Temas Especiales

28 de Oct de 2020

Nicolás Torres Beleño

Columnistas

Testimonio de la invasión

Era la madrugada del 20 de diciembre de 1989. No preciso la hora exacta

Era la madrugada del 20 de diciembre de 1989. No preciso la hora exacta. Poco tiempo había transcurrido después que me dispuse a dormir a avanzadas horas de la noche, como las últimas 78 noches que habían pasado desde que fuimos arrestados en Capira, por ‘sediciosos', Nelson Cedeño, Armando Peralta, Teófilo Medina, Quiterio Alveo y yo, el 2 de octubre del mismo año, por pedir: LIBERTAD, JUSTICIA Y DEMOCRACIA; lo que para el dictador de turno, Manuel Antonio Noriega y sus compinches, era considerado un delito de lesa patria.

Casi conciliaba el sueño cuando un estruendoso ruido lo evitó. El piso, sobre el que dormíamos los cinco ‘sediciosos' en la estrecha celda de la entonces Cárcel Modelo, se estremecía, igual que las paredes y barrotes. Parecía que la cárcel se derrumbaría. Las interminables ráfagas de metralletas y los ensordecedores truenos de múltiples bombas, se escuchaban desde distintos ángulos por largos minutos. La oscuridad se apoderó de toda la cárcel y, junto con ella, el pánico. De pronto, todo quedó en silencio y una tenue luz nos alumbraba. El terror no frenó mi instinto de curiosidad por saber lo que ocurría. Lentamente, me levanté del piso y asomé entre los barrotes de la ventana que daba hacia la avenida A. Aquella luz se hacía cada vez más intensa, provenía del otrora Cuartel Central que empezaba a incendiarse. Mis ojos y mente no asimilaban aquella imagen que les describía a mis otros cuatros compañeros de celda que aún yacían en el piso, confundidos y buscando protección. Me gritaban que me volviera a tirar al suelo, pero por alguna razón me mantenía en pie, medio agachado. El temerario centro de torturas y maquiavélicas planificaciones estaba en llamas y yo no lo podía creer.

Nuevamente inició el concierto bélico de bombas y disparos. Se escuchaban helicópteros sobrevolando a baja altura. Uno de ellos bajó, por segundos, en el patio de la Modelo, levantó tanto polvo y gravilla que invadieron nuestra celda. Mientras bajaba disparó contra los dormitorios de los guardias que quedaban frente a nuestra celda. Yo seguía observando por la ventana y noté que algunos de los presos comunes habían logrado salir de sus celdas y estaban en el patio y se disponían a escalar el muro de la prisión para escaparse; entonces uno de los centinelas les hizo disparos de advertencia para evitar la fuga, justamente cuando el helicóptero volvía a tomar altura, la nave giró e hizo ráfagas de metrallas y una luz roja laser apuntó hacía la procedencia de los disparos y, junto a ella, una fulminante explosión destruyó la garita.

El helicóptero volvió a subir y se fue. Horas después nos enteramos que era una misión de rescate de unos soldados estadounidenses que tenían presos en la tercera galería. Según testimonios de algunos de los detenidos comunes de esa galería, que encontramos después en el refugio del estadio de Balboa, cuando el helicóptero bajó, dejó unos soldados en el techo de la Modelo, éstos, en segundos, levantaron el mismo, sacaron a sus compatriotas y seguidamente fueron recogidos nuevamente por la nave. Según ellos, casi una escena de película. Pero no fue hasta hace un año que pude confirmar esta versión, cuando por casualidad miraba un programa de televisión en cable, que trataba sobre "rescates espectaculares", y allí presentaban el referido episodio durante la Invasión a Panamá u Operación "Causa Justa", de como un equipo "Rangers" había llevado a cabo esta operación.

Viví la Invasión a Panamá el 20 de diciembre de 1989, encerrado en una celda de la Cárcel Modelo, como preso político, junto a cuatro compañeros, amigos e idealistas, creyentes de la democracia. Nadie me la contó ni la leí en un libro, yo la viví, como la vivieron cientos de panameños, cada uno con experiencias distintas, unas más impactantes y trágicas que otras. Lastimosamente el limitado espacio para este escrito no me permite relatar la zozobra de esas largas horas tan cerca de la muerte. Como fuimos apuntados con fusiles por miembros de la Fuerzas de Defensas, sólo por pedir que nos sacaran de la celda para poder refugiarnos.

La casi dramática fuga que logramos después concretar, moviendo hasta el cadáver de un centinela para poder bajar por una de las garitas y, una vez fuera de la Modelo, como tuvimos que atravesar por escombros, cenizas y ruinas de sus alrededores y esquivar cuerpos de compatriotas inertes en el suelo. Llegar por fin hasta el refugio del Estadio de Balboa, abrazarnos y llorar por sentirnos libres, después de permanecer encerrados, injustamente, por largos 79 días. Ese júbilo de libertad no fue igual cuando tiempo después pudimos comprender la magnitud del sacrificio de cientos de hombres, mujeres y niños, que inocentemente perdieron sus vidas, víctimas de la superioridad bélica de la mayor potencia del mundo y de la arrogancia e ignorante provocación de un pusilánime dictador que, acostumbrado a avasallar a su indefenso pueblo, se escondió desde el primer disparo.

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