• 07/10/2015 02:00

La Universidad en sus 80 años

Vivimos en un mundo diferente, acelerado y agobiante

Vivimos en un mundo diferente, acelerado y agobiante. Un tránsito de la humanidad en el que eclosionan los conocimientos y las tecnologías, aunque también la distracción con miradas fijas en los pequeños aparatos de comunicaciones. Igualmente, los cambios en las visiones institucionales, las que hoy enfrentan severos desafíos y de esto no escapa nuestra universidad. Así, para las universidades, los nuevos retos y las nuevas capacidades, como parte de los cambios profundos que nos impone el mundo de hoy, significan mayores compromisos en la mediación de las equidades en sociedad tasadas por las desigualdades.

Ahora bien, si los contextos cambian, entonces los roles institucionales, las motivaciones, así como el desenvolvimiento de las funciones intrínsecas, van igualmente a cambiar. Hay que responderse bajo qué parámetros deben orientarse las universidades, en particular la UP que ahora cumple sus 80 años, y cómo garantizar que sus programas respondan con pertinencia a los desafíos del siglo XXI.

Para este complicado ejercicio hay que tener presente que estamos ante una sociedad que está modelada por un mundo globalizado, poco humano; por una economía del conocimiento controlada por las nuevas tecnologías, de la inventiva, pero que además confrontamos las incertidumbres, la cultura del miedo que se impone por doquier, de los antivalores (como la muy extendida corrupción) y el sectarismo de los sistemas que se presentan como democráticos, pero que están dominado por las inequidades.

Se vive en el ámbito planetario incididos por un modo particular, que inyecta individualismo a la convivencia humana, cuando, como señalan los teóricos en esta materia, lo que se impone es la colectivización del conocimiento. Quizá porque hoy, más que en cualquier etapa de la historia, el conocimiento (y no los recursos naturales) es la base para generar mayor enriquecimiento. No por casualidad empresas como Google, Microsoft, Apple, son hoy las más vigorosas y sus inversionistas aparecen entre los primeros en las listas de los multimillonarios del mundo.

Estamos parados en un espacio en el que se sufre la desvalorización de los modelos, cuando la mundialización en cada apartado de las cosas nos impone reglas más allá de nuestra vida cotidiana. Hay que ser competitivo. Qué hace la academia, nuestra universidad en particular, en este escenario explosivo, sino aquel papel de formar con calidad, humanizando lo que se enseña y lo que se aprende. Debemos convivir con la democracia verdadera, y para que sea así tendremos que ir en la búsqueda de los cambios de la normativa universitaria; hay que innovar, entendido esto como un ‘cambio en el modo de razón '.

El peligro es inminente. Ante un mundo que podría robotizarse, con la distracción puesta sobre pequeñas pantallas, el valor ciudadano tiene que ser la coraza para que no se extingan la ética, la moral, la cultura. En esa visión, que destaca compromisos sociales básicos, está inserta la Universidad octogenaria. Los programas formadores del hombre del siglo XXI no pueden desconocer esas realidades, no importa la naturaleza de la disciplina del conocimiento.

En ese panorama, la Universidad del nuevo siglo tiene un papel preponderante. Es, entre otras cosas, residencia para seguir recibiendo en su seno las más diversas manifestaciones y condiciones sociales y que, a través de las oportunidades que en ella oferta, facilita un país de tranquilidad social. Este valor institucional hay que conservarlo y potenciarlo, porque además ésta, la UP, es motor impulsor de las realizaciones personales y del desarrollo nacional.

DOCENTE UNIVERSITARIO.

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