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24 de May de 2022

  • Redacción Digital La Estrella

Opinión

De la Bahía de Chesapeake a nuestras salinas de Aguadulce

En la Costa Este de la desarrollada Bahía de Chesapeake, frente a la interesante ciudad de Annapolis, en el Estado de Maryland, existe u...

En la Costa Este de la desarrollada Bahía de Chesapeake, frente a la interesante ciudad de Annapolis, en el Estado de Maryland, existe una extensa zona de pantanos aparentemente improductivos. Esta es parte del once por ciento del territorio de EE. UU. que originalmente se inundaba, pero que actualmente se ha reducido al cinco por ciento de ese territorio, gracias a dragados y rellenos.

Y aquí comienzan mis disquisiciones: Es esta realidad tan palpable para todo el que quiera verla, producto del esfuerzo de sus ciudadanos que hicieron crecer ‘hacia adentro’ el país desde sus muy modestos orígenes o, en cambio, ¿solo el reflejo de su explotación de otros pueblos?

Esto nos recuerda a Holanda, que gracias a políticas y esfuerzos similares con sus diques frente al Atlántico Norte, logra hoy el pleno desarrollo de la mitad de su territorio que se encuentra ¡bajo el nivel del mar! Ni en América ni en Europa se realizaron esos trabajos por gigantes, ni cíclopes ni esclavos provenientes de otros territorios conquistados por las armas, sino por hombres convencidos, al igual que sus ‘primos culturales’ ingleses, de que el trabajo duro los acercaba a Dios.

Las todavía muy extensas zonas cenagosas siguen sirviendo de escala y descanso a los millones de mariposas que viajan anualmente desde el Estado de Maine (más al Norte que Toronto y otras importantes ciudades canadienses) hasta México. Tal es igualmente la escala de los enormes y famosos patos canadienses que el crudo invierno empuja hacia el sur, y devuelve en el verano hacia sus desovaderos en las distantes latitudes del norte.

Por otra parte, estas am plias regiones sirven como pulmones purificadores del aire en toda el área, además de defensa contra inundaciones provenientes tanto del mar como de intensas lluvias. ¿Y qué decir de las zonas de cultivo que siguen ampliándose en sus proximidades? ¿O de Oxford (Maryland) y otras tan pequeñas como bellísimas poblaciones reconocidas desde el mismo inicio por las autoridades coloniales?

Pero volviendo a la acción del hombre sobre la naturaleza inicialmente virgen, desde los primeros inicios de la colonia en el Siglo XVII, encontramos el desarrollo de un activo comercio representado por la importación de miel, ron, naranjas y otros productos ‘exóticos’ y la contrapartida de la ex portación de cereales, productos de madera, ladrillos para la construcción, tabaco, ganado y finas pieles de animales salvajes que terminaban, como se ha dicho en broma, en los talleres de ‘los modistos de París que se reúnen con el Diablo a la hora de diseñar sus exclusivas modas’.

La pesca en la zona resultó siempre actividad significativa para sus moradores, y hasta la construcción de barcos encontró apropiado asiento para ésta igualmente prominente actividad en la metrópolis británica. Hoy son, además, famosos en todo el país sus cangrejos. Por cierto que, tal como sucede frecuentemente entre los humanos, cuando alguno de los cangrejos trata de escalar, los demás los halan hacia abajo para impedir que escalen.

Pero, como indica el título de esta contribución, saltemos miles de millas hasta las costas de nuestro Océano Pacífico y nuestras Salinas de Aguadulce en Coclé. Allí se estableció una empresa internacional gigante que exportó sus camarones criados en estanques hasta Europa y EE. UU. …y sin descabezar… para mayor adorno en platos presentados con exquisitez en exclusivos restaurantes y hoteles.

Incluso antes, habíamos sido igualmente abogados y asesorado desde el principio a un exitoso propietario de una moderna flota de barcos que ‘rastreaba’ los langostinos proverbiales en nuestro litoral pacífico. Este experto inmigrante llegó a ser luego propietario también de una pequeña flotilla de barcos atuneros, recién construidos según las especificaciones de este experto naviero.

¿Cuándo podremos descubrir que, en vez de atravesar el Canal con su valiosa carga, algunos barcos atuneros podrían entregar a y procesar su pesca en instalaciones todavía inexistentes en la costa del Océano Pacífico del Istmo? Ello resultaría, por lo demás, no solo significativamente atractivo desde el punto de vista económico para nuestro país, sino también para los propietarios de esas embarcaciones. ¿Podrá ser el recién suscrito Tratado de Libre Comercio el instrumento jurídico ideal para estos armadores, que no tendrían que pagar por recorrer el largo tramo adicional de navegación hasta puertos y fábricas de enlatados en la costa atlántica de EE.UU.?

Nota: Este artículo está dedicado a mis meritorias sobrinas Anayansi Lasso, doctora en Medicina, y Marixa Lasso, Ph.D. en Historia. Ambas laboran con prestigiosas universidades en Maryland y Ohio.

ABOGADO Y ESCRITOR.