Gordibuenas y fofisanos

  • 02/08/2015 02:00
Lo triste es que no sabemos vivir si no nos sentimos parte de un grupo. Etiquetados

Somos muy gilipollas, así, en general. Después de varias décadas en las que las mujeres nos hemos dedicado a matarnos de hambre, (algunas literalmente) para conseguir alcanzar un canon de belleza andrógina que idealizaron unos cuantos diseñadores a los que los efebos disfrazados de mujeres les ponían mucho más que las mujeres de verdad de la buena, ahora, digo, es que hemos venido a descubrir que a los hombres, a los hombres de verdad les gustan las mujeres de verdad. Como usted y como yo. Miren qué cosas.

Ahora, a las mujeres de verdad, a las de toda la vida, a las que tenemos caderas y vientres acolchados apropiados para acoger niños en ellos, y cabezas de guerreros que reposan en nuestro regazo tras un arduo día de trabajo, a esas mujeres, nos llaman gordibuenas. Como si necesitásemos una definición. Y yo no sé si reírme o soltarle un guantazo de madre, así a mano abierta, al próximo tarado que decida que llamarme ‘gordibuena' es un halago.

Y no porque a mí me estrese tener mi buen par de kilos de sobrepeso. No. Miren ustedes, que el recibo de la luz, y el alquiler, y esas cosas prosaicas y propias del día a día me preocupan bastante más.

Pero para todos hay, y los señores, esos que durante varios años han sufrido tratando de embutirse en trajes ajustaditos y conseguir la tableta de chocolate por la que, supuestamente, suspirabamos todas las mujeres, se encuentran con que lo que de verdad, de verdad, nos gusta es el hombre de toda la vida. Y van y los nombran ‘fofisanos'.

Fofisanos, a los machos de toda la vida de Dios. Esos que, con su barriguita, pueden tumbar y maniar una vaca, los que no necesitan tomar aliento después de abrirte un frasco de mermelada. Los que, sin cuadritos en el estómago, son capaces de cargarte en brazos si es necesario y al día siguiente no requieren cuidados médicos. Esos que comen de verdad, beben lo que beben los hombres, e incluso se juegan la vida (uh, qué emocionante) fumándose un habano de vez en cuando. Pues su padre de usted, y el mío, ahora son fofisanos.

Hoy en día, mis abuelos serían una hermosa pareja conformada por una gordibuena y un fofisano. Una mujer que creía que la mejor belleza era la carne encima de los huesos y un hombre que posiblemente no bebió ocho vasos de agua en toda su vida. Y si yo le llego a decir: ‘Hola, fofisano', es probable que me endiñase un tortazo que no se lo saltara un gitano.

Me pregunto, ahora que las mujeres normales estamos de moda de nuevo, ¿será que las tiendas de ropa empezarán a traer tallas normales, por ejemplo, de sostenes? Porque las tetas de las gordibuenas no se sujetan con esos pedacitos de encaje que apenas nos cubren los pezones. Ni solemos encontrar pantis que cubran nuestras redondeces. A ver si con la tontería de la moda conseguimos no sufrir tanto cada vez que vamos a comprar ropa interior. Igual que los hombres volverán a encontrar los calzoncillos blancos de algodón de toda la vida, los que usa Homer Simpson.

Lo triste es que no sabemos vivir si no nos sentimos parte de un grupo. Etiquetados. Como las vacas con la marca en la oreja. Como si a todo hubiera que ponerle nombre. Como si para poder sentirnos a gusto con nosotros mismos, con nuestros cuerpos y nuestras vidas, tuviéramos que enmarcarnos. Ser parte de algo, aunque sea de la estupidez.

COLUMNISTA

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