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16 de Dec de 2019

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Marco A. Gandásegui, Hijo

Columnistas

Una ‘estrella' en el programa de Cortizo: la educación (I)

Cada vez se hace más urgente una reforma del sistema educativo panameño. Estoy repitiendo lo que se viene diciendo desde hace medio siglo.

Cada vez se hace más urgente una reforma del sistema educativo panameño. Estoy repitiendo lo que se viene diciendo desde hace medio siglo. Los portadores del mensaje han sido enfáticos en sus planteamientos, pero no han logrado traducir su objetivo en un plan que cuente con el apoyo político necesario. Queremos explicar el porqué y sugerir algunas opciones para lograr que el país logre tener —por lo menos— una propuesta viable de reforma educativa. Lo trataremos de hacer en dos entregas sucesivas. Esta es la primera.

Cuando se habla de un sistema educativo de un país no es lo mismo que la sumatoria de todos los proyectos individuales de educación. Todavía más complejo, un plan —o un proyecto— de reforma educativa debe tener un objetivo, una estrategia y un grupo social que encabece la estrategia para alcanzar el objetivo. Es común que se hable de reformas educativas planteando numerosos problemas que van desde la falta de un presupuesto, el deterioro de los planteles, pasando por la formación y salarios de los educadores.

Para abordar estos problemas y otros, hay que definir por qué y para qué queremos un sistema educativo. Además, cómo queremos que funcione y para quién. ¿Estamos todos de acuerdo para qué queremos un sistema educativo nacional? Muchos dicen que no tiene que ser nacional (lo separan en oficial y privado, religioso o laico) y algunos señalan que debe ser selectivo (los que hacen mérito o para quienes pueden pagar) y otros incluyente (universal).

El para qué la educación divide a todos. Generalmente, las diferencias aparecen reflejando los intereses de grupo (clase) social. Casi en todas partes, sin distinción de niveles de desarrollo social o crecimiento económico, cada grupo social tiene su propio proyecto educativo y lo plantea en forma enérgica, pero sin confesar su interés sectorial (de clase). La educación responde a un proceso social que evoluciona a lo largo de la historia. El grupo social más fuerte impone su proyecto. Durante la colonia americana, la Corona respondía a un pacto entre los nobles (guerreros, terratenientes o cortesanos) y la Iglesia (ideólogos, terratenientes). La educación se reducía a los intereses de estos dos grupos.

Cuando Panamá se separó de Colombia en 1903, los ‘blancos capitalinos' descubrieron que no tenían la gente (los cuadros) para dirigir la República recién nacida. En su discurso inaugural del Instituto Nacional, en 1908, Eusebio Morales dijo que se creaba el plantel para formar los futuros dirigentes del país. Propuso una reforma educativa radical a nombre de los rentistas que dominaban el país. Con el paso de los años y el inicio de un proceso de industrialización en la década de 1930, los cambios demandan trabajadores tanto en el sector privado como el público. Se intentó introducir reformas sin mucho éxito. El sistema se partió entre público y privado (la educación regentada por religiosos tomó la delantera).

En la década de 1940 el sistema hizo crisis al crecer sin una dirección. Ya no era para formar cuadros como dijera Morales. ¿Entonces para que servía el sistema educativo? Las respuestas eran vagas y, sobre todo, emotivas. Las calles se convirtieron en los centros de debate. Las capas medias exigían su inclusión e identificaban la educación como la escalera para el ascenso social. En las siguientes dos décadas (1950 y 1960), con los liberales en el poder, la confusión rayaba con el caos. Se crearon cada vez más escuelas, pero el país no le daba espacio a los nuevos técnicos y profesionales. El golpe militar de 1968 respondió a ese desorden producto de una dirección política sin proyecto de nación y con un sistema educativo que ya había colapsado.

Los militares crearon una comisión para reformar el sistema educativo que se enfrentó a una oposición feroz. Algunos dicen que la oposición a la propuesta era porque venía de un Gobierno controlado por los cuarteles. La tesis que propongo es otra: la reforma pretendía ser incluyente y los sectores sociales que todavía controlaban el debate en las calles se oponían. El Gobierno militar no fue capaz de ganar la batalla ideológica en las calles. Un sector muy combativo de las capas medias que se sentía excluida, la orientación ideológica de la Iglesia y los recursos económicos de los sectores conservadores de la clase rentista se unieron para derrotar la reforma.

Sigue la próxima semana.

PROFESOR DE SOCIOLOGÍA DE LA UP E INVESTIGADOR ASOCIADO DEL CELA.