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12 de Apr de 2021

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Dos mundos, un país

A unque economistas reconocidos de la calidad del Dr. Nicolás Ardito Barletta han identificado tres mundos en Panamá (la región de tráns...

A unque economistas reconocidos de la calidad del Dr. Nicolás Ardito Barletta han identificado tres mundos en Panamá (la región de tránsito internacional, el interior agrario y la costa del Caribe y Darién), este artículo abordará dos mundos totalmente distintos que se desenvuelven dentro de la administración pública panameña: La Autoridad del Canal de Panamá y el resto del gobierno.

Como quiera que trabajé por más de 26 años en el Canal de Panamá y por suficiente tiempo en el gobierno panameño, primero en 1972 como director de Relaciones Públicas de Aeronáutica Civil y después de 1999 como asesor en comunicaciones de tres ministros de Economía y Finanzas, tengo sobrada experiencia para decir que la ACP se maneja como una entidad del primer mundo, mientras que el resto del gobierno funciona bajo los parámetros del tercer mundo. Veamos.

Mientras que en el Canal de Panamá sus colaboradores —como se llama allí a los empleados— acceden a cargos en base al sistema de méritos (educación, experiencia y trayectoria), en el gobierno de Panamá basta con ser miembro de uno de los partidos que comparten la función de gobernar. ¡He allí la gran diferencia! Nunca en el Canal de Panamá se le pide a un aspirante récord de militancia política. Bastan su hoja de vida, sus referencias y antecedentes laborales.

En la Autoridad del Canal, la cultura organizativa heredada de EE.UU. se ha mantenido, adaptada a la Constitución y las leyes panameñas. Incluso, ha sido mejorada en algunas áreas como la relativa al carácter lucrativo que tiene hoy esa agencia, a fin de generar recursos para el país. Es decir que, mientras la antigua agencia estadounidense operaba sin fines de lucro (non profit), subsidiando de esa manera con bajos peajes a la flota mercante mundial, la ACP genera ganancias para apoyar la inversión social del gobierno.

En la ACP se mide el desempeño de sus colaboradores y prácticamente nada se deja a su discreción. Existe allí un plazo para cumplir con todas las tareas asignadas. En cambio, en el gobierno panameño casi todo se deja a la discreción del funcionario. Es por ello que allá se pagan las cuentas en plazo no mayor de 30 días, las licitaciones se desarrollan sin contratiempos, con absoluta transparencia, y al colaborador que no cumpla sus funciones se le sanciona o destituye. En Panamá impera la discrecionalidad en la mayoría de los trámites, de suerte que muchos funcionarios (salvo honrosas excepciones) aprovechan esto para retrasar pagos o trámites y cobrar coimas a cambio de acelerar los procesos o para borrar deudas morosas.

Cuando un aspirante ingresa a trabajar a la ACP se le familiariza con la estructura de la agencia y con sus funciones, y se le dicta una charla sobre el Código de Ética y Conducta. Además, cualquier acto de corrupción, hasta el nivel máximo de la agencia, es investigado por el fiscalizador general. Y quien resulte culpable de actos contra la ética o la buena conducta es sancionado y hasta destituido. En el gobierno panameño se aprobó bajo la presidencia de Martín Torrijos un Código de Ética del Funcionario Público que nunca fue cumplido por su gobierno ni lo ha sido por el actual.

Cabe apuntar que el principal obstáculo al desarrollo de un país es la corrupción. Por antonomasia, los países con los peores historiales de corrupción son los más pobres. La razón es obvia: La corrupción encarece los costos de hacer transacciones con el gobierno y ahuyenta la inversión extranjera sana; en cambio, atrae al llamado capital golondrino que llega, recoge capital y reparte coimas, para luego levantar vuelo.

Por lo menos los dos últimos gobiernos han incluido en sus planes la transformación de la ineficiente y corrupta burocracia. Martín Torrijos lo hizo en su Visión Estratégica de desarrollo económico y de empleo hacia el 2009, cuando prometió reformar y modernizar el Estado panameño. Y Ricardo Martinelli hizo lo propio en su Plan de Gobierno por el cambio, al prometer modernizar el Estado y ‘despolitizar las instituciones del sector público’.

Torrijos no cumplió, al contrario, abrió las puertas de la Carrera Administrativa, para ingresar al sistema a miles de copartidarios. Martinelli, por su parte, aún no ha dado señales de tener intención de cumplir esta vital promesa política. Todo lo contrario, se ha fortalecido el clientelismo y muchas entidades prefieren otorgar sospechosos contratos directos a usar el mecanismo de las licitaciones, lo que nos sugiere que muchos funcionarios han perdido el temor a ‘meter la mano’. Le quedan poco más de tres años para imitar el ejemplo que nos brinda la ACP, una agencia en la que él sirvió como presidente de su Junta Directiva.

*PERIODISTA.