• 19/03/2012 01:00

¿Nuestros hermanos indígenas?

¿ Habrá sido eso lo que de niños nos enseñaron? A los primeros indígenas a los que estuvimos expuestos fueron a los de San Blas, hoy Gun...

¿ Habrá sido eso lo que de niños nos enseñaron? A los primeros indígenas a los que estuvimos expuestos fueron a los de San Blas, hoy Guna-Yala; los demás como que no existían. Los machiguas, como les llamaban, eran buenos cocineros en las bases militares gringas y lavadores de platos en los restaurantes; guardaban como un tesoro sus exuberantes islas, donde muchos con su belleza se extasiaban. Eso sí, siempre supimos que el excelente arte de sus mujeres se transformaba en vistosas y coloridas molas, la artesanía por excelencia del turista. Sin embargo, los considerábamos pro-yanquis: a sus hijos le daban por nombre USNAVY; hasta se trataron de independizar de Panamá en 1925 con la ayuda de un gringo.

¿Sentíamos que eran nuestros hermanos y paisanos? Las recientes palabras de un miembro de la Asamblea Nacional refleja lo que por centurias los panameños en general han pensado de ellos, antes llamados guaymíes, kunas y chocoes y ahora ngäbes-bugles, gunas, emberás, bri-bri, nasos y wounaan. Llegaron a decir: ‘Esos originarios borrachos y drogados, no tienen nada que perder. Están perjudicando a todo un país. Ahora se hacen víctimas de su irresponsabilidad’.

Aunque critiquemos al general Torrijos por cercenar nuestra democracia durante la dictadura, fue su régimen el que le permitió acceso social a las clases medias y a las más desposeídas. A los indígenas se les consideraba parte de otro país: los que no querían adaptarse a la civilización, a pesar de que fue ésta la que les quitó todo lo que ancestralmente habían heredado. Pudieron educarse y prepararse en un ambiente que no era el suyo, para ascender socialmente. En el caso de los ngäbes, explotados por los productores de Chiriquí que los ponen a vivir en condiciones infrahumanas (mejor tratados en los cafetales de Costa Rica), ya los vemos con mucha preparación: el caso de la cacica Silvia Carrera, de 42 años: expone esta realidad.

Más reconocimiento externo han tenido sus esfuerzos —casos de las molas—, que lo que se le ha dado en nuestro país. ¿Recordará alguien quién fue el último panameño en la portada del famoso New York Times? Luego de la tragedia del dietilenglicol, Eduardo Arias, indígena guna, que ni siquiera auto tiene, descubrió que unas pastas de dientes que vendían a 59 centavos en una tienda en la 5 de Mayo, tenían entre sus componentes el maligno tóxico, que tantos panameños mató en el Seguro Social. Su denuncia fue publicada en la portada del importante diario el 1 de octubre de 2007; fue localizado a través del alcalde Juan Carlos Navarro, quien días después, le condecoró. Eduardo también fue escogido por Time Magazine, en diciembre de 2007 como una de las ‘Personas que importaron en 2007’, dentro de la sección de la ‘Persona del Año’ de esa revista semanal. Su hazaña logró que el producto chino fuera prohibido en su país y que la pasta contaminada fuera objeto de revisión en sus registros por 34 países.

Los hemos ignorado y despreciado por siglos. No le hemos hecho sentir que son hasta más panameños que el resto de los que nacimos aquí o los que no han nacido aquí y se les trata como iguales y se creen medio dueños del país. Cuando alguno de nosotros se emborracha, le decimos ‘cogiste una juma de machigua’. ¿Qué estamos reclamando ahora? Simplemente se cansaron de los malos tratos y los desprecios, al igual ocurrió con los afrodescendientes en los Estados Unidos. Hagamos un honesto esfuerzo de entenderlos e integrarlos, siempre respetando su integridad y sin menoscabar su identidad. Como dijera monseñor José Luis Lacunza: ‘Panamá tiene una gran deuda con las etnias indígenas’.

EMBAJADOR DE PANAMÁ ANTE LA OEA.

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