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13 de Dec de 2019

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Enrique Jaramillo Levihenryjaramillolevi@gmail.com

Columnistas

De lo visible e invisible se nutre la literatura

Cuando de escribir se trata, resulta indudable que la realidad es todo lo que vivimos o nos vive: situaciones, ambientes, hechos, lugares, otras personas, nosotros mismos. Pero también son vectores de lo real, obviamente: la materia prima de los conflictos, la vehemencia de las emociones, los recuerdos que sangran, los temores, los sueños y las muchas cosas que sin remedio imaginamos, en la medida en que tengan un grado palpable de factibilidad, incluso dentro de sus posibles ingredientes de fantasía. Porque resulta que no poco de lo que imaginamos, al igual que las emociones que nos embargan, a menudo son capaces de transformarnos la vida, para bien o para mal, a menudo más allá de la cotidianidad tangible, ya que la energía mental desplegada en ello posee una fuerza extraordinaria, trasformadora de cánones y costumbres.

Visto así, de todo lo visible e invisible se nutre la creación literaria, llámese ficción (novela, cuento, fábula, leyenda) o poesía, como parte de su innata voracidad por comprender, por saber, por ser a través del lenguaje. Y es que esas tres modalidades de escritura al indagar en el anecdotario humano inevitablemente lo reproducen, lo interpretan, lo consagran o lo denuncian en cada escena o en cada verso cuando hay autenticidad en lo expresado.

Sin embargo, estos procesos no son tan sencillos como suenan. El talento de un autor tiene que ver con cómo asume y maneja su vena artística -para lo cual no existen recetas mágicas-, y eso a su vez supone una integrada habilidad de aguda observación, memoria, imaginación, ingenio e intuición al momento de plasmar vivencias —reales o ficticias— mediante un lenguaje innovador capaz de tocar a fondo la sensibilidad del lector.

Una buena novela o un buen cuento o poema jamás deben caer en la chatura de lo obvio, en el lugar común, en el simple calco de la realidad perceptible, ni tampoco dar explicaciones ni pretender dar lecciones de nada. Solo abrir sugerencias, de tal forma que se pueda deducir, compartir, dudar, interpelar o, incluso, llegar a rechazar lo exagerado o lo inaceptable de los hechos narrados o aludidos en el texto en cuestión; o bien quedar el lector inmerso en los claroscuros de sus avatares. Y cabe aclarar que si acaso existe algún componente didáctico explícito en el texto, probablemente no debería estar ahí; lo que el lector recibe como enseñanza a través de un texto debe funcionar más bien como un efecto, no como una realidad en sí misma sembrada con el fin de adoctrinar. El mérito de una escritura eficiente consiste en darle vida a lo que antes no existía fuera de la mente del creador.

En todo caso, no hay que olvidar que las palabras denotan o connotan, de ahí que lo que narran, describen o exponen explícitamente o mediante sugerencias tenga siempre diversas opciones de comprensión por parte del lector, siempre y cuando quien crea el texto sepa captar su interés mediante el uso de un lenguaje sugestivo, renovador; y que ese lector, a su vez, pueda compartir el mismo código semántico y similares vivencias emocionales e intelectivas que el creador pretende expresar. Así, en la medida en que se dé una suerte de simbiosis entre ambos, en el sentido de una identificación o un desciframiento efectivo del asunto en cuestión (me refiero a cualquiera de los elementos de una historia o de los matices de un sentimiento), el escritor habrá roto la barrera de su soledad y logrado su propósito básico: comunicar.

No está de más entender entonces que el sentido de lo expresado puede ser, en términos generales, tanto literal como simbólico, alegórico o irónico, y que esa forma de plasmar la historia en un cuento o en una novela mediante una bien armada trama, o bien de transmitir una emoción que hace vibrar a un poema, es lo que suele marcar un determinado estilo de creatividad literaria, el cual consciente o inconscientemente busca un determinado fin: que el lector no solo viva como propia la experiencia que el texto le entrega, sino que se sienta seducido irremediablemente por su esencia.

Escritor y poeta.