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14 de Nov de 2019

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Rafael Carlesrcarles@cableonda.net

Columnistas

Promoviendo una agricultura saludable

La comida barata se ha convertido en un pilar político, donde los Gobiernos se sienten cómodos prometiendo y ensayando con la parte más vulnerable del ser humano. Pero, como sabemos, lo barato sale caro. Por eso, en los últimos años hemos señalado en innumerables escritos que la producción industrial de alimentos necesita una reforma urgente, debido a que sus costos sociales, ambientales, de salud pública, bienestar animal y nutritivo son demasiado altos.

Como lo sugiere la lista anterior, el enfoque de nuestra propuesta va en muchas direcciones. Podemos incluir la prohibición de comida malsana en quioscos escolares; la realización de campañas contra los cultivos modificados genéticamente; la promoción de los alimentos orgánicos y producidos localmente; los esfuerzos para combatir la obesidad y la diabetes tipo 2; la colocación de la soberanía alimentaria por delante de los acuerdos de libre comercio; la creación de una reforma agrícola para conservar tierras de cultivo; la organización de estudiantes y padres de familia en torno a problemas de comida en los colegios; el impulso de la agricultura urbana y asegurar que las comunidades tengan acceso a alimentos saludables; la promoción de los derechos de animales; el desarrollo de iniciativas para crear jardines y clases de cocina en escuelas y universidades; la aprobación de un sistema de etiquetado nutricional y veraz; la regulación de la publicidad de comida chatarra; y diversos otros esfuerzos para regular los ingredientes de los alimentos y su comercialización, especialmente para los niños.

Es una tarea monumental y llena de obstáculos. Pero cada día vemos más gente y nos encontramos con más personas que están a favor de estas cosas y tenemos los mismos propósitos. Y, a pesar de que el sociólogo Troy Duster dice que los movimientos sociales no son tan coherentes y unidos como parecen desde lejos, ni tan incomprensibles y fracturados como parecen de cerca, le podemos asegurar que, visto desde una distancia media, el movimiento de alimentos saludables reconoce que la política alimentaria y agrícola de hoy día es insostenible, que no puede continuar en su forma actual por mucho tiempo sin provocar un colapso de algún tipo, ya sea ambiental, económico, o ambos.

En ese sentido, el problema más urgente que tenemos todos es el medio ambiente: el sistema alimentario consume más energía de combustibles fósiles de la que podemos contar en el futuro (aproximadamente una quinta parte del uso total de dicha energía) y emite más gases de efecto invernadero que ninguna otra. Será difícil, si no imposible, abordar el problema del cambio climático sin reformar el sistema alimentario. Esta conclusión ha sido adoptada universalmente y en los últimos años ha adquirido mayor vigencia por grupos ambientales y autoridades gubernamentales que han llegado al convencimiento de que una agricultura diversificada y sostenible es la única solución para secuestrar grandes cantidades de carbono en el suelo y mitigar así el problema ambiental y de cambio climático.

Pero quizás el reclamo más fuerte que tenemos los que promovemos los alimentos saludables es el hecho de que la dieta a base de alimentos altamente procesados, con grasas saturadas y azúcares agregadas, es responsable de una epidemia de enfermedades crónicas que amenaza con llevar a la bancarrota al sistema de salud. Tres cuartas partes del gasto médico y de atención en salud se destina a tratar enfermedades crónicas como padecimientos cardíacos, derrames cerebrales, diabetes tipo 2, obesidad y cánceres, la mayoría de las cuales se pueden prevenir con una dieta a base de alimentos saludables. No hay forma de abordar la crisis de salud y atención médica sin resolver el problema que genera la dieta a base de comida procesada, y que es el resultado directo (aunque no intencional) de la forma en que se han organizado nuestras industrias agrícolas y alimentarias.

El terreno político debe cambiar. De allí que es hora para aprobar nuevas normas que puedan acelerar la producción y comercialización de alimentos saludables, y crear disposiciones legales que promuevan la siembra de huertos en escuelas, el etiquetado de calorías en menús de restaurantes, la prohibición de comida malsana en eventos deportivos y la instauración del impuesto selectivo de bebidas azucaradas. A medida que la industria de alimentos y las autoridades asumen una mayor responsabilidad por el costo de tratar los problemas de salud pública, en gran parte prevenibles, como la obesidad y la diabetes tipo 2, esperamos que aumente la presión para reformar el sistema alimentario y eliminar el desastre de dieta que nos brinda la comida chatarra, y cambiarla por una más digna y sostenible a base de alimentos saludables.

Empresario, consultor en nutrición y asesor de salud pública.