Tolerancia errónea

Panamá es un país de contrastes, se pueden encontrar la más excelsa aceptación de las diferencias y la oposición más estrecha de miras a...

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Panamá es un país de contrastes, se pueden encontrar la más excelsa aceptación de las diferencias y la oposición más estrecha de miras a aquello que ‘el otro’ es, o que el otro hace. Hago hoy esta reflexión al pie de un encuentro desagradable que tuve hace unas semanas, en una cafetería de la localidad, se sentó a la par mía un tipo al que todo el mundo conocía y sabía lo que había hecho (en este caso, lo que hizo muestra la clase de persona que es). Yo quise levantarme de mi asiento e irme en cuanto lo vi entrar, pero mis acompañantes me lo impidieron e iniciaron una discusión diciéndome que yo tenía que ser tolerante. Ahí fue donde torció la puerca el rabo. Sobre todo porque yo hice a mi vez una pregunta a mis contrincantes y les pregunté si ellos se sentirían igual de cómodos si en aquella mesa estuvieran sentados dos hombres adultos y se estuvieran besando. Desaté el pandemónium. La discusión se centró en una pregunta: ¿podemos tolerar a un asesino, pero no podemos tolerar a unos amantes? ¿En qué tipo de sociedad vivimos donde un par de muertos importan menos que un beso? Hasta donde yo sé, en los mandamientos, en los únicos diez que dictó Cristo, se prohíbe matar, pero no amar.

Mi punto es que, en una sociedad tan aparentemente abierta como la panameña, aún persisten muchas intolerancias hacia ciertas actitudes y demasiado perdón para otras, que sí dañan realmente la cohesión social.

Debe ser fantástico ser un asesino sin conciencia aquí. Debe ser gratificante saber que, si tú no te lo recriminas a ti mismo, nadie te lo va a recriminar y en algunos casos, con suerte y las palancas adecuadas, ni siquiera vas a tener que pagar por ello. Debe ser increíble saber que mataste a alguien y que has quedado impune, por joven o por sinvergüenza, el muerto al hoyo y el vivo al bollo, aquí paz y después gloria. Poder caminar tranquilamente por la calle sin preocuparte del que dirán. Debe ser impresionante no tener que sufrir las consecuencias. No tener que aguantar siquiera el repudio de la ciudadanía, que por pusilanimidad o ignorancia se sigue sentando cerca de ti en los lugares públicos y no te condena al ostracismo. Yo no fui, fue teté, los extraterrestres o blanquito, el coche fantásmico.

Por otro lado, definitivamente es una tortura saber que tienes que esconder quien eres para evitar alusiones estúpidas, el famoso sonidito ‘aaaahhhhyy’ cada vez que das tu opinión, o verte rechazado de un empleo tras otro. Debe ser muy duro saberte una buena persona y aún así tener que doblegar tus propios deseos para poder tener una familia y una vida. Debe ser una hazaña encontrar el valor para enfrentarte al mundo y afirmar tu individualidad.

Los homosexuales declarados en este país lo tienen duro (si no imposible) para ser maestros, pediatras o psicólogos, no pueden casarse ni adoptar un niño en pareja, cuando uno muere su pareja de toda la vida no puede tener la seguridad de una pensión… Y ¿saben qué? a nadie debería importarle qué hace nadie en su cama, siempre que lo haga consensuadamente, y con personas mayores de edad, nada de lo que ustedes hagan (o no hagan) en la cama, señores moralistas, nos importa a nadie, porque eso no daña el entramado social. En cambio, los asesinos sueltos, los corruptos impunes, los que transgreden las leyes de convivencia y no sufren las consecuencias, esos sí deberían sentir sobre ellos el peso del rechazo público.

Dejemos las cosas claras, si alguien toca a uno de mis hijos me da igual que sea hombre, mujer o cura, quiero que sufra; pero también quiero que sufra las consecuencias el que los dañe de cualquier otra manera, sea hombre, mujer o adolescente.

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