La Estrella de Panamá
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18 de Oct de 2019

Ricardo Cochran Martínez

Columnistas

Los enemigos de la democracia

Hemos observados, durante los últimos lustros, cómo cada gestión presidencial ha adolecido de la sobriedad ética

Hemos observados, durante los últimos lustros, cómo cada gestión presidencial ha adolecido de la sobriedad ética y política, para erradicar los males sociales más comunes en toda sociedad o, en otros casos, cómo los ha empeorado.

El escepticismo de los gobernados se justifica, por cuanto no es un secreto que los Gobiernos, desde mediados de los años 90, han carecido del carácter para manejar un mal que empezó como un suspiro y ahora es un vendaval: la corrupción.

Hablar de política, es hablar de su forma más vulgarizada, una pugna entre clanes o facciones para capturar el poder y aprovechar desde el mismo todos los beneficios económicos, sean por el camino de lo correcto o incorrecto, para estos da igual.

Es tema que quien domina la política es intocable, infalible y que no le debe nada a los gobernados, los cuales solo votan. Su opinión, carencias o necesidades son solo el producto de campañas negativas y mal intencionadas de sus opositores políticos, y de ahí, los que gobiernan se arropan con que no es el pueblo el que protesta, sino sus enemigos políticos, ¡vaya desfachatez tratar de tapar el sol con un dedo!

¿Por qué sucede esto en Panamá? Y ¿Por qué en consecuencia, la democracia está en peligro?

Primero la forma de actuar de la mayoría de políticos, sean de cualquiera orientación o ideología, es la misma: maquiavélica. Para Aristóteles, la política es principalmente el estudio del Estado para lograr el mejor funcionamiento del mismo y el beneficio para las mayorías; la política, la economía y la ética deben actuar juntas.

Imaginemos que un político, sin el menor de los escrúpulos, considere que es el Estado y su pueblo los que deben pagarle todos sus excéntricos caprichos; la manera de actuar de aquel está enmarcada en la interpretación de Maquiavelo: el gobernante llega al poder por el poder, y toma todas las medidas para mantenerse en ese Gobierno, aun a costa de los sufrimientos del pueblo, el cual no tiene voz en su Gobierno. Siendo los pueblos un medio, no un fin. Esta visión, la maquiavélica, predomina en Panamá, y no hay ideología política que pueda decir que está sustraída a esta forma de pensar y actuar.

Siendo así, estamos en una coyuntura en la cual todos los actores políticos actuales han fallado, los que por el buen origen debieron dar ejemplos y fortaleza y oposición a la corrupción, no lo hicieron, quedaron en sus clubes privados.

Los políticos de a pie que, al contrario de los buenas fortunas, por sus orígenes humildes, han justificado, una vez el pueblo confía en ellos y llegan al poder, desgarrar a la nación panameña en una orgía insaciable de corrupción descarada, y en toda clase de atropellos, que al final no pagan ellos sino la clase media.

Los otros que hablan de democracia, pero si lees ‘El Capital de Marx' o ‘El fin de la ideología clásica alemana' te percatarás de que el Estado burgués y el Pueblo son enemigos declarados, de los mismos, el pueblo no es un fin es un medio; por lo cual no nos espera nada bueno. Y siguen siendo maquiavélicos, pese a lo que digan.

¿Qué nos queda por hacer ante este peligro de destruir la democracia en Panamá?

La clase media, es decir, la de los profesionales —abogados, profesores, médicos, ingenieros, maestros, etc.—, no debe quedarse más pasmada ante estos filisteos e hijos de la destrucción; debemos participar en la política de lleno, con todo, crear los foros, los profesores enseñarles a sus estudiantes que es su deber participar, porque la democracia es para mí eso: participación.

Ninguno de los arriba mencionados creen en la participación del pueblo, por la ideología que tengan y el grado de corrupción que profesan, debemos salvar a nuestra pequeña de patria de todos ellos.

Por eso la consigna es: ‘Panameños, uníos, porque por separado caeremos en el olvido y en la desolación'. Por un lado estos grupos, ‘los aristócratas', y ‘los ideólogos', sumados a ‘los advenedizos', nos destruirán, como ya notarán que han empezado a hacerlo. Necesitamos una nueva Constitución, que cambie las reglas de este funesto juego, que permita que un magistrado sea escogido por el Colegio de Abogados, que el presidente no tenga tanto poder y que los casos de corrupción se investiguen con la ley imparcial y no sea una vulgar persecución. ¿Cómo puede pedir justicia quien no la respeta o la manipula? ¿No os suena a Maquiavelo? Y que la Asamblea esté provista de buenos ciudadanos, honestos y leales, ¿es pedir mucho?

Esta es nuestra tierrita, no hay a donde ir. ¿No deberíamos, pues, amar a nuestra patria y a su pueblo? Yo pienso que sí. Salud y que ¡viva la Patria!

ESTUDIANTE DE DERECHO Y CIENCIAS POLÍTICAS.