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22 de Jan de 2021

Violeta Villar Liste

Columnistas

El derecho a la memoria

En el escenario local, la fecha dolorosa es el 5 de enero del año 2017 y tiene nombre y apellido: La Estrella de Panama y El Siglo

El Impulso es el diario más antiguo de Venezuela. El 1° de enero de 2017 debía cumplir 113 años y decimos ‘debía', porque el periódico circuló hasta el 31 de diciembre debido a la falta del insumo papel.

La razón está asociada a una circunstancia que también ha impedido la edición de otros periódicos en el país: la oficialista Corporación Editorial Maneiro, el único ente del Gobierno que vende papel a los periódicos en Venezuela, no ha dado respuesta a la última solicitud del medio y comprar el insumo en mercados internacionales es imposible: se cotiza en el impagable dólar negro, fuera de regulación.

Este cierre pone en riesgo la estabilidad económica de más de 200 trabajadores y sus familias. Vulnera el derecho al trabajo, a la libre empresa y condena a la incertidumbre una memoria periodística de más de un siglo.

En el escenario local, la fecha dolorosa es el 5 de enero del año 2017 y tiene nombre y apellido: La Estrella de Panama y El Siglo. Ese día (de no imponerse la justicia y la razón), los lectores de Panamá también se quedarán sin ventanas democráticas y de libertades.

Recordar que el señor Abdul Waked, el dueño de ambos periódicos panameños, además de otras empresas, fue incluido en la llamada ‘Lista Clinton' por los Estados Unidos, sin derecho a la defensa y sin mostrar, hasta ahora (el Gobierno de EUA), ninguna prueba concluyente.

En nombre de un presunto lavado de dólares, el señor Waked (cuyo caso hemos seguido con atención sin conocerlo en persona) ha debido desprenderse de algunas de sus otras empresas, obligado por una ‘Lista' lesiva de sus derechos como ciudadano, empresario y ser humano, sin considerar, que en caso de declararse con el paso de los meses su inocencia, sería irremediable el daño patrimonial y moral.

Además, el Gobierno norteamericano no tiene justificación alguna para el mal que causa a Panamá, porque ha dicho claramente, en más de una ocasión, por boca de su embajador en este país, que no hay acusación alguna, en particular, contra La Estrella de Panamá ni contra El Siglo. Entonces, ¿por qué condenarlos al silencio? Tampoco ha dado respuesta a la carta enviada por la canciller panameña Isabel de Saint Malo, al secretario de Estado, John Kerry, invitándolo a ejercer la razón y la legalidad en el caso de estos dos periódicos nacionales, injustamente condenados a priori a su desaparición.

Un hecho debe quedar claro: cuando se defiende la libre circulación de los medios (en cualquier escenario) se está abogando por el valor de contar con espacios de disidencia, de confrontación y de pluralidad de ideas. No importa si un periódico es de derecha, de izquierda o de centro. Si su dueño es un empresario, un comunista acérrimo o la Iglesia. Lo fundamental (y saludable en las sociedades) es la convergencia de ópticas y posiciones, que permitan estimular diálogos y discusiones sobre los grandes temas de una sociedad.

Cuando un periódico, una radio o planta de televisión cierran sus puertas, el ciudadano se queda sin una voz. Y muchas voces siempre son necesarias para establecer discusiones y consensos. Los pensamientos únicos han demostrado ser peligrosísimos para el avance de las naciones.

Pero, en el caso de La Estrella de Panamá y del diario El Impulso , se suma un valor agregado: la historia contada, la memoria que resguardan, el valor inmaterial de lo antiguo. Los periódicos fundadores de ciudadanía, enseñaron a leer a los pueblos, los llevaron de la mano hacia el mañana, los apoyaron en sus mejores luchas. Más allá de un nombre o de una familia, está un país escrito en sus ediciones teñidas de tiempo.

Es doloroso, día a día, observar en un diciembre festivo, cómo La Estrella va diciendo adiós con cada ladrillo virtual, con ese muro que se levanta en su portada impresa y reclama, de sus mejores hombres y mujeres, la obligante protesta por una muerte decretada al amparo de una extraña legalidad foránea y sin pruebas reveladas. Hoy exigir la libre circulación de los periódicos es luchar por la identidad, por la convivencia legítima de la pluralidad de ideas y por la trascendencia del papel en el cual se escribe la historia cotidiana de quienes todavía están a tiempo de salvar parte de su memoria.

(*) COMUNICADORA SOCIAL Y MAGÍSTER EN LITERATURA LATINOAMERICANA.