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26 de Feb de 2021

Redacción Digital La Estrella

Opinión

El control del ciberespacio

El ciberespacio es un nuevo ámbito militar, del mismo modo que hasta ahora lo han sido la tierra, el aire y el mar y, por lo tanto, debe...

El ciberespacio es un nuevo ámbito militar, del mismo modo que hasta ahora lo han sido la tierra, el aire y el mar y, por lo tanto, debe ser controlado. Eso lo saben los presidentes de Brasil Dilma Rousseff y de México Enrique Peña Nieto, blancos del espionaje de Estados Unidos. Lo mismo que la jefa del gobierno de Alemania, Angela Merkel, y sus colegas de Francia y España, Francois Hollande, Mariano Rajoy y su antecesor José Rodríguez Zapatero.

La semana pasada Merkel llamó indignada al presidente Barack Obama para advertirle que no toleraría semejantes prácticas. El mandatario estadounidense le respondió que pediría a sus servicios de inteligencia que no espíen el celular de la líder alemana. Dos días después un Hollande furioso llamó también a Obama. Se había despertado con la noticia de portada de Le Monde, informando que Washington había monitoreado en un mes 70 millones de llamadas dentro de Francia, incluyendo su celular.

En Madrid se conocieron informes de El Mundo de que solo entre diciembre del 2012 y enero del 2013 fueron rastreados 60 millones de llamadas, SMS, correos electrónicos, tráficos a través de Internet y las redes sociales. Entre ellos los celulares de Rajoy y Rodríguez Zapatero.

Esto salió a la luz como seguidilla de las revelaciones que desde junio hiciera el exconsultor de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), Edward Snowden, quien puso al descubierto la magnitud de Prisma, el programa de espionaje masivo mundial estadounidense.

The Wall Street Journal afirmó esta semana que la NSA puso fin al programa con el que espiaba a Merkel desde hacía más de una década, y a otros 35 líderes mundiales, después de que una inspección interna impulsada por Obama revelara a la Casa Blanca el alcance de la operación en marcha.

La versión difundida por el Journal aseguró que Obama no conocía que los servicios de inteligencia estaban espiando a los líderes del G-8, la OTAN, y sus vecinos latinoamericanos. El diario, portavoz de los sectores conservador estadounidenses, colocó a Obama en una posición poco envidiable. O responde satisfactoriamente a sus decepcionados socios europeos o muestra su negligencia en el manejo de las actividades de los servicios de espionaje durante su presidencia.

Ha quedado al descubierto, además, el programa denominado Cinco Ojos, un exclusivo club blanco y de lengua inglesa, formado por Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelandia. Sus socios han jurado colaborar de la forma más estrecha posible intercambiando información de inteligencia y repartiéndose el globo terráqueo en sus rastreos.

Los efectos inmediatos, han sido el golpe para las gigantes petroleras Exxon Mobil y Chevron, y las británicas British Petroleum y BG Group. El cuarteto tuvo que abandonar la competencia para adueñarse del mayor yacimiento de crudo descubierto en el litoral marítimo de Brasil. Se debió a las infidencias de Snowden, quien reveló que la NSA había espiado la base de datos técnicos de Petrobras, incluidos los estudios geológicos sobre el crudo de la capa presal, a la que pertenece Campo de Libra. Esas reservas serán explotadas por una mega asociación entre la angloholandesa Shell, la francesa Total y las chinas CNPC y CNOOC, para lo cual deberán invertir unos $180,000 millones en los próximos 30 años.

Rousseff también suspendió su visita de Estado a Washington y congeló la compra de 36 aviones militares a Estados Unidos por $5,000 millones.

En Europa los efectos son múltiples. Desde la interrupción del intercambio de información antiterrorista hasta la posposición de negociaciones de un tratado comercial bilateral. Más dañino todavía: ha quedado lesionada la confianza que debe existir entre dos bloques cuya alianza es vital para la estabilidad mundial.

Todo eso exigiría, teóricamente, una reacción inmediata y contundente de parte de Obama. Pero esa iniciativa no es previsible y tampoco parece muy factible. No se cambian los servicios secretos de la noche a la mañana.

Los límites están, por supuesto, establecidos por la Ley, por el control judicial y por el Congreso estadounidense al que el espionaje está formalmente sometido. Pero ninguna comisión legislativa, ningún juez del tribunal establecido para ese fin, es capaz de controlar las millones de comunicaciones que los servicios de inteligencia de Estados Unidos siguen a diario. Si, además, esa comisión y ese tribunal actúan también en secreto, la falta de transparencia y la impunidad llegan a ser de terror.

PERIODISTA.