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26 de Jan de 2021

Eliécer Rodríguez

Columnistas

De Nínive a Panamá

El presente relato posee una maravillosa simetría entre las sagradas escrituras, específicamente el libro de Jonás

El presente relato posee una maravillosa simetría entre las sagradas escrituras, específicamente el libro de Jonás (‘paloma’), del Antiguo Testamento y los tiempos actuales.

No tomaremos bando acerca de la gran disyuntiva generacional, si el libro es histórico, no histórico, alegoría o parábola. Lo aceptamos, eso sí, como enseñanza por su analogía con Panamá. El libro se atribuye a un profeta que existió durante el reinado de Jeroboan II, alrededor de 800-750 A.C., Jonás, hijo de Amitay.

La antigua ciudad de Nínive, 120,000 habitantes, fue fundada por Nimrod en los perímetros del Tigres, por años capital del imperio asirio. Los babilonios, los escitas y los medos la destruyeron una y otra vez. Para el Israel de entonces, Nínive se constituía en su gran amenaza; literariamente hablando, representaba a los gentiles.

Dios comisionó a Jonás para hablar a los ninivitas, en los siguientes términos: ‘Anda, ve a la gran ciudad de Nínive y proclama contra ella que su maldad ha llegado hasta mi presencia’.

En lugar de Nínive, Jonás tomó rumbo a Jope, abordando un barco en dirección de Tarsis. Huía así de la presencia del Señor, rechazando el encargo. La historia es ampliamente conocida, una gran tormenta se ensañó contra la embarcación y el cobarde profeta fue a parar al mar. La narración completa la podemos leer en cuatro pequeños capítulos de la Biblia.

La Sagrada Escritura narra que el Señor dispuso que un gran pez, ‘hay quienes dicen una ballena, o un monstruo marino’, se tragara a Jonás. Pernoctó allí en esa enorme panza tres días y tres noches. Lo cierto es que el monstruo marino vomitó al profeta intacto.

Trasfondo del mensaje:

1. La Nínive de Jonás y su rey disfrutaban la inmoralidad, la irreverencia, la corrupción, la amenaza constante, el contubernio, la compra de conciencias, la impunidad, los escándalos, los sobresaltos, el insulto, el menosprecio y no estoy seguro si los sobrecostos.

2. Para Nínive, Dios dispuso un gran profeta para pedir al pueblo arrepentimiento. Aunque al principio se acobardó y al final renegó, pudo decir: Misión cumplida.

3. Todo Nínive, incluido su rey, se arrepintió, hizo ayuno y oración. Dios cambió su veredicto y perdonó.

4. Para la Panamá de hoy, Dios dispuso otro gran monstruo, también de gran panza, esta vez terrestre, para que nos tragara por cinco años. Al igual que Jonás, también estamos en proceso de regurgitación; seremos rescatados del insaciable estómago del monstruo panameño.

5. Para Panamá, el Señor también apartó un siervo, autoproclamado profeta, salvo que en esta ocasión, en lugar de atender al pueblo, el intercesor negoció la unción y el aceite que esparció sobre la cabeza del monstruo, fue a parar a sus fauces con lo cual fuimos tragados con más facilidad. La respuesta del Altísimo no se hizo esperar y el gran profeta terminó casi en los mismos escándalos del rey al que imprudentemente ungió.

6. El Rey de Nínive, en lugar de fiesta por el perdón y la liberación, ordenó ‘luto, ayuno y oración, para hombres, mujeres, niños y animales’.

Aprenderemos la lección de Jonás, Nínive, su pueblo y su gobierno? A Nínive Dios le habló a través de profeta, con nosotros lo hizo directamente el 4 de mayo. Total, es Él quien pone y quita reyes, según su bendita y sagrada voluntad.

Con humildad, pedimos al pueblo panameño que el próximo 1 de julio, ayunemos y oremos fervientemente al Dios Altísimo para que los siguientes cinco años sean de paz, prosperidad, gozo, decencia en vez de demencia, honradez, rectitud y bendición. Es momento propicio para echar mano al ecumenismo invitando a todas las congregaciones, sin distingo de denominación, para proclamar ayuno y oración, pidiendo al Supremo Hacedor, el Dios Excelso y Sublime, que abra una ventana de su grande cielo, y al igual que con Salomón, dé al Presidente Varela más sabiduría de la que ya posee y sea ese oportuno Dios, quien oriente la nave del Estado. ¡Amén!

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