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29 de May de 2020

Redacción Digital La Estrella

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¡Cuánto tenemos que aprender! Hablar con valentía y decisión ante la injusticia y el atropello; tener cuidado con lo que se dice para no...

¡Cuánto tenemos que aprender! Hablar con valentía y decisión ante la injusticia y el atropello; tener cuidado con lo que se dice para no caer en la calumnia, injuria o la murmuración y escuchar con humildad.

Los que se quejan continuamente de las contrariedades que padecen, quienes pregonan a los cuatro vientos sus problemas, quienes se sienten urgidos a dar continuamente explicaciones de lo que hacen y lo que dejan de hacer, los que necesitan exponer las razones y motivos de sus acciones, esperando con ansiedad la alabanza o la aprobación ajena, deben imitar a todo aquel que se sienta por encima de todo este absurdo.

Es imitar a todo hombre y mujer que aprendió a llevar las cargas e incertidumbres que lleva consigo sin quejas estériles, sin hacer partícipes de ellas al mundo entero; haciéndole frente a los problemas personales sin descargarlos en hombros ajenos y haciéndose responsable de sus actos, sin excusas ni justificaciones de ningún tipo.

Se debe aprender a callar en muchas ocasiones. A veces, el orgullo infantil, la vanidad, hacen salir fuera lo que debió quedar en el interior del alma; palabras que nunca debieron decirse.

Sin embargo, existe un silencio que puede ser colaborador de la mentira, un silencio compuesto de complicidades y de grandes o pequeñas cobardías; un silencio que a veces nace del temor a comprometerse y que cierra los ojos a lo que molesta, para no tener que hacerle frente a los problemas que se dejan a un lado, situaciones que debieron ser resueltas en su momento, porque hay muchas cosas que el paso del tiempo no arregla, correctivos que nunca se debieron dejar de hacer.

El silencio ante las pasiones infrahumanas, ante la desidia que se cometen cada día en contra de la Humanidad, es un silencio despreciativo y de indiferencia. No se debe callar ante infamias y crímenes como el aborto, la degradación del matrimonio y de la familia y ante quienes pretenden arrinconar la conciencia de los más jóvenes.

Impera el silencio cobarde contra el que debemos luchar con valentía en las situaciones comunes de la vida ordinaria: para cortar un mal programa de televisión, para llevar a cabo esa conversación que debemos tener y no retrasarla más, sin quedarse en quejas ineficaces y sin soluciones, con optimismo ante el mundo y las cosas buenas que hay en él, resaltando lo bueno: la alegría de una familia numerosa, el profundo gozo que produce realizar el bien, el amor limpio que se conserva joven viviendo sanamente la virtud de la pureza.

Escuchar y hablar cuando debamos hacerlo: en el pequeño grupo en el que nos movemos, en la tertulia que se organiza espontáneamente a la salida de una clase, o con los vecinos que vienen a nuestra casa a visitarnos, o con los amigos en un café de la localidad, o con los miembros de nuestra familia y desde la tribuna, sí, ése es nuestro lugar dentro de la sociedad.

Opinar por medio de una carta para animar con nuestro apoyo o manifestar nuestro beneplácito con una determinada línea editorial o disconformidad ante un escrito doctrinalmente desenfocado.

Y siempre con humildad, que es compatible con la fortaleza, con buenas maneras, disculpando la ignorancia de muchos, sin agresividad ni formas inadecuadas.

*Especialista de la conducta humana.gemiliani@cableonda.net