?Jean Pierre Barria | La Estrella de Panamá

Algunos creen que es un problema del sistema presidencialista que provoca estas desigualdades. ¿Será que Latinoamérica debe ensayar con un nuevo sistema, como el parlamentario?

No es la primera vez que salta a la luz esta interrogante, sin embargo, algunas altas figuras latinoamericanas defienden el sistema presidencialista, aun con todas sus imperfecciones. El expresidente uruguayo Julio María Sanguinetti es de esta corriente. En un artículo de opinión de 2016, titulado “Parlamentarismo y Presidencialismo”, Sanguiletti publicó en Infobae que “en nuestro país (Uruguay), cada tanto, aparecen tendencias parlamentaristas, muy del agrado de la doctrina, que se sustentan en elogiar la flexibilidad de ese régimen que permite adaptarse a las cambiantes mayorías parlamentarias. Lo que habitualmente no se dice es que esa flexibilidad acentúa la inestabilidad, ya que el jefe de Gobierno (primer ministro o presidente de Gobierno) puede saltar en cualquier momento y abrirse una etapa de vacancia gubernamental. Pasó en España...”.

Raúl Rodríguez fue diputado y presidente de la Asamblea Legislativa. Rodríguez va por la misma línea de Sanguinetti. “Yo pienso que regresar o siquiera pensar en un sistema parlamentario no es lo que solucionaría los problemas de la corrupción o los problemas de la falta de liderazgo y fortaleza de los partidos políticos”.

Para Rodríguez, hay que trabajar sobre todo en la separación de los poderes. En sanciones efectivas para aquellos que no cumplan con las separaciones de poderes.

“Aquí vemos cómo el Ejecutivo se involucra en funciones que tienen que ver, ya sea con el Legislativo, o con el Judicial, y no pasa nada. Entonces no hay una verdadera separación de los poderes. Aparte de eso, es importante lo relativo a la moral, a que exista ética dentro de lo que es la política”, señala Rodríguez.

Para el exdiputado, en lugar de emigrar a un sistema parlamentario, lo que hay que hacer es un trabajo de fortalecimiento de los partidos políticos, fortalecer la democracia y el sufragio para escoger a los mejores representantes ante las diferentes esferas del poder.

Saca a colación un argumento que planteó en su momento el exmagistrado César Quintero (q.e.p.d.), quien en el libro Principios de Ciencias Políticas dice que entre los grandes defectos de los sistemas parlamentarios está el contar con gabinetes muy numerosos en gobiernos que no tienen estabilidad. También contar con un jefe de Estado, ya sea un rey o un presidente, que no es más que una costosa figura decorativa...

Y Rodríguez enfatiza que lo importante en este sistema presidencialista panameño, es fortalecer la separación de los poderes y ser mucho más enérgicos en las sanciones para aquellos que no cumplan con los principios que ya están establecidos en la Constitución...

Pero una opinión contraria a la posición de Sanguinetti y Rodríguez la plantea Roberto Gándara Sánchez, un escritor puertorriqueño que ha publicado innumerables artículos y moderado conversatorios y foros sobre política pública. Gándara Sánchez dice que uno de los efectos directos del sistema presidencial es que deja sin efectividad a los partidos pequeños, porque los priva de la dinámica de hacer alianzas con otros colectivos políticos para ejercer influencia sobre la política de Estado.

El puertorriqueño recoge lo que alguna vez señaló el escritor Jorge Luis Borges, cuando fue consultado sobre sus preferencias hacia Suiza como país. Borges contestó: “Allí nadie sabe el nombre del presidente”.

El presidencialismo y el parlamentarismo, tal como reconoce Sanguinetti, son regímenes democráticos. La gran diferencia está en que en el parlamentarismo el poder ejecutivo se integra por un presidente o un monarca, jefe de Estado, con limitados poderes, y un gobierno designado por el Parlamento, al que en cualquier momento puede censurar. En el presidencialismo, en cambio, el jefe de Estado y de Gobierno coinciden en la misma persona, no son objeto de censura parlamentaria y el poder legislativo se limita al ámbito de la elaboración de leyes.

Rubén Darío Rodríguez Patiño es catedrático de ciencias políticas y actual director del departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Panamá. Para el profesor, el presidencialismo latinoamericano hunde sus raíces en el caudillismo del siglo XIX.

El poder concentrado en los caudillos se justificó en el período de organización de los estados nacionales. Pero la concentración de poder en una persona física sobrevivió en el siglo XX cuando comenzaron a florecer las democracias liberales. Ya a finales del siglo e inicios del XXI, las nuevas democracias han sido delegativas; el poder se obtiene formalmente a través de rituales electorales -y esto es un avance- pero continúa concentrado en una persona física. Para Rodríguez Patiño, el presidencialismo debe tener contrapesos normativos (y los tiene): el principio de responsabilidad, el federalismo o la distribución geográfica del poder, el equilibrio entre los órganos estatales, la rendición de cuentas, la no reelección, etcétera.

“Pero todo esto queda atrapado en normas constitucionales que son soslayadas. Todo esto deriva en un escenario plagado de populismos y neopopulismos. De manera que la circunstancia invita a ensayar innovaciones institucionales...”.

El catedrático sí piensa que el sistema parlamentario puede ser una opción. Debería ser adecuada a las realidades de cada país, en caso de ser aplicado. “Otro elemento muy contundente, sin embargo, llama a la cautela. Es la cultura política panameña y latinoamericana. Las mayorías terminan buscando un Mesías, un salvador de la patria. Y los megalómanos abundan en nuestras clases políticas. Faltan muchas cosas. Una muy importante es la cultura cívica”, argumenta.

Independientemente de las posiciones a favor o en contra de los sistemas políticos, hay una realidad que no se puede evadir. La mayoría de los países desarrollados tienen sistemas parlamentarios, mientras que los presidencialistas, con sus excepciones, sobreviven en los subdesarrollados.