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03 de Aug de 2020

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Enrique Jaramillo Levi

Columnistas

Producción cuentística en Panamá

Es cosa de revisar y analizar, panorámicamente y también en detalle, las evidencias.

La creación literaria es mucho más que un simple ejercicio de escritura para tratar de vencer el tedio, poner a prueba el talento o complacer la curiosidad de otros contando de la mejor forma posible historias (en el cuento y la novela) o expresando ideas y sentimientos (en la poesía y el ensayo), que pretenden ser interesantes para la satisfacción de lectores ilustrados o novatos. En este sentido, la Literatura debe ser considerada no sólo una de la Bellas Artes porque la presencia del factor estético es fundamental en la conceptualización y materialización de su logro, sino debido a su componente fuertemente humanista, mediante el cual se busca auscultar de una manera u otra las complejas variantes de la condición humana y, de paso, dejar huella permanente en la idiosincrasia del lector sensible.

Lo primero que debemos entender en cuanto al cuento y la novela, es que estos géneros literarios no tienen por qué ser autobiográficos, aunque a menudo puedan serlo, al menos en parte, sobre todo cuando recién se empieza a escribir. Es lógico: aligerar la memoria, juzgar lo acontecido, perfilar los sentimientos, suele ser lo primero que emerge al escribir un principiante. Y también ocurre en cierta medida con los escritores más experimentados. Pero en términos generales la creación literaria, siendo a veces un innegable ejercicio de catarsis, es fundamentalmente ficción, imaginación, creatividad, las cuales se combinan con la irrenunciable experiencia que subyace siempre para así producir una nueve realidad.

Por otra parte, el cuento es un género narrativo breve, en el que un narrador (o varios) cuenta una historia mediante la participación de personajes y la creación adecuada de situaciones y ambientes que, a través de una trama que se desarrolla de forma concentrada, llega usualmente a un desenlace. Sin embargo, hay muchas maneras en que este esquema se rompe o se cuestiona para hacer más interesante al texto. En última instancia, cada escritor crea cuentos según su muy particular estilo y de acuerdo a una determinada intencionalidad buscando producir ciertos efectos en la sensibilidad del lector.

Las Letras de Panamá, como las de cualquier otro país, son un espejo artístico, y por supuesto humano, de los componentes sociales, políticos, económicos y culturales que forman parte de la vida de sus ciudadanos, y de la vida misma en general. Tanto lo individual como lo colectivo nutren el material que incide en la creatividad de la escritura. Y no cabe duda de que el cuento es el género literario que más y mejor ha sobresalido en el ejercicio de nuestra literatura a lo largo del siglo xx y lo que va del xxi. Es cosa de revisar y analizar, panorámicamente y también en detalle, las evidencias.

En 1903 se publica en Buenos Aires el primer libro de cuentos de autor panameño: ‘Horas lejanas', de Darío Herrera (1870-1914), una obra de gran solvencia literaria que recibe elogiosas críticas internacionales. Salomón Ponce Aguilera y Ricardo Miró también destacan en esa época como cuentistas fundacionales, aunque a este último se le conoce mucho más como el gran poeta nacional. Por otro lado, la figura de Rogelio Sinán domina buena parte del siglo xx como insigne poeta cuentista y novelista. Asimismo, José María Sánchez, José María Núñez Quintero, Manuel Ferrer Valdés y Renato Ozores, entre otros, representan una generación de cuentistas sobresalientes, de los cuales este último fue el más prolífico.

Más adelante habrían de sobresalir muchos otros cuentistas: desde Carlos Francisco Changmarín, Ernesto Endara, Álvaro Menéndez Franco, Justo Arroyo, Moravia Ochoa López, Pedro Rivera, Bertalicia Peralta, Dimas Lidio Pitty, Enrique Jaramillo Levi y Rosa María Britton, hasta autores más recientes como Lissete Lanuza Sáenz, Annabel Miguelena, Julio Moreira, Eduardo Jaspe Lescure, Cheri Lewis, Nicolle Alzamora Candanedo y Olga de Obaldía, entre otros, con diversos grados de talento, formando parte de una sorprendente pléyade de nuevos autores.

Lo cierto es que a partir de la década de los noventa del siglo xx es cuando aparece un número impresionante de cuentistas que cultivan este género en Panamá con mayor o menor grado de merecimiento artístico e intelectual -algunos con libros propios publicados, otros formando parte de libros colectivos y otros más incluidos en antologías sobre noveles cuentistas panameños, pero en general con poca atención de parte de una mayoría de personas que lamentablemente no lee obras literarias nacionales. La razón es múltiple, pero en el fondo no deja de ser, sobre todo, un problema de crónica deficiencia educativa y pobreza cultural, junto con una atrofiada sensibilidad artística de los no muy abundantes lectores que integran la población de cerca de cuatro millones de personas que hoy habitan en el Istmo.

Y no obstante, buena cantidad de escritores nacionales de cinco generaciones distintas continúan, con muchas dificultades, produciendo poco a poco sus obras. Escriben a contracorriente, con diversos resultados, porque tienen que hacerlo -les nace-; porque está en sus genes; y porque hacerlo los hace felices. No hay otra explicación. Y es suficiente. En cambio, ‘otros quinientos pesos' es el poder sortear los muchos escollos existentes para ver publicada cada tanto tiempo su esforzada producción literaria.

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