• 11/07/2015 02:00

El proceso inevitable

La propia excandidata hizo severas acusaciones a través de los medios contra figuras destacadas de esa organización

Sin sorpresas se observa la intensa lucha que se libra en el PRD, que parece haber puesto fin a aquello de que ‘los trapos sucios se lavan en casa'. Vieja consigna que sirvió en su momento para ponerlo a salvo de influencias externas en su toma de decisiones, el PRD parece transitar por un dilatado proceso que, por lo menos, en dos ocasiones ha dado evidencias de puntos de quiebre en su otrora unidad monolítica.

Por primera vez, al menos de manera pública, (algo ya navegaba por dentro) tal unidad se vio afectada, después que algunos sectores desconocieron una votación interna tras las primarias que le dieron a Balbina Herrera la candidatura presidencial en 2009. Pasadas esas elecciones muchos perredistas aparecieron en las filas del Gobierno Martinelli, lo que se tradujo además en respaldos a ese Gobierno desde la Asamblea Nacional. La propia excandidata hizo severas acusaciones a través de los medios contra figuras destacadas de esa organización. Ahora, la Asamblea Nacional se ha convertido en escenario de un nuevo punto de quiebre en la unidad del PRD. Tal pareciera que no hay móviles para su unidad, después que en el 2000 las consignas nacionalistas se agotaran con la reversión del Canal a manos panameñas, y flagelos como ‘el clientelismo', citado por muchos de sus dirigentes, se hubieran convertido en el punto número uno del orden del día de su membresía.

Muchos de sus miembros parecen más interesados en los beneficios personales que en los sueños colectivos, compresible hasta cierto punto, si se considera que en las filas del PRD aparecen miembros de toda una vida con pocos o casi ningún saldo a su favor. Dicho de otra manera, pasada la cuestión nacional, el tema social trata de abrirse paso de alguna manera, pero por lo visto no es un punto que podría estar encontrando espacio en la propuesta de sus dirigentes, interesados quizá más por el país que por el partido.

Así, porque una muy buena razón debió existir para que legendarios torrijistas como Elías Castillo y Pedro Miguel González optaran por un paso tan temerario como violentar la unidad que ellos mismos han defendido. La unidad de los partidos siempre se teje en torno a algo o a alguien, y en el PRD tales constantes parecen haber desaparecido junto con las consignas nacionalistas. Pareciera que bandos con visiones e intereses opuestos construyen otros motivos para la unidad, que las viejas razones dejaron de serlo y que urgen argumentos y dirigentes que levanten nuevas banderas. ¿Podrán hacerlo sin ruptura?

Hay que observar con detenimiento lo que pase en el PRD, porque su fenómeno no es único. Mientras que por situaciones similares pasan los demás partidos políticos, una sociedad hasta cierto punto indiferente, solo presta el interés que los medios le dan. Hecho peligroso, si se considera que esos colectivos son parte vital de la definición del poder en el país, y en consecuencia de su propio futuro. Una ruptura en el PRD reconfiguraría el escenario político nacional, la correlación de fuerzas y, con toda certeza, las aspiraciones de sectores de la sociedad que probablemente no se sientan representados por los partidos existentes. Que mantenga su unidad, sin embargo, establecería para el actual Gobierno un foco de tensión, considerando el papel opositor que jugaría, según sus actuales dirigentes.

PERIODISTA

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