30 de Sep de 2022

  • Redacción Digital La Estrella

Opinión

Recuerdos

Hoy, no me provoca escribir del presente, estoy saturado de los problemas del país: crímenes, cierres de calles, debates televisivos don...

Hoy, no me provoca escribir del presente, estoy saturado de los problemas del país: crímenes, cierres de calles, debates televisivos donde todo está mal, agua con sabor a tierra, denuncias a las que nadie hace caso, corrupción, concentración de poder, etc. No, hoy quiero algo de paz mental y lo mejor, en mi caso, es, simplemente recordar.

Nunca le creí antes a mi abuela, Nonina, cuando me decía: ‘Los tiempos de antes eran mejores’. ¿Cómo podía ser? A mí me fascinaban los inventos que lentamente aparecían en mi vida en los años cincuenta. Época donde recién mudados a lo que llamábamos Paitilla, frente al aeropuerto, todos los días venía un pequeño carro, que habría una puerta de lado en el vagón y desde el cual nos vendían hielo, leche (qué rica la nata de la tapa) en botella de vidrio, pan y algunas otras cosas. Tiempos en que íbamos al colegio mañana y tarde, y éramos semi internos, almorzando allá mismo. Tiempos donde a la escuela llevábamos pluma fuente, secante y tintero.

Era distinto todo a lo actual. Las casas tenían hermosos jardines y no había casi rejas, las cercas eran mas bien para mantener a niños y mascotas dentro del área, no para cerrar el paso a ladrones. No había televisión, sino hasta 1958 que los gringos arrancaron un canal en inglés y de noche íbamos a verlo en las vitrinas de Elga y otros almacenes sin oír el sonido, pero maravillados del pequeño cine que era. Había cantidad de cuadros de juego, no existían ni el Einstein, Don Bosco ni IJA y esa franja era nuestros cuadros de fútbol y béis. Por las mañanas veíamos pasar los caballos de Juan Franco camino a la playa de San Francisco, a trotar en la arena y bañarlos, mientras los jinetes llegaban a la pileta de la Fuerza y Luz, donde aprovechaban la salida del agua caliente de los generadores de la térmica como su sauna o jacuzzi.

Mis años de joven vieron la liga profesional de béisbol con el Carta Vieja, Chersterfield, Cerveza Balboa, luego los Azucareros de Coclé. Jugadores que luego vimos en las grandes ligas pasaron por aquí. Luego vi llegar los cambios tecnológicos, recuerdo aquella feria industrial, en el colegio Javier de Perejil, cuando llegó la primera máquina de escribir eléctrica, de la IBM, que reemplazaría a las duras Underwood. Ya teníamos bolígrafos, y el papel carbón nos garantizaba las copias fidedignas de los escritos. Otro avance significativo fue el aire acondicionado o, mas bien, el acondicionador de aire. Solo la recámara principal, de mi papá, lo tenía y a veces nos permitía entrar a ‘sentir’ el frío. A finales de los cincuenta los japonés revolucionaron el mundo, aparecieron los transistores. Los primeros beneficiados fueron los radios, que disminuyeron en tamaño y pronto aparecieron los radios portátiles, luego eliminaron tubos de los televisores.

En Panamá, nos movíamos casi todos en bus, los chicos de la ruta tres de Barletta en San Francisco, los de Ciniglio en Río Abajo, y los que envidiábamos grandes verdes y azules de Arosemena y Brid que llevaban al Casco Viejo y hasta la Iglesia del Carmen, donde giraban en la vuelta del tranvía (que no vi de niño). Pero teníamos chivas que te movían en el área del Hospital Santo Tomás y hasta Santana. Eran los años de las camisas Arrow, el Bazar Francés, El Corte Inglés, el Bazar Imperial y los zapatos Florsheim, mientras los políticos iban con sus Black and White. El carro no era fino si las llantas eran negras y no tenían la franja blanca.

Los colegios privados eran cuatro primero: La Salle y Javier de varones, María Inmaculada y Las Esclavas de niñas. Recuerdo el gran invento en el cine, primero technicolor, luego Vista Visión y su primera película Navidad Blanca, luego Cinemascope y su primera gran producción, Los Diez Mandamientos. Tiempos del autocine y la colada en el baúl, las noches populares a 1.10 por carro. Eran tiempos de ‘gallada’ y no de ‘pandilla’, de rateros desarmados y no ladrones asesinos. Vestidos de baño de una pieza y luego la revolución con los primeros dos piezas y luego el bikini. Tiempos en que apareció la minifalda y mucho más luego los pantalones en las mujeres. Los curas andaban con sotana y a los policías les decíamos ‘tongos’ (nunca supe por qué). El patrulla tipo pick up era alacrán y los carros eran de cambio y sin direccionales.

Qué tiempos aquellos, en el bus los jóvenes cedíamos los asientos a damas y varones mayores. Y si no había más jóvenes sentados, se levantaban los adultos al subir una dama. No había centros comerciales, tranques ni estrés. El viaje al interior tenía malo y bueno. Malo el cruzar el ferry o bien el puente Miraflores, que podía estar abierto al paso de barcos; bueno, los chocolates Clark y los Peppermints del Ferry. Luego aparecieron las copiadoras y adiós al papel carbón, las grabadoras y adiós a la taquigrafía, los jets y su ruido ensordecedor, y el crecimiento de la ciudad... que acabó con nuestra calidad de vida.

Nonina tenía razón, quizás para ella, nacida en los finales del siglo 19, los tiempos de antes fueron mejores; pero también para mí, nacido en la primera mitad del siglo 20, los tiempos de antes fueron mejores. Fanático de la hípica, no cambio a un Baeza, Blas Aguirre, los hermanos Icaza, Papito Gustines y Pincay por los de ahora.

INGENIERO Y ANALISTA POLÍTICO.