La Estrella de Panamá
Panamá,25º

18 de Oct de 2019

José Carlos García Fajardo

Columnistas

Parques y jardines frondosos en cada pueblo y en cada ciudad

He llegado a ‘ver' ancianos paseando o sentados en cómodos bancos, a niños jugando en otros espacios… qué sé yo.

Han reparado en lo tristes que parecen algunos viejos cementerios, desde que han quedado encerrados en medio de las ciudades. Los altos edificios que se construyeron después siempre han procurado que ninguna vivienda ocupase fachada alguna desde donde tuvieran que verse esas viejas reliquias de tiempos que nos parecen ancestrales.

Se imaginan lo que significaría que bosques y jardines floreciesen en esas grandes superficies. Encinas, olmos, cedros, abetos, magnolios, algún sauce, por qué no, y todo lo que usted pudiera imaginar acorde con la situación climática de la zona. No es lo mismo un proyecto en el norte de España que en Andalucía o en Extremadura. ¿Lo ‘vemos', no?

Pues esas hectáreas de terrenos fértiles existen en casi todas las ciudades del mundo. De hecho, en muchas de nueva planta se han habilitado parques que actúan como pulmones entre las edificaciones. Claro que hay un elemento fundamental y no solo es la orientación sino la fertilidad de esas tierras, sea en la región que sea, debido a los nutrientes naturales que sabemos que existen no en profundas capas freáticas ni en desconocidos acuíferos. Ni habría que utilizar fertilizantes químicos sino que enormes cantidades de ricas capas de fertilizantes naturales llevan muchos años, algunas siglos, enriqueciéndose con nutrientes naturales, lluvias, nieves y hasta con los calores del verano que solo afectan a la superficie y contribuyen a esos cambios de temperatura tan necesarios para un auténtico y rico compost.

¿No han visto ustedes en las grandes urbanizaciones del mundo, desde EE.UU. al Lejano Oriente, algunos cementerios con macizos de arbustos agrupados con gusto y con amplios espacios cubiertos de verde, con una inmensa variedad de árboles y de arbustos, algunos pequeños estanques, que en sus largos caminos, senderos y veredas crean una sensación de paz, de vida y de armonía con la naturaleza?

Por eso llevo más de 50 años compartiendo unas ideas con mis alumnos en la universidad. Algunos me lo han rememorado a veces mientras me veían trabajar las tierras y bosques del campus de mi universidad complutense de Madrid, para hacer compost, plantar árboles, hacer alcorques y cuidarlos y hasta seguir la orientación del sol y de las estrellas en las diversas estaciones para dar espacio a mi corazón. Imaginaba y ‘veía' ciudades con inmensos parques o pueblos con recoletos jardines ordenados con gusto y abiertos día y noche a los cuatro vientos. He llegado a ‘ver' ancianos paseando o sentados en cómodos bancos, a niños jugando en otros espacios… qué sé yo.

La acción es nuestra, personal e intransferible, porque en mi cuarto de estar decido a quienes acojo en la paz que puebla mi vida de octogenario. Esto es lo que llevo pensando desde que era muy niño en mi Galicia natal… y me encantaba despistarme, pero era para ir leyendo las lápidas con sus sentidas y a veces desconcertadas palabras que acompañan la mejor fotografía del finado; y sí, a veces, esas flores de plástico de colores chillones tan poco acordes con la dulzura de las infinitas gamas de verdes que pueblan nuestra más lejana nostalgia, agarimada y enxebre. Porque un gallego siempre lo es aunque nazca y viva donde quiera, y pueda.

Imaginaos esos muros derribados y reconvertidos de la forma más natural y eficaz. Las lápidas separadas y ordenadas con respeto y esmero en una galería aireada pero no a la vista, junto con alguna pieza que quisiera conservarse. Se derribarían todos los nichos, y elementos materiales útiles para grava de los caminos, fuentes, etc.

Con el mayor esmero y respeto, se procedería a transformar todos los restos ya calcinados y mezclados con rica tierra hasta hacer una superficie tan grande como el antiguo cementerio, cubierta de capas de esa tierra enriquecida y de árboles, arbustos, zonas ajardinadas de acuerdo con las condiciones naturales y la provisión del agua necesaria, para su mantenimiento.

Vengan conmigo así que pasen unos años y paseemos, descansemos, respiremos a gusto, leamos y disfrutemos con la satisfacción de haber contribuido a crear un oasis, un sistema pulmonar y un espacio rico y saludable para los pobladores de antiguos barrios o de nuevos espacios para vivir en contacto y sabiéndonos parte viva y activa de ese medio en el que vivimos, nos movemos y somos. Alcaldes y gobernadores, pongámoslo en marcha y verán cómo acuden hombres y mujeres, jóvenes y ancianos voluntarios a echarnos una mano. No falla.

EL AUTOR ES PROFESOR EMÉRITO DE LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID (UCM) Y DIRECTOR DEL CENTRO DE COLABORACIONES SOLIDARIAS (CCS). TWITTER: @GARCIAFAJARDOJC.