La Estrella de Panamá
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16 de Oct de 2019

Adela Ruiz de Royo

Columnistas

He tenido un sueño y lo quiero compartir

Ahí llegó mi parte de la pesadilla dentro del sueño.

Soñé que vivía en una ciudad de cielo azul con nubes pero con mucha luz, que la gente era feliz, pues disfrutaba de trabajo, agua, luz, escuelas y servicio médico.

En efecto, eran felices hasta que de repente se comenzaron a construir edificios y edificios y más edificios sin control, pues la voracidad por el dinero justifica las irregularidades y las borra. Entonces los vecinos comenzaron a organizarse para leer y estudiar reglamentos, decretos, leyes, pero esto no era suficiente, no había nada que los parase.

Cuando le hablaban a los constructores, estos a su vez trasladaban la culpa a los que pagaban por estas estructuras, es decir, a los promotores. A raíz de esta información, aprendieron sus nombres, dónde vivían para saber si ellos estaban apretujados por otras construcciones vecinas, quiénes eran sus familias, el banco que los financiaba.

Esto les sirvió para comunicarse con ellos pacíficamente esperando una justificación, pero esto tampoco fue suficiente. Entonces estudiaron quiénes daban los permisos que estaban acabando con su hábitat, con sus áreas verdes, su oxígeno, su tranquilidad, su seguridad y como era de esperar, dieron con las autoridades. Ahí llegó mi parte de la pesadilla dentro del sueño.

Soñé que todas estas autoridades habían desaparecido en una fosa enorme que se había abierto en una construcción en Punta Pacífica, donde debido a la atrevida torre babélica de tres módulos de 57 pisos cada uno, que ahoga a los edificios bajos adyacentes, que se construye en el relleno que es Punta Pacífica y donde cada seis horas sube la marea y como es un relleno bajo el nivel del mar se les inunda de agua.

Al tratar una vez más de sacar esa cantidad de agua, los servidores públicos de Medio Ambiente, de la ATTT, de Ingeniería Municipal, el Municipio entero, del Miviot, bomberos, etc., en fin todos aquellos que de una manera u otra habían dado los permisos para las construcciones, uno a uno fueron cayendo en el dantesco hoyo, mientras inútilmente trataban de ayudarse unos a otros, hasta que no sobrevivió ninguno.

La población, estupefacta, mantuvo una tensa espera hasta que la marea bajó como lo hace inexorablemente a los ritmos del tic tac del tiempo, pero para mi sorpresa ahí no quedaba nada. ¡Me desperté! Tal vez la corriente se los llevó, pues a las seis horas volvió a llenarse el hueco como si nada. Cuando al día siguiente resplandeció otra vez el sol y ya comenzaba a verse y sentirse el aire limpio, la gente volvió a ser feliz.

EXPROFESORA DE MATEMÁTICAS.