26 de Oct de 2021

  • Redacción Digital La Estrella

Opinión

Adiós, Raúl Leis

Como muchos de ustedes, estoy sorprendido, conmocionado, enojado y algo frustrado por la temprana partida del amigo, colega y compañero ...

Como muchos de ustedes, estoy sorprendido, conmocionado, enojado y algo frustrado por la temprana partida del amigo, colega y compañero Raúl Leis. Esto no debió pasar. Era él aún muy joven y tenía muchos proyectos, tareas y compromisos dejados sobre la mesa. Quehaceres inconclusos que nos lega.

Por ello me he animado a escribir estas cortas líneas, que poco harán para honrar su memoria, pero que necesito esbozar para compartirlas con aquellos que lo conocieron, apreciaron y admiraron.

Raúl Leis era un hombre fundamental. Con una enorme capacidad para sentir el dolor ajeno, reaccionar ante las injusticias y comprometerse con los más humildes. A ellos dedicó su brillante inteligencia, su incuestionable talento literario y su riguroso pensamiento analítico.

Como intelectual, comprometido con la defensa de la soberanía nacional y los intereses del pueblo, consagró desde muy joven su pluma al ensayo sociológico, al estudio histórico, a la creación literaria y a la faena periodística. El día domingo un diario local reprodujo las palabras del ambientalista Donaldo Sousa, quien resumía apretadamente su extensa y prolija producción intelectual, al calificarlo, con justicia, como ‘uno de los profesionales de la sociología importantes que ha tenido Panamá’.

Allí nos recordaba que ‘... ganó cinco premios Ricardo Miró (1973, 1981, 1988, 1996, 2000), el máximo galardón de la cultura panameña, ganador del premio de prensa de la revista Plural de México (1985), de la revista Nueva Sociedad de Venezuela (1985, 1992) y segundo lugar de los Juegos Florales de Guatemala (1993) y finalista del Tirso de Molina de la Cooperación Española (1994)’. (Muerte de Raúl Leis conmociona a Panamá, por Deivis Eliécer Cerrud, La Estrella, 1 de mayo de 2011).

Pero más que un laureado escritor, él siempre será recordado por su compromiso social con los más humildes, con los oprimidos. Siendo aún muy joven, fundó, junto a Xavier Gorostiaga y Charlotte Elton, el Centro de Asistencia Social de Panamá (CEASPA), del cual era presidente al momento de su fallecimiento. Esta institución —que sustentó con su propio aliento e inspiración— se ha dedicado por más de 30 años a velar por los pobres y excluidos de Panamá, con la firme esperanza de que es posible construir una sociedad mejor a través de la participación popular, la investigación — acción y la educación popular.

Pero además lo recordamos participando en muchas otras organizaciones e instituciones de la sociedad civil —a nivel nacional e internacional—, así como en los diálogos y debates nacionales, aportando siempre su voz valiente, honesta, razonada y comprometida.

En materia educativa defendió el carácter multicultural—étnico y plurilingüe del Estado panameño y la necesidad de que la educación nacional respetara las lenguas indígenas a través de la adopción de una educación multicultural bilingüe. Pues, en lugar de parches e improvisaciones, propugnaba por una ‘profunda reforma educativa integral, dentro de un enfoque humanista, científico y ético’. (‘Las constituciones no caen del cielo’, La Prensa, 7 de abril de 2011).

Incursionó en el escenario político como la figura que intentó aportar el sustento ideológico al Papá Egoró, partido político que surgió en la década de 1990 como un plausible esfuerzo por superar la dicotomía entre arnulfistas o torrijistas que dividía la política criolla (que ya entonces mostraba claras evidencias de agotamiento, luego de años del fallecimiento de sus ‘inspiradores’).

En su lugar proponía una agenda incluyente que se orientaba a temas que hoy nos resultan actuales y vigentes, pero que entonces eran realmente novedosos en nuestro medio: la defensa del ambiente, la reivindicación de los derechos de los indígenas, la inclusión de los negros, la igualdad sociopolítica de la mujer, la protección de los campesinos y la producción nacional, el derecho al trabajo bien remunerado y la calidad de vida de todos los panameños y panameñas.

En uno de sus últimos escritos, Raúl Leis nos habla un poco de los eventos y las ideas que marcaron su destino y nos deja un mensaje para que afrontemos el mundo actual. En ‘Alerta, San Romero camina por el mundo’ nos dice:

‘Mi adolescencia colonense estuvo marcada por dos hechos trascendentales. El 9—12 de enero de 1964, cuando viví la agresión de los militares de EU contra un pueblo desarmado que clamaba por soberanía; y el 6 de junio, dos años después, cuando la represión provino de la Guardia Nacional, que reprimió a la población que exigía justicia por el asesinato de Juan Navas Pájaro.

Después, imposible olvidar la desaparición de Héctor Gallego, al que conocí y acompañé, y la lucha de años por encontrarlo. Imposible olvidar el horror de las fosas comunes del Jardín de Paz, con los cuerpos calcinados de mujeres, hombres y niños, víctimas inocentes de la invasión. Estos y otros sucesos me invitaron a amar la paz, pero una paz florecida al calor de la justicia. Me convencí de que más que cubrir con un velo, el pasado, el calvario y la cruz, el camino es el de la verdad que nos hace libres.

Por ello, el país necesita aclararse diáfanamente sobre las violaciones extremas contra el derecho a la vida —asesinados, lesionados y desaparecidos— ocurridas entre octubre de 1968 y diciembre de 1989; es decir, el período militar y la invasión norteamericana. En el primero, el ejército nacional fue responsable directo y, en el segundo, lo fue un ejército foráneo de ocupación. La verdad debe decirse por respeto a la gente de este país, es necesaria una investigación clara y definitiva sobre la base de buscar toda la verdad. Así como el esfuerzo por procesar y sancionar a quienes resulten responsables. Como premisas de tal reparación integral surgen el derecho a la justicia y el derecho a la verdad’. (La Prensa, 24 de marzo de 2011).

Adiós, Raúl Leis.

*FACULTAD DE HUMANIDADES, UP.