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18 de Oct de 2019

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Julio César Caicedo Mendieta

Columnistas

El ruido enloquecerá a Panamá

Hace diez años me autoexilé, huyéndole al ruido capitalino, pero parece que va a ser imposible escapar de esa tortura tan espantosa

Una cosa es el sonido que provocan los oleajes, los vientos en los llanos del pacífico coclesano, la infinidad de equipo pesado camino a las minas de Coclesito, que ahora dicen que están moliendo carbón colombiano por miles de toneladas y otra cosa es el escándalo mayúsculo de las superbocinas que instala la juventud panameña en los maleteros de sus carros. La intolerancia, los crímenes diarios y la violencia familiar no son tanto por la situación económica, sino por la bulla reinante en casas, calles, transportes y fiscalías. Los truenos de los carnavales y los fuegos artificiales de Navidad y Año Nuevo, son un detalle comparados con las bocinas estridentes.

Hace diez años me autoexilé, huyéndole al ruido capitalino, pero parece que va a ser imposible escapar de esa tortura tan espantosa. En nuestro país de nada valen los decretos alcaldicios, las multas y los cierres de lugares productores de ruidos excesivos, si no educamos a los infractores con penas de cárcel y decomiso de aparatos ruidosos.

Según lo encontrado en internet, el ruido es un contaminante que produce hipoacusia; o sea, fatiga auditiva, además de daños severos al sistema nervioso. Según la OMS, 55 decibeles es el nivel de ruido que el oído humano puede tolerar sin alterar su salud. Uno de los ejemplos más conocidos de la bellaquera del ruido es el que utilizaron los gringos con Noriega para que saliera de la Nunciatura en donde estaba escondido. Lo gringos no se metían por respeto, hasta que se les ocurrió ponerle unas bocinas que dicen estremecían los pisos de concreto, hasta que en menos de 30 segundos contados, el mismo Noriega se asomó con un trapo blanco amarrado en un palo de escoba, indicando que se entregaba.

Conozco otra aventura, la que vivió hace poco una familia del campo, cuando fue sorprendida por un busito repleto de ‘culicagados de ambos sexos', parecido al de los piratas más un auto con bocinas. Fueron ‘pela'os' en farra que se estacionaron frente a la retirada finca para disfrutar de la estridencia salvaje, del guaro y a lo peor del ‘pichi'. El volumen fue tan alto que, a las dos de la madrugada, la casa de los campesinos se estremecía por las vibraciones que provocaban las ruidosas bocinas, toda la familia despertó agrupándose temerosa en la sala. El abuelo, acostumbrado al silencio, sospechó que no podía llamarles la atención de buenas maneras, porque estaban enloquecidos; se fue a la letrina en donde tenía colgada su escopeta amada, la desamarró del saco y el plástico en que la mantenía, se hizo de varios cartuchos y se les fue como un gato bien agazapado hasta llegar cerquita de la gozadera, como el carro tenía la tapa del maletero levantada, ahí mismo apuntó, disparando dos veces. Los pela'os al ver a las bocinas saltar en astillas, salieron huyendo despavoridos en el busito y no regresaron a buscar al carro, si no que pagaron a una grúa que lo hizo al día siguiente. La bulla va a terminar de enloquecer a Panamá.

Un grupo de jubilados ya hemos decidido que no queremos aumentos ni medicinas, de ahora en adelante pediremos silencio... SILENCIO.

ESCRITOR COSTUMBRISTA.