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11 de Dec de 2019

Berna Calvit

Columnistas

Mudanza planetaria

‘(...) si estamos dañando nuestro planeta, ¿para qué ir a dañar otros?'

El físico británico Stephen Hawking es un ser extraordinario, titán de la voluntad que logró el triunfo de la mente sobre el cuerpo. Verlo en su silla de ruedas, su cuerpo deforme, sin voz, sin poder mover siquiera un dedo para apretar las teclas de la computadora, me conmueve. A los 21 años empezó a sufrir la esclerosis lateral amiotrófica, enfermedad degenerativa de tipo neuromuscular. Este genio de la física hoy solo puede usar los músculos de su mejilla derecha y con un sensor adaptado a sus anteojos selecciona palabras que se trasmiten a través de una computadora diseñada para él, a un sintetizador de voz. Pese a ser terrícola sin formación científica, por la admiración que despierta en mí este hombre que no se dejó vencer por tan cruel enfermedad, presto atención a las noticias que lo mencionan. Hace unos días leí que Hawking ‘apremió a los líderes internacionales a construir una base lunar en 30 años y también a enviar humanos a Marte para el año 2025'. Que ‘salir de la Tierra es fundamental para el futuro de los seres humanos ante las amenazas que existen para la vida en este planeta'; mencionó el cambio climático y la desaparición de los recursos naturales, la deforestación, la extinción de especies. También planteó el riesgo de que nuestro planeta sea golpeado otra vez por un gran asteroide, como el que causó la desaparición de los dinosaurios. Señaló que en este planeta vivimos más de siete mil millones de personas; que nos estamos quedando sin espacio y ‘es el momento de explorar otros sistemas solares, porque solo la expansión puede salvarnos de nosotros mismos'.

Contrario a lo propone Stephen, tal vez causada por mi miopía científica, creo que es error gastar millones, trillones, quintillones y muchos más de esos ‘llones' para andar revoloteando por el espacio para ver dónde nos podríamos acomodar en un futuro; que deberían dedicarse a combatir la pobreza y la ignorancia; las guerras; la deforestación; los pesticidas que envenenan tierra, agua y aire; a meter en cintura a los que boicotean productos que prescinden del petróleo y su contaminante CO² (autos eléctricos, por ejemplo) y proyectos que bajarían su consumo (electricidad solar, eólica, mareomotriz o hidroeléctrica). Hay muchos recursos para salvar lo que queda y recuperar mucho de lo perdido.

Las declaraciones de Hawking, el físico que explica el origen de los ‘agujeros negros' y la teoría de la gran explosión, más conocida como Big Bang, tienen resonancia mundial. Comprendo la insaciable curiosidad científica que empuja al hombre a descubrir de dónde vino o se desprendió el planeta Tierra; a descubrir otros planetas habitables por nosotros y sé que gracias a la ciencia hoy contamos con inventos y descubrimientos, algunos muy buenos, otros de gran perversidad (las armas químicas, por ejemplo). Hace bien Hawking en advertirnos que por el maltrato al que hemos sometido a nuestro planeta (guerras, calentamiento global, plagas, catástrofes naturales, etc.) podríamos estar condenados a nuestra propia extinción, sin olvidar la posibilidad de que un enorme asteroide nos haga papilla.

El genial científico sabe que es la conducta de bípedos humanos irresponsables, y de otros que roban y explotan al prójimo y a Madre Natura, la que impide que este planeta tan rico nos albergue a todos en santa paz. Son las grandes potencias las que más daño causan, así que no veo por qué deben pagar justos por pecadores; que nos veamos obligados a abandonar la Tierra para mudarnos a otro planeta no me hace ninguna gracia. Le diría a Hawking: ‘Vea, yo no quiero irme a vivir a otro planeta'. Aunque sé que, si llegara a suceder, yo no estaría por estos lares. Tampoco estoy muy segura de que sería grato viajar en el tiempo, que según el físico, es posible; en este punto discrepan colegas de prestigio. Ir hacia el futuro, ¿de sopetón con lo desconocido, sin saber cómo comunicarme si me encuentro con un E.T.? Y si es volver al pasado, espanta pensar que me podría encontrar en la Alemania de Hitler; o en Hiroshima o Nagasaki, en agosto de 1942 cuando las bombas atómicas norteamericanas dejaron miles de víctimas; o en un romance con Enrique VIII, el que sacó a Ana Bolena del camino y la enrumbó a la guillotina. En estos aspectos estoy en la línea de ‘más vale malo conocido que bueno por conocer'.

Admito que carezco de curiosidad científica, pero la compenso observando con ‘los pies puestos sobre la tierra' nuestra naturaleza, las fortalezas y debilidades de nosotros, los humanos. Ha considerado Hawking que si estamos dañando nuestro planeta, ¿para qué ir a dañar otros? ¿No sería mejor tratar salvar el hogar-planeta que tenemos? ¿Cree el científico que allá seríamos mejores personas que acá? No lo creo, soy pesimista ante esta posibilidad. Lo que hacemos aquí lo haríamos allá. No demorarían mucho los viajeros interplanetarios en armar guerras; en disputarse territorios, minas, y agua, si la encuentran; en instalar casinos, cantinas y otras plagas terrenales; se mantendría la hegemonía de los poderosos y la inequidad social; los políticos se acomodarían rápidamente. Admiro el genio de Stephen Hawking, pero cruzo los dedos y digo ‘túrbalo, San Jacinto'.

COMUNICADORA SOCIAL.