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04 de Apr de 2020

Juan Carlos Más S.

Columnistas

Saramagueando

Lo anterior me viene a la memoria como una corriente de aire necesaria para refrescar la febril ilusión de la novedad de los fastos canaleros

Saramagueando
Saramagueando

El título de este artículo evoca con respeto una autodefinición que hiciera el finado autor y premio Nobel portugués acerca de su mirada al mundo y lo que alcanzaba a prever del futuro más o menos mediato. Él se definía como un pesimista esperanzado. ‘No es que sea pesimista, es que el mundo es pésimo '.

Con lo anterior precisaba que el mundo iba de tumbo en tumbo con un mal pronóstico, pero que en lo más recóndito de su ser albergaba la ilusión de que la humanidad hiciera un alto en el camino y aunque sea en el último minuto (como el don Juan) alcanzara a detenerse y redimirse.

Lo anterior me viene a la memoria como una corriente de aire necesaria para refrescar la febril ilusión de la novedad de los fastos canaleros. Ahora a esperar que el mundo y su alicaída economía se recuperen y el agua no se agote.

Han pasado ya los festejos y es menester reconocer que la gente salió a la calle a autofelicitarse como país por la conclusión de un impresionante logro técnico que refresca la alicaída autoestima nacional por la pésima conducción del Estado Nacional, la cual —en relevo repetitivo— se pasan los distintos Gobiernos postinvasión. Construir un canal es un logro técnico tan importante como si nuestros ingenieros y obreros se hubieran propuesto construir una calzada que uniera las islas aisladas de la bahía como Taboga y Taboguilla con el resto de tierra firme en un ambicioso proyecto turístico.

En definitiva es plausible reconocer tal victoria técnica que alimenta nuestro orgullo nacional por la capacidad fáctica demostrada.

Ahora falta el análisis estratégico de la obra: independientemente del alicaído comercio mundial actual y la previsible lenta recuperación de la inversión en la obra, es menester analizar la coyuntura estratégica nacional y situar donde se debe este éxito fáctico. Todos conocemos que en esta República se anidan dos países: uno, el de la zona de tránsito con su potencial de servicios múltiples potenciados por el tránsito acuático; el otro país está al margen del transitismo y en él se ubican topográficamente las pauperizadas zonas indígenas, las productivas zonas agrarias del occidente del país y las castigadas zonas agrícola-ganaderas del arco seco del país. Ese otro país se ha mantenido históricamente al margen de los beneficios del transitismo, ya sea bajo la administración norteamericana o bajo la soberana administración nacional.

No nos digan que los beneficios de la ampliación se derramarán inexorablemente sobre las zonas del otro país por cuanto que podría en un futuro intentarse trasladar acciones del transitismo hacia otras regiones (oleoductos y otros trasiegos interoceánicos). Lo importante es valorar el potencial productivo agrario de ese país profundo hoy postergado y darnos cuenta de que en el futuro más o menos mediato serán legítimos los países que, además de producir lo que consumen, aporten a la canasta alimentaria mundial.

En consecuencia de lo anterior no es admisible aspirar a que el mundo vuelque sus excedentes alimentarios sobre el istmo y que, en consecuencia de su baratura, los panameños aspiren a marginar de sus sueños el desarrollo del potencial agrario. Nosotros no somos Singapur que es un conjunto de islas rocosas sin potencial agroproductivo que en total no exceden en superficie a la mitad de la antigua zona del canal y que por lo tanto están inexorablemente obligadas a mantener una economía de servicios.

Esta opción fue adecuadamente adoptada después de haber superado la etapa colonial que la obligaba a ser base naval británica. Nosotros en cambio tenemos un potencial agrario que no podemos sustraer a nuestra responsabilidad universal.

Tal vez una demostración de nuestra recién mostrada capacidad técnica sea canalizar mediante megatubería el potencial hídrico sobrante que se vierte en la zona ístmica de nuestro litoral pacífico hacia las regiones desertificadas del arco seco, tal como lo hiciera en su momento el fenecido Estado libio, llevando agua desde el fondo del Sahara hacia las poblaciones costeras. Canalizar agua, almacenarla en miniestanques dispersos por todo el arco seco y protegerlos mediante reforestación. En todo caso se trata de aplicar el ingenio tecnológico hacia la actividad humana más antigua que es la de producir comida. Lógicamente esa preocupación debe por fuerza moral ser objeto de medidas de protección de nuestro mercado alimentario, lo que es un escudo que nunca pasa de moda.

MÉDICO