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07 de Dec de 2019

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Ramón Fonseca Mora

Columnistas

¡Todos vivimos encarcelados...!

‘¿Qué soluciones hay? La primera y más obvia es la de construir hacia arriba. Esto ya ha sucedido en forma limitada [...]'

Para los que pensaron que este sería otro artículo de jugosa denuncia por injusticias políticas, siento decepcionarlos. Se trata de otro tema: la jaula que rodea la ciudad de Panamá y a los que vivimos en ella.

Por el norte, nos encierran los parques nacionales que alimentan de agua al Canal y las montañas de cerro Azul. Los primeros, deben ser sagrados, como casi lo son. Nuestra ciudad creo que es la única metrópoli que colinda con una exuberante selva tropical repleta de animales que de vez en cuando pierden el rumbo y terminan en patios de casas cercanas. Eso, si lo cuidamos y no seguimos construyendo carreteras, como sucede ahora, será uno de los legados más importantes a las futuras generaciones. Supongo que el oxígeno y frescor que da la cercanía de tanta masa vegetal influye en la temperatura y buen aire de nuestra ciudad. Entre estos parques y las montañas de cerro Azul, otro obstáculo natural que cierra la ciudad en su norte, existe un estrecho valle por el que serpentea la carretera Transístmica y la autopista a Colón. A sus lados se han construido casas y barriadas, y queda ya poco espacio. Se comienza ya a construir en las laderas de cerro Azul y algún día esas montañas, que suben más de mil metros sobre el nivel del mar y pegan con la ciudad, se convertirán en lugar elegido para vivir por su frescor y verdor. Mientras tanto, sirven de obstáculo por sus desniveles para el desarrollo preferido de los panameños: las urbanizaciones de casitas arrimadas unas a las otras.

En el sur, el océano Pacífico limita el desarrollo urbano. Es muy caro construir sobre el agua como lo atestigua la Cinta Costera tres, con un costo de entre $300 y $400 millones (nos facturaron más del doble).

En el este está el Aeropuerto Internacional de Tocumen, cuyas largas pistas casi tocan el mar en el sur y se acercan a las montañas de cerro Azul en el norte, dejando un espacio estrecho por el que se mete la carretera que va a Pacora y Chepo. También esta área se ha llenado de viviendas y negocios.

Y por el oeste está el Canal de Panamá, cuyos dos puentes no dan abasto ya para el tránsito que fluye a las áreas desarrolladas de Arraiján y La Chorrera.

Podemos entonces concluir que vivimos en una ciudad enjaulada, limitada por sus cuatro costados con barreras que limitan su desarrollo. ¿Qué soluciones hay?

La primera y más obvia es la de construir hacia arriba. Esto ya ha sucedido en forma limitada con los altos edificios construidos en todas partes. No obstante, solo el 2 % del área urbana está ocupada por estas moles y cada vez hay más limitantes para su construcción. Por ejemplo, vecinos en barriadas viviendo cada familia en un lote que podría albergar a veinte familias o más, se oponen al crecimiento vertical. Por supuesto, tienen razón. No quieren que cerca de sus casas se muden decenas de familias, pero en esto debe privar el bien colectivo sobre el individual. Si no, se seguirán construyendo barriadas de casitas hasta más allá de Capira y Coronado en el oeste, y hasta Chepo en el este. Y cuidado que más adelante Panamá y Colón se unirán por un cordón urbano y serán una sola ciudad. El costo de tiempo, combustible y demás para trasladarse en una ciudad extendida en forma horizontal y no vertical, es inmenso. Así que, por favor, miremos hacia arriba para vivir.

La segunda solución ya acaba de ser firmada: un puente enorme sobre el Canal. Solo tenemos que estar alerta para que se construya con esmero, calidad y sin sobreprecios. Auguro que, si no se soluciona el tema de construcción de edificios en la ciudad, pronto nos hará falta otro puente, y, después, otro más.

Y la tercera solución, que ya es urgente, es la de extender el Corredor Sur para que pase bordeando el mar o bajo las pistas del Aeropuerto de Tocumen. Ya está en planos una nueva terminal y pista paralela a la actual hacia el este. Esta salida de la ciudad debe ser contemplada en este proyecto, y que la servidumbre sea lo suficientemente amplia para que permita su expansión futura. A un lado de la pista actual pastan vacas en lo que podría ser parte de nuestra urbe encarcelada.

¿Los he convencido de que vivimos todos encarcelados en esta ciudad, y que tenemos que planificar para nuestro futuro y el de nuestros descendientes? Ojalá sí. Si no, preparémonos nosotros y a nuestros hijos para seguir pasando horas en el tráfico angustiante, propio de una ciudad horizontal.

ESCRITOR