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19 de Nov de 2019

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Hacia una economía más humana

En nuestro país el continuo e incontenible aumento del precio de los alimentos, de los medicamentos, del combustible y de tantos otros b...

En nuestro país el continuo e incontenible aumento del precio de los alimentos, de los medicamentos, del combustible y de tantos otros bienes; y el de la mayoría de los servicios (públicos y privados), tales como los del agua potable, de la energía eléctrica, del teléfono, del transporte público, de la atención en salud, etc., vandaliza, sin misericordia alguna, el salario de innumerables personas... En particular, de aquellas cuyo salario no crece ni se desarrolla: jubilados y pensionados de las clases media y pobre... Son los ciudadanos que sobreviven con salarios (ingresos) congelados a perpetuidad... Y, en general, de los más pobres y excluidos.

Este fenómeno no es sólo el de inseguridad alimentaria, o el de inseguridad de techo; es una gravísima inseguridad: una inseguridad vital humana. Una inseguridad profundamente biológica, sí (existencial); pero, también, cultural, moral, espiritual (es decir, esencial).

La clase media en general; y, en particular, el profesional asalariado (es decir, aquel profesional empleado —médico, ingeniero, abogado—, que no ejerce libremente su profesión liberal; que es, por lo tanto, un simple funcionario que no recibe honorarios, sino sólo un salario), se ve condenado, irremediablemente, a disminuir continua y constantemente su nivel de vida... Y el de su familia. Lógicas (¿o anti-lógicas?) de sobrevivencia.

Este profesional (le sucede lo mismo, lógicamente, al asalariado no profesional) no puede trasladar a ninguna otra persona, ni a ningún otro sector, el continuo aumento del costo de la vida... Su solución ante el problema es irse desprendiendo paulatinamente, cada día, del goce y disfrute de ciertos bienes y servicios, y de algunas actividades de recreación.

El empresario (comerciante, industrial), o grupos de profesionales (abogados, arquitectos, etc.) desde sus firmas, comercios, industrias y oficinas, pueden, sin dificultad, trasladar el aumento del costo de la vida (y los aumentos de los impuestos nacionales o municipales, directos o indirectos) al consumidor de sus bienes, o al usuario de sus servicios profesionales... Aumentos desproporcionados en el precio de esos bienes y de esos servicios... Asimetrías, inequidades. Afán ciego de lucro.

Los grupos menos diferenciados económica y socialmente, se valen, en cambio, de formas sui géneris, para sobreponerse a los ‘imparables’ aumentos del costo de la vida, en general; y del costo de la canasta básica (completa), en particular. Aquí ocurren novedosos incumplimientos de obligaciones, pagos y compromisos (no pago del alquiler de la vivienda, p.ej.). O se recurre a la evasión del pago de deudas generadas por el usufructo de algunos servicios esenciales, tales como los de energía eléctrica y de agua potable (mediante las llamadas ‘conexiones brujas’)... No olvido que, en el interior de los países en desarrollo, es en este grupo humano donde viene creciendo mayormente un fenómeno negativo: la sobrealimentación inarmónica (sobre todo entre las amas de casa)... Una paradoja: aumento de la obesidad en medio de la pobreza.

A los más excluidos (los que malviven o sobreviven apenas, en extrema pobreza), sólo les queda la posibilidad de una cada vez mayor pobreza... Es como si caminaran inexorablemente hacia una nueva y oscura ‘solución final’: perecer en los fríos hornos de la consunción final... Ellos no alcanzaron (o dejaron de ser) la superior condición de ciudadanos, de personas... Fueron y son sólo habitantes solos.

No busquemos, pues (afanosamente ciegos), el crecimiento del PIB, sino el crecimiento y el desarrollo de la justicia distributiva en todos los órdenes del vivir, del ser, del pensar y del hacer humanos. Hagamos desaparecer la Impunidad del Delito, venida desde hace cuatro décadas... Cuatro décadas perdidas para la salud moral de la Patria.

Que el Estado no deje de ser el receptor, distribuidor y redistribuidor, desde la Equidad, la Libertad, la Verdad, la Justicia y la Eticidad, de la riqueza integral del país... Pero para lograr este desiderátum se necesita la firme existencia de gobiernos probos, inteligentes, morales; y la de sociedades políticas y civiles con conciencia de Patria, de Identidad y Destino. Esperemos y busquemos lo mejor para que suceda lo mejor.

Hoy, después de muchos tiempos de corrupción y de promesas siempre incumplidas, ya se trabaja, se crea y se construye (con cierto desorden) para el Bien Común y para el Bienestar humano. Hacia un más firme y seguro, más ancho y muy cercano futuro.

ACADÉMICO NUMERARIO DE LA ACADEMIA PANAMEÑA DE LA LENGUA.