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15 de May de 2021

Redacción Digital La Estrella

Opinión

La equidad de género en política: ¿se gana o se regala?

C uando se habla de equidad de género en política, intuyo que algunas tesis tienen un carácter segregacionista. Creemos que las condicio...

C uando se habla de equidad de género en política, intuyo que algunas tesis tienen un carácter segregacionista. Creemos que las condiciones legales para que la mujer participe y aspire libremente y con todos sus derechos a los puestos de elección popular están debidamente consagradas en nuestros códigos y no es a base de imposiciones, de cuotas o porcentajes donde la mujer va a encontrar el camino correcto y sostenible para una participación más activa y legítima en la vida nacional y sobre todo en la política panameña.

Si en este punto quisiéramos tomar referencias, podemos preguntarnos de qué porcentaje se valieron para llegar donde llegaron o donde han llegado en la política internacional: Indira, Golda, Violeta, Margaret, Teresa, Rigoberta, Hillary, Ángela, Michelle, Laura, Cristina o Dilma y en lo nacional Thelma, Coralia, Mayín, Mireya, Teresita, Balbina, Marilyn y tantas otras mujeres que, con sus errores y aciertos, como es normal, sin distingo de género, tuvieron el arrojo, la valentía, la preparación, el liderazgo y sobre todo las ganas de participar en la política.

Llevándolo al plano normativo, la Constitución Política de la República de Panamá envía ciertas señales que avalan mi inquietud, cuando en dos de sus artículos indica lo siguiente: Artículo 19.— ‘No habrá fueros o privilegios ni discriminación por razón de raza, nacimiento, discapacidad, clase social, sexo, religión o ideas políticas’.

Artículo 139: ‘No es lícita la formación de partidos que tengan por base el sexo, la raza la religión o que tiendan a destruir la forma democrática de gobierno’.

No es prudente concebir que una regla obligue a los partidos a asumir porcentajes condicionantes para postular al género femenino. Más asombroso, todavía, es que se piense ahora en una ilógica paridad que pretende elevarla obligatoriamente al 50%, violando, a mi modo de ver, el libre derecho a participar y a escoger, sin restricciones, que deben tener todos los ciudadanos. Esta medida podría ofrecer ventajas a la mujer en detrimento de las posibilidades de sus pares masculinos, ahora de manera legal e imperativa.

Pretender que la mejor alternativa para que la mujer logre una mayor participación en la política consista en eliminarle cuotas y oportunidades a los hombres, me recuerda aquello de que ‘la mejor manera de eliminar la pobreza es matando a los pobres’.

Con esa lógica obligante de participación femenina, tal vez mañana se pretenda, siguiendo la moda y utilizando los resultados del censo 2010, establecer un porcentaje obligatorio para la postulación de los descendientes de afroantillanos, otro para los descendientes de afrocoloniales; uno para los chinos de antes y otro para los de ahora; y por ese camino, uno para los que tienen un patrimonio económico menor de ‘tanto’ y otro para los ricos, y así, iremos creando toda una serie de castas políticas inimaginables.

La política es una ciencia social, que no puede manejarse con la ligereza y frialdad de los números y porcentajes que arrojan las estadísticas como para llegar al siguiente juicio lógico, extremadamente matemático y vacío que algunos utilizan: ‘como la mitad de la población es mujer y la mitad de los inscritos en partidos políticos son mujeres, luego entonces, la mitad de los candidatos y elegidos deben ser mujeres’. ¡Plop!

En los partidos políticos, la práctica ha demostrado que el no cumplimiento de los porcentajes en la postulación de mujeres no es por falta de voluntad del partido, sino del poco entusiasmo de las propias féminas.

Quienes en realidad estamos interesados en que haya una participación verdaderamente democrática y masiva de la mujer en la política, debemos sí exigir y obligar a quienes les corresponda, para que haya más educación en política; orientar desde las aulas escolares a los jóvenes; continuar y perfeccionar la existencia de las asambleas y los cabildos abiertos juveniles donde cada participante, hombre o mujer, con igualdad, libertad y conciencia, pueda descubrir si en el futuro su aporte al desarrollo del país lo querrá hacer desde un hemiciclo parlamentario o a través de otras actividades loables de la sociedad.

¡No le des el pez al hombre (o a la mujer), enséñale a pescarlo!

*PROFESOR UNIVERSITARIO.