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23 de Sep de 2019

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Roberto Antonio Pinnock Rodríguez

Columnistas

Largas esperas o mecanismos de control hacia los pobres

Esto lo advierte más recientemente el sociólogo y docente de la Universidad de Texas, Javier Auyero

Hace un cuarto de siglo, quien asumió el cargo de director de Empleo del entonces Ministerio de Trabajo y Bienestar social se encontró con el hecho de que los permisos laborales para extranjeros demoraban en tramitarse entre seis y ocho meses. Al ser dado de baja en este cargo, por representar un peligro para la casta de burócratas y corruptos, este señor había logrado reducir el tiempo de espera de ese trámite en aproximadamente tres meses, los normales y en dos el otorgado a los técnicos. Esto generó el aprecio de los que les tocaba sufrir estas largas esperas, pero gestó la animadversión de los ‘apresuradores' de trámites a cambio de coimas.

La cuestión aquí, más allá de un alto burocratismo y las ocasiones de corrupción que detuvo este director, fue que los que demandaban este servicio —trabajadores migrantes, sus abogados y en ocasiones las mismas empresas con interés en contratar a los/as solicitantes— esperaban pacientemente y hasta veían como normal no solo los tiempos incurridos, sino los ‘favores pagados' a los funcionarios que ayudaban a acelerar tales trámites. Nunca los afectados se habían levantado en protesta masiva ante tales eventos.

Esta experiencia de los años noventa, no parece diferenciarse con la de las largas esperas de los usuarios ante una multitud de servicios que obligadamente les toca utilizar hoy a las clases populares, tales como los hospitalarios, los de exámenes médicos, los de citas médicas, pero también, las esperas cotidianas de transporte colectivo. En ninguno de estos casos, las movilizaciones de las clases populares por trastocar este régimen de esperas es algo que cabe esperar que ocurra, como sí era frecuente hasta antes de los años noventa del siglo XX.

Ciertamente, diversos estudios científicos confirman que estas largas esperas tienen un resultado impensado para quienes las soportan, a saber: sirven de mecanismo de control y manipulación social de las élites hacia las clases populares. Esto lo advierte más recientemente el sociólogo y docente de la Universidad de Texas, Javier Auyero.

Este investigador, como parte de los resultados de su estudio publicado bajo el título ‘Los pacientes del estado' (EUDEBA 2013), delata lo que hay detrás de las esperas y burocracias que utilizan los Gobiernos y las élites de poder representadas en estos, como una herramienta represiva pero pasiva. El propio Auyero manifiesta que: ‘Hacer esperar a los pobres es una herramienta de control para el poder que les permite vigilar y castigar. A la vez, genera una subjetividad en los pobres, quienes creen que ‘deben' esperar y que, en ese sentido, actúan como buenos esperantes'. (Op cit.).

Basta pensar en nuestro Panamá, la espera episódica de los pobres, que suelen recibir por cuotas o subsidios. Lo que conocemos es que estas ayudas han ido engrosando un parasitismo social, que se hace cada vez más difícil de erradicar, pero que sirve a los propósitos de las élites y parte de los servidores de estas —los diputados y autoridades políticas— para soportar el andamiaje clientelista del cual sacan provecho.

Más recientemente, en una entrevista efectuada por Daniel Labbe (2017), Auyero afirmó que estas interacciones, cuya punta del iceberg es la que se da entre el proveedor de servicios y el usuario de estos, tienen una consecuencia a nivel político e ideológico. Según afirmaba este investigador social: ‘Las esperas infligidas están investidas por una idea cotidiana, una idea de que es normal y práctico estar bajo la lluvia esperando por un bus que tarda dos horas en llevarme del trabajo a casa' (Op. cit.). Esa lógica de que ‘todos saben que los pobres deben esperar' —reitera este sociólogo— es vista como algo normal. Algo inscrito en el orden de las cosas, algo no solo natural, sino necesario, pues, si quieres algo, debes esperar, nos decía Auyero (Op. cit.).

Es decir, los pobres asumen como cosa común y natural que ellos tienen el deber de esperar, aunque les cueste y se vean perjudicados en su calidad de vida. Actitud necesaria y suficiente para mantenerlos donde están, sometidos a relaciones sociales de subdesarrollo.

La problematización, a partir de un pensamiento crítico, de eventos como las largas esperas, es parte de las tareas pendientes que deberá asumir un diezmado movimiento popular, dentro de sus filas y en el conjunto de la población que clama por superar este estado de cosas.

SOCIÓLOGO Y DOCENTE DE LA UP.