Los capturados fueron ubicados en la comarca Ngäbe-Buglé, las provincias de Veraguas, Los Santos y Panamá
- 07/06/2009 02:00
PANAMÁ. Los domingos han dejado de ser mi día de descanso. Aunque es cierto que no voy a trabajar, no puedo disfrutar plácidamente de mi casa y mi familia. No hay forma: tengo que medir hasta la cantidad de agua que tomo.
Me mudé al sector de Brisas del Nazareno, un pueblecito del distrito de La Chorrera, al oeste de la ciudad de Panamá, hace cuatro años. En mi barrio hay 65 casas conectadas al acueducto rural que funciona a través de una turbina que bombea el agua hacia un tanque comunitario. Sin embargo, el acueducto no tiene la capacidad de fluido suficiente para dar respuesta a las demandas. Así es que el agua llega a los hogares una hora cada ocho días, es decir cinco veces al mes. Lo que mi esposo y yo hacemos es aprovechar esa hora al máximo: llenamos un tanque de 12 latas —algo así como 60 galones—, 15 botellas de soda de 2 litros y todas las ollas que se puedan llenar. Me da un poco de pena decirlo, pero es así como vivimos. En realidad, lo que me da, es enojo e impotencia.
Digo que lo peor son los domingos porque en lugar de pensar donde llevar a mis tres niños de paseo para recrearnos en familia, tengo que lidiar con otras cosas, como medir la cantidad de agua que tomamos o que utilizamos para lavarnos los dientes o las manos en tiempos de la gripe o elegir a veces entre cocinar y lavar la ropa sucia, o los uniformes escolares que necesitarán mis hijos. Hubo días en los que nos saltamos una de las tres comidas diarias para no gastar el agua.
Hoy escribo esto y es sábado. Sufro de sólo saber que mañana pasará lo de siempre. Y a veces cosas peores.
En ocasiones, algunos vecinos hasta han peleado por el agua. Ellos, en su desesperación, le apuestan a juega vivo. Porque, como hay una sola tubería que va de casa en casa, el que recibe el agua primero debe tener la solidaridad de no abrir el grifo totalmente, sino el que viene detrás no puede coger suficiente agua para toda la semana. A veces, nos sentimos como gorgojos. ¿El Estado? En Nazareno estamos abandonados a nuestra suerte.