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15 de Oct de 2019

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Jaime Raúl Molina

Columnistas

¿Hasta dónde llega la libertad de expresión?

Hay tendencia en ciertos sectores por promover una nueva forma de censura para la expresión de ideas que no gustan.

Hay tendencia en ciertos sectores por promover una nueva forma de censura para la expresión de ideas que no gustan. En Europa tienen leyes que prohíben el ‘discurso de odio', que han llevado personas a juicios penales por hacer chistes o por expresar ideas en contra de grupos minoritarios. En los Estados Unidos de América, afortunadamente, no existen leyes similares, pero en años recientes muchas conferencias programadas en universidades con expositores de corte conservador han sido canceladas por presiones de estudiantes que exigen ‘espacios seguros' ideológicos, algo así como una burbuja donde se les proteja de tener que confrontar ideas que les resultan incómodas. Imagínese usted, la universidad, institución occidental que históricamente ha sido espacio seguro, sí, pero espacio seguro para debatir ideas de cualquier corriente sin temor a represalias, ahora la están convirtiendo en espacios de censura donde se prohíbe siquiera contemplar o debatir cualquier idea que choque con una corriente ideológica determinada.

El excepcional estándar jurídico para castigar expresiones en los Estados Unidos, donde la libertad de expresión está consagrada en la Primera Enmienda de su Constitución, fue establecido hace 50 años en Brandenburg vs. Ohio. Clarence Brandenburg era un líder del Ku Klux Klan en un pueblo en Ohio. Contactó a un reportero de televisión de Cincinnati para que cubriera una demostración de un grupo local del KKK esa noche. El reportero acudió y filmó a un grupo de aproximadamente una docena de manifestantes en las túnicas típicas del KKK con antorchas, alrededor de una cruz en llamas. Una de esas escenas que afortunadamente hoy día solo vemos en películas. Varios de los manifestantes profirieron arengas en contra de negros y judíos. Uno de los manifestantes declaró ante las cámaras que llamarían pronto a una gran marcha a Washington para exigir al Gobierno la protección de los caucásicos. En fin, eran sujetos con un discurso de superioridad racial blanca, sujetos y discurso de lo más reprochable que uno pueda imaginarse.

Brandenburg fue enjuiciado penalmente y condenado por incitación a la violencia. En apelación, su condena fue ratificada. La Corte Suprema estatal de Ohio desestimó de plano una moción para decidir sobre la constitucionalidad de la condena, expresando que no había cuestión de constitucionalidad que resolver. Sin embargo, una organización sin fines de lucro decidió asumir la defensa legal de Brandenburg para llevar el caso a la Corte Suprema federal. La Corte Suprema revirtió la condena por considerar que lo que Brandenburg había expresado no implicaba una incitación clara, inminente y con probabilidad de ser atendida, a realizar actos ilícitos, estableciendo así que no basta con que el discurso sea inflamatorio, sino que ha de ser una clara incitación a cometer actos ilícitos de modo inminente (y no meramente un llamado retórico), y que además dicho llamado tenga una probabilidad realista de ser atendido.

¿Qué organización sin fines de lucro fue la que asumió la defensa legal de Brandenburg y le montó un equipo abogadil de lujo para que la Corte Suprema federal tomase el caso y la cuestión constitucional fuese resuelta? Fue nada más y nada menos que la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (ACLU, por sus siglas en inglés). Sí, la misma ACLU que había luchado años antes contra las leyes de segregación racial y que jugó papel importante en lograr su abolición. ¿Cómo así entonces que decidieron asumir la defensa legal de un racista del KKK? Sencillo: porque en dicha organización entendieron la advertencia atribuida a Voltaire en sentido de que por más odiosa la persona y aborrecible su ideología, es importante preservar el principio de que toda persona pueda expresar libremente sus ideas.

Como decía Orwell, si la libertad significa algo, es el derecho a decir a los demás aquello que no quieren escuchar. La libertad de expresión no fue constituida como garantía para que el ciudadano pueda hablar del clima. Es justamente lo controversial, incluso lo odioso, lo que requiere protección. Si olvidamos esto y comenzamos a aplaudir las quemas de libros que no nos gustan o la retirada del micrófono a quienes dicen cosas que nos resultan incómodas, un día nos tocará a nosotros. Como expresara hace un siglo en un salvamento de voto el famoso juez de la Corte Suprema federal, Oliver Wendell Holmes, es a través del poder del pensamiento para persuadir en la competencia del libre mercado de las ideas, como se logra el fin de que prevalezca, eventualmente, la verdad.

ABOGADO