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01 de Jul de 2022

  • Redacción Digital La Estrella

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El PRD: un revés por omisión

Como antes hemos comentado, los éxitos iniciales del PRD resultaron de su condición de partido que expresaba un nuevo proyecto nacional,...

Como antes hemos comentado, los éxitos iniciales del PRD resultaron de su condición de partido que expresaba un nuevo proyecto nacional, y de su capacidad de movilización social para impulsarlo. Pero eso no lo libró de ciertas tentaciones propias de una organización política creada desde el poder. Poco más tarde esos éxitos atraerían ya no solo a los torrijistas, sino también a arribistas ajenos a dicho proyecto, pero interesados en escalar posiciones en el partido para hacer carrera personal.

Al soslayarse la conveniencia de tener mecanismos que velasen por la calidad cívica de los nuevos miembros, se facilitó la incorporación de personas de dudoso perfil político. A esto se añadiría la rutina de llevarse los mejores cuadros al gobierno, quitándoselos al partido. Y, adicionalmente, el cáncer del clientelismo —asociado a una forma viciosa de implementar la democratización interna—, que dio lugar a las inscripciones masivas, que hincharon al partido en desmedro de su eficacia, al extremo de llevarlo a tener más afiliados que votantes.

Ciertamente, los períodos de adversidad contribuyeron a depurar las filas del PRD —en particular bajo las persecuciones judiciales y laborales desatadas tras la invasión, y durante el mireyato— y esos procesos selectivos enseguida llevaron al partido a lograr nuevos éxitos. Sin embargo, no se realizaron por iniciativa del propio partido, sino a consecuencia de las agresiones de sus adversarios. Al revés de las organizaciones sociales eficientes, en el PRD los mecanismos de autodepuración son flojos, tortuosos e inoperantes.

La primera época del movimiento torrijista —aún antes de la fundación del partido— se caracterizaron por la intensa vida ideológica que construyó su identidad y objetivos. Los seminarios, debates y publicaciones eran pan de todos los días, en una dinámica que le dio vivacidad a una nueva cultura política. También los primeros años del PRD tuvieron esa característica.

Pero después de la desaparición de Ascanio Villalaz y de Omar Torrijos, esa virtud empezó a declinar, con la corrosión ideológica que resultó de la subordinación a los coroneles, la insistencia oportunista en aliarse a políticos tradicionales y, luego, la viciosa inclinación a conciliar los principios, el programa y las políticas del partido a los dogmas neoliberales (esos mismos que le causaron tantos daños sociales a América Latina y que ya se han desacreditado).

¿Qué características tuvo —y mantiene— la cultura política torrijista? Como lo señala el preámbulo histórico de la Declaración de Principios del PRD, el torrijismo es heredero y continuador de los ideales y demandas del movimiento popular panameño, como los manifestados en las gestas de 1947, de 1958 y de enero del 64. Demandas antioligárquicas y antiimperialistas de justicia social e integridad e independencia nacionales, que además de repudiar al enclave colonial y militar extranjero expresaron las reivindicaciones de los trabajadores urbanos, del movimiento campesino, de la clase media y los intelectuales, así como del empresariado industrial y agroindustrial.

En aquellos años los mentores de la socialdemocracia europea aún no se habían interesado por América Latina. En su lugar, en el plano económico se contaba con una propuesta teórica y metodológica mucho más completa, la ofrecida por la CEPAL de la época de Raúl Prebisch, mientras que en el ámbito ideológico gravitaba el ejemplo del nacionalismo revolucionario mexicano, las ideas del aprismo y los ejemplos del figuerismo y del gaitanismo.

En los años 70, cuando Omar asume el liderazgo de lo que desde entonces sería el proceso revolucionario (el Golpe de octubre de 1968 estuvo lejos de ser un acto revolucionario), esa cultura política ya se nutría del clima internacional de su tiempo. Éste era el de las luchas africanas y asiáticas de liberación nacional, el movimiento de no-alineación, la solidaridad con el pueblo vietnamita, los movimientos sociales norteamericanos contra la guerra y por los derechos civiles, y las agitaciones liberacionistas centroamericanas.

Los acontecimientos del Mayo francés y la Primavera de Praga renovaron el interés mundial por la posibilidad de un socialismo democrático y pluralista, diferente del modelo soviético. Una idea que en América Latina tomó cuerpo con Salvador Allende —como iniciativa civil y constitucionalista—, a la par de la alternativa militar-popular encabezada por Juan Velasco Alvarado. Fue a consecuencia de todo ello que dos eminencias de la Internacional Socialista tomaron interés por los pueblos del Tercer Mundo y los latinoamericanos: Willy Brandt y Ölof Palme. Un interés que, tras la muerte de ambos y bajo la posterior política de conciliación con el neoliberalismo, después decaería.

La identidad del torrijismo, como opción panameña de ese torrente mundial, vino de los reclamos de las comunidades populares y las iniciativas desarrollistas, las recomendaciones de la CEPAL y las demandas de la solidaridad internacional —un respaldo indispensable ante las negociaciones con Estados Unidos—. Eso requirió la estrategia de sustituir importaciones, estatizar empresas estratégicas y crear empresas mixtas, fortalecer los derechos laborales y sindicales, reforma agraria e integración de las comunidades rurales a la vida nacional, universalizar los sistemas de educación y de salud, y crear un nuevo régimen democrático que promoviera la consulta y participación populares, así como dignidad y flexibilidad en las negociaciones internacionales, relaciones con todos los países del mundo y no-alineamiento, etc. Una opción nacional-revolucionaria, que con el tiempo encontraría varios campos de coincidencia con la socialdemocracia.

¿Acaso éstas eran ideas de una época? Todo lo contrario. Cuando ahora observamos el panorama latinoamericano, así como a los nuevos inquilinos de la Casa Blanca, vemos que esas líneas de pensamiento y acción han vuelto a prevalecer en la mayor parte del Continente. Las políticas de autodeterminación nacional, integración regional y desarrollo con equidad, en interés popular, señalan la ruta de nuestra América. Si en este nuevo contexto el PRD sufrió un severo revés no fue por tener esas convicciones, sino por haber perdido su identidad al dejar de llevarlas al corazón de su pueblo.

*Miembro del PRD.nils.castro@gmail.com