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23 de Sep de 2019

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Julio Bermúdez Valdés

Columnistas

Pedro Rivera

Aquella vez me acompañaba en la guitarra, debo decirlo con responsabilidad, el talentoso Bosco Ricardo Vallarino

Empecé a valorar su lupa acuciosa en abril de 1973, durante un acto realizado en el auditorio de mi alma máter, el Instituto Fermín Naudeau, en el que, por alguna razón, él integraba una mesa de jurados y yo era parte de un grupo de estudiantes que cantaba para ser seleccionado para participar en un evento internacional de juventudes.

Aquella vez me acompañaba en la guitarra, debo decirlo con responsabilidad, el talentoso Bosco Ricardo Vallarino y otro amigo cuyo nombre he olvidado. Dijo algo sobre mí que jamás olvidé, una especie de premonición que guardé y guardo, pero que sirvió para percatarme que ‘alguien siempre nos observa'.

Más tarde un hermano de toda la vida, Fernando Martínez, integró el ‘ejército' de Pedro, donde formaba también José de Jesús Martínez, un tipo de barba blanca, que hacía poesías, dictaba clases en la UP, y con el cual alguna gente parecía mantener siempre una conversación puntual y atenta... siempre interesante que remataba con una sonrisa sugerente.

El ejército aquel se llamaba ‘Grupo Experimental de Cine Universitario' (GECU), Pedro era su jefe para una jornada de 24/7, y sus integrantes iban, siempre de prisa, armados de cámaras, micrófonos, luces… el único que siempre exhibía su lentitud, pero agudo, era Nando Martínez. Más tarde me di cuenta de que, en realidad, la labor de aquel ejército era filmar la historia del país.

Esa era la tarea de Pedro, al que me encontré luego en La Rayuela, en ‘Temas de nuestra América', en la narración de varios documentales, en un número plural de artículos construidos con intención y blancos escogidos, y después de la matanza, en ‘El Libro de la Invasión', una suma de testimonios que él y Nando recogieron como un documento inevitable para la posteridad.

El martes 15 de este fui yo quien lo observó desde lejos; en el auditorio del Parlamento Latinoamericano, sentado junto a la vigilante valiosa, constructora de poemas sensitivos, Moravia Ochoa López. De aquel flaco desgarbado, casi siempre con un proyecto o una tarea de la cabeza, vi la acumulación del tiempo en una cabellera gris, mirando, eso sí, con la misma lupa acuciosa de aquella vez en el Naudeau.

Celebró de pie la designación de Carlos Aguilar Navarro como el primer titular de esa cartera; el instante en que el nuevo ministro tuvo la justa palabra para reconocer al insigne Jaime Ingram como el director del INAC en su época de oro y celebrar a los otros directores presentes.

Era el Pedro atento, el de la sonrisa con énfasis… ahora con una imagen de sabio reposado, poco sorprendido, hasta que Laurentino Cortizo, este presidente al que le ha dado por elevarle el nivel de tratamiento a la cultura, lo distinguía en su discurso, como el jefe de los asesores del nuevo ministerio.

Entonces los asistentes nos pusimos de pie y lo ovacionamos, con un aplauso fraternal, merecido, ganado a pulso desde aquellos años en que llegaba a la Universidad de Panamá y se inscribía en el sueño de luchar por el respeto a su país, por la valoración de sus cosas, grandes o pequeñas, queridas o censuradas, pero en fin… su país.

Era el Pedro Rivera poeta, escritor, cineasta, señor de las letras y las humanidades, pero ante todo un defensor de Panamá a tiempo completo, que desde los años en que integró la directiva de la Unión de Estudiantes Universitarios (UEU), que dirigía Adolfo Ahumada junto a Ornel Urriola Marcucci, Moisés Carrasquilla, Ana Matilde Ruiloba y Honorio Quesada, no había cesado en la construcción.

El mismo Pedro Rivera que, sentado en aquel auditorio, parecía resumir el esfuerzo de una generación que hizo de Panamá su compromiso, de la solidaridad internacional una forma de ser, y que recibía el aplauso de aquel día como la misma honorabilidad de quienes le han apostado al deber.

PERIODISTA