La Estrella de Panamá
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15 de Oct de 2019

Roberto Montañez

Columnistas

Ante la urgencia de una diplomacia preventiva

‘El nuevo Gobierno que emerja de las próximas elecciones no puede estar sujeto en una camisa de fuerza en política exterior [...]'

Vivimos tiempos de grandes transformaciones sociales, políticas, económicas y de costumbres en la globalización, un escenario donde los Estados se ven cada vez más condicionados por la geografía, las transferencias de tecnología, el capital financiero y los desequilibrios económicos. La geografía y las ideas vuelven a cruzarse en la historia, a tal punto que el canciller Otto Von Bismarck repetía que entre los elementos que componen la historia hay uno, la geografía, que no cambia.

En el caso de Panamá, la geografía sigue pesando en su historia, cuando el concepto de independencia se ha vinculado a la ruta de tránsito, primero por mulas cargando el oro del Perú, un ferrocarril interoceánico cargando oro de California hasta la existencia de un Canal con enclave colonial, que mediatizó la soberanía como nación, la que comienza a consolidarse con la reversión del Canal y la salida de tropas militares extranjeras.

Entendemos que la política exterior es una facultad propia y exclusiva del Órgano Ejecutivo, conforme al numeral 9 del artículo 184 de la Constitución es facultad exclusiva y excluyente promover los intereses nacionales, procurar su defensa, buscar la satisfacción de sus objetivos, relacionarse con el medio e interactuar con otros actores internacionales suscribiendo tratados y acreditando a jefes de misión. No existe un solo Estado que pueda vivir aislado del medio con el que coexiste, por tanto, el carácter de estratégico de la política exterior se relaciona con su planeación y ejecución para garantizar el interés nacional sin subordinación a intereses foráneos.

Hoy, más que nunca, la economía y seguridad están ligadas a decisiones adoptadas al uso pacífico y eficiente del Canal, condicionado al Tratado de Neutralidad donde Estados Unidos es su principal garante, dado que por mandato constitucional no tenemos ejército, nuestras características geográficas con una ruta marítima no escapa a concepciones y esquemas de la geopolítica regional.

En medio de esas circunstancias, la geografía del país y su vocación concertadora se resiste a sucumbir ante pretensiones de arrastrarlo a un conflicto ajeno a nuestros intereses y por tanto, es menester recurrir a la diplomacia preventiva como expresión de una política exterior no subordinada a esquemas estadounidenses en la región. A través de ella, es posible minimizar amenazas y riesgos que provienen del exterior, tales como la presión migratoria, ataques financieros, el narcotráfico y la delincuencia internacional fortaleciendo las capacidades de seguridad para confrontar sus efectos internos.

Existe una relación horizontal entre política, economía, cultura y seguridad que convergen en la formulación y aplicación de una política exterior que con carácter estratégico responda a los intereses nacionales. Resulta preocupante que un Gobierno de salida adopte una política exterior que subordine los intereses nacionales que podrían afectar la neutralidad del país en los escenarios vecinales, regionales y mundiales. Es evidente la fragilidad de argumentos para impulsar la democracia en otros países bajo la amenaza de una invasión y un cerco diplomático financiero.

La tradición diplomática panameña de promover el diálogo y la negociación está inspirada en la solución pacífica de las controversias, que fue la piedra angular de la participación en el Grupo Contadora a mediados de los ochenta y que proscribió el uso de la fuerza en la solución del conflicto centroamericano. Lo irónico es que este acompañamiento peligroso viene de un país que fue invadido con altos costos sociales de vidas humanas que hoy no terminan de contabilizarse.

Incongruencia de una política exterior que por un lado avanza con la agenda global, la carrera diplomática y las relaciones con China; mientras se adoptan posiciones del siglo pasado, las que se creían superadas en las relaciones contractuales con Estados Unidos. Los criterios enfrentados al progreso de la nación contrastan con el interés de insertar al país en el contexto regional y mundial, desconociéndose que el alcance de la diplomacia panameña pasa por fortalecer el prestigio e imagen de un país comprometido con la paz, así como la promoción y observancia del derecho internacional humanitario.

Los tiempos aconsejan prudencia, por lo que no es conveniente al país involucrarse en una política intervencionista bajo la fachada del Grupo de Lima, cuando debemos propugnar por una política externa que sea el resultado de una discusión abierta entre diversos sectores sociales, políticos, gremiales y económicos, procurando consensos entre los mismos, en este caso se trata de un proceso que responda abiertamente a la promoción y defensa de intereses generales, relacionados con la procuración del bienestar de amplios grupos de la sociedad panameña.

El nuevo Gobierno que emerja de las próximas elecciones no puede estar sujeto en una camisa de fuerza en política exterior, pues se requiere de una diplomacia preventiva que sea sostenible con los propósitos de posicionar la nación en el entorno regional y mundial, consciente de que es posible proyectar la imagen internacional y fortalecer la capacidad de negociación del país sin subordinación a intereses de otros países. En un escenario de interdependencia, el nuevo gobernante panameño enfrentará grandes retos en la construcción de un futuro incluyente de progreso social y económico en condiciones estabilidad para cuatro millones de panameños.

ABOGADO Y ANALISTA INTERNACIONAL.

‘En el caso de Panamá, la geografía sigue pesando en su historia [...]'