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28 de Nov de 2020

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Mireya Lasso

Columnistas

El declinante poder de poderes tradicionales

Aseguran que la década de 2000-2010 ha sido la mejor de todas las décadas.

Moisés Naím es un reconocido analista internacional, con un doctorado del Instituto de Tecnología de Massachusetts de Boston, escritor galardonado con el Premio Ortega y Gasset del periodismo español, fue director del Banco Central y miembro de gabinetes presidenciales venezolanos, como también director ejecutivo del Banco Mundial. Su experiencia, incluyendo asistencia a innumerables conferencias internacionales y entrevistas con líderes empresariales y gobernantes mundiales, lo han llevado a una interesantísima conclusión que expone en sus propias palabras: ‘El poder se está volviendo cada vez más débil y, por tanto, más efímero'.

Con su experiencia profesional, reconocimientos dentro y fuera de su país y tan sólida preparación académica, sus conclusiones merecen ser atendidas con seriedad. Las expone en su libro ‘El Fin del Poder', aludiendo a la ‘terminación' del poder tradicional hasta ahora entendido, no a su ‘objetivo'.

Naím desarrolla su tesis sobre la brecha que existe entre la percepción y la realidad del poder de los ‘poderosos' en los Gobiernos, la política, la empresa privada, los ejércitos, en sindicatos obreros, en las iglesias, en la cultura, filantropía, etcétera. Es un proceso de transformación histórica —‘degradación'— cuando pequeñas minorías mandan más, para convertirse en sorprendentes rivales que enfrentan a los tradicionales poderes. Esta degradación se debe a tres grandes revoluciones: la del más, de la movilidad, de la mentalidad.

En el mundo hay hoy más personas, más países, más ciudades, más partidos políticos, más ejércitos, más armas, más medicinas, más computadores, más información, más estudiantes, más esperanza de vida, más nutrición, más salud, más educación, más ingresos. Más competencia por el poder. Aseguran que la década de 2000-2010 ha sido la mejor de todas las décadas.

La revolución del ‘más' posibilita la movilidad porque la gente se puede mover más, tanto internamente como internacionalmente del país de origen a otro de adopción. Es más fácil viajar que antes. La ONU calculó recientemente que existían más de 300 millones de migrantes en el mundo que significan nuevos obreros, nuevas religiones, nuevos políticos, nuevos votantes, nuevas empresas, nuevos consumidores, nuevas culturas. Todos son nuevos competidores que se enfrentan a los factores de poder tradicionales.

Las dos anteriores revoluciones —del más y de movilidad— dan lugar a la revolución de la ‘mentalidad' de una clase media creciente, con mayor educación, mayor conciencia del bienestar que otras clases disfrutan; la llama la ‘revolución de las expectativas crecientes' que, a su vez, genera inestabilidad política por la brecha entre lo que la gente espera y lo que sus Gobiernos en realidad pueden satisfacerles. Como le admitió el expresidente Cardoso de Brasil, ‘Siempre me sorprendía ver el poder que la gente me atribuía… Si supieran lo limitado que es el poder de cualquier presidente en nuestros tiempos...' Muchos jefes de Estado, líderes políticos, empresariales y militares, y de otros muy variados ámbitos —medios de comunicación, ONG, ciencias, religiones, organismos internaciones— son citados porque coinciden: los poderosos tienen cada vez más limitaciones para ejercer el poder que otros piensan que tienen.

Las caída del Muro de Berlín, la Plaza de Tiananmén en 1989, el ataque a las Torres Gemelas, el fanatismo suicida, los WikiLeaks, Edward Snowden, el Twitter, la Primavera Árabe, la crisis financiera del 2008, son micropoderes que estremecieron los poderes tradicionales de gran tamaño, organizados central y jerárquicamente. Por eso concluye Naím que inevitables cambios traerán nuevas formas de usar el poder para responder mejor a las necesidades de las gentes. La democracia griega y la Revolución francesa transformaron formas de Gobierno; ahora vendrán nuevas transformaciones en las maneras de adquirir, usar y retener el poder.

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