“¿Qué es lo que le impide venirse? ¡Que se venga! ¿Cuál es problema, pues? Lo que tienen es un show para ver cómo generan una campaña de intriga”, dijo...
- 30/05/2010 02:00
Las luces de neón de los casinos serpean en la noche, reflejándose en los cristales de las ventanas de los edificios cercanos. Adentro, en uno de los pisos de un hotel de la localidad, hombres vestidos sobriamente acompañados por mujeres (algunas optan por la elegancia y discreción del negro, mientras que otras prefieren ceñirse un colorido vestido al cuerpo) hacen fila en la entrada de un salón de gala. A través de las puertas abiertas se escapa una música tropical, de marcada percusión, que contribuye a crear una atmósfera de rumba prematura en la noche del miércoles: la antesala perfecta al fin de semana que se avecina.
Luego de retrasar unos segundos su subida al escenario, como quien quiere conseguir un efecto dramático, el empresario chiricano Felipe Ariel Rodríguez acomete un tema con su voz nasal. Es acompañado por su banda “Survivor”, que fundó hace aproximadamente seis años y entre cuyos integrantes se encuentran músicos como el saxofonista Reginald Johnson y el acordeonista Colaquito Cortez, entre otros.
“Yo quise ser músico cuando joven, pero no recibí el apoyo. Mi padre me echó un balde de agua fría”, lamenta el gerente general de las empresas del Grupo Felipe Rodríguez, que aglutina el negocio de llantas y repuestos, la Inmobiliaria Felipe Rodríguez, S.A., una reforestadora, una compañía ganadera, un centro de procesamiento electrónico de información, etc.
DESDE ABAJO
Los meseros pasan diligentemente repartiendo bebidas entre el público. El vocalista interrumpe su revista musical para realizar algunos saludos. “Tal vez en aquella mesa se encuentre el próximo presidente de la APEDE”, vaticina desde el proscenio. Aún en medio de una tanda de boleros, Felipe no cesa en su empeño de tratar de compaginar su vida artística con su faceta pública y empresarial.
Definitivamente que el camino del éxito económico ha sido largo para la familia Rodríguez. A pesar de no saber ni leer ni escribir, el bisabuelo de Felipe era un ganadero emprendedor que sentó las bases de lo que décadas después se convertiría en un verdadero emporio familiar. “Nos conocen como vendedores de llantas, de repuestos, pero la verdadera raíz de los Rodríguez es la ganadería”, asevera quien aprendió técnicas de liderazgo en la Cámara Juniors de Panamá.
En la década de los cuarentas su padre, Felipe Rodríguez Morín, oriundo de la localidad de Horconcitos, en la provincia de Chiriquí, comenzó a trabajar en la Compañía Chiricana de Automóviles S.A., propiedad de la familia Tribaldos. Aunque empieza como aseador con el tiempo llegaría a ocupar la gerencia de venta de repuestos. Los conocimientos adquiridos durante estos años le permitirán fundar su propia compañía de servicios automotrices en 1965, con el nombre de Auto Repuestos Felipe Rodríguez.
En el año de 1955, mientras que Felipe Rodríguez Morín se inicia como empresario con un comisariato, nace Felipe Ariel Rodríguez, el primero de siete hijos. “De todos mis hermanos, el único que ha estado ligado 100% al negocio familiar soy yo. No ha sido fácil porque uno tiene un mismo jefe dentro y fuera de la empresa. La vida familiar no se separa de los negocios. Ya sea que se trate de un domingo o martes de carnaval, si nos reunimos vamos a tratar una diversidad de temas relacionados con la familia o el trabajo”, asevera el gerente general de mediana estatura, nariz aguileña y cejas pronunciadas.
Una vez culminados sus estudios secundarios en el colegio Félix Olivares Contreras, en David, Felipe toma la decisión de desligarse de los negocios familiares para estudiar química en la Universidad de Panamá. En 1975, debido a un convenio que en aquella época se había suscrito entre este centro de estudios superiores y la Organización Internacional de Energía Atómica, se le presenta la oportunidad de ir a estudiar química nuclear al extranjero. Cuando se lo cuenta a su progenitor, la respuesta que recibe de éste es inexorable: o regresa a trabajar con él o vende la empresa. “Ahí cambia mi vida. Tengo que tomar una decisión: o sigo con mi profesión y permanezco fuera del país o me quedo en mi terruño y ayudo a mi padre en los negocios”, rememora. A pesar de que en 1978 recibe el título de licenciado en química en la Universidad Autónoma de Chiriquí (UNACHI), nunca logra ejercer esta disciplina científica.
DE AMORES Y NEGOCIOS
El recital sigue su curso. Sobre el proscenio Felipe, vestido con saco y una camisa a rayas, tira un par de pasos, lo que incita los aplausos del público. Las primeras lecciones de baile las recibió de su madre Priscila Ríos, originaria de Puerto Armuelles. “Recuerdo a mi mamá bailando mientras aseaba la casa, al ritmo de la música de Benny Moré, Daniel Santos, Vicentico Valdés, etc”, cuenta. De ella también heredaría la afición por el canto.
A pesar de que bajo su administración la empresa que fundó su padre en Chiriquí se ha expandido hasta convertirse en una marca conocida a nivel nacional, Felipe siempre ha encontrado tiempo para cantar en los últimos 20 años, ya sea en un karaoke o en un escenario junto a su agrupación, con la que ha grabado varias producciones musicales. “Hemos intentado rescatar lo que es la orquesta en vivo, lo que es tocar todos los instrumentos en vez de música pregrabada o ejecutada por un DJ”, señala quien ha cantado junto a artistas nacionales como Solinka o Jaime Elis.
Como se podría esperar de alguien con una personalidad romántica, su bolero favorito tiene que ver con el despecho. Se trata de “Margie”, un tema de Daniel Santos que, además de recordarle al desaparecido Héctor Lavoe, le hace revivir viejas heridas de antiguas debacles amorosas: los “no” con que algunas de las bellezas de su tierra natal frustraron sus esperanzas. “Una vez me enamoré tanto de una muchacha que una tía me llevó donde un brujo. Era de esos enamoramientos en los que uno se levanta a medianoche para irse a la casa de la amada sólo para ver adonde vive”, explica el actual presidente de la Fundación Pro Bienestar y Dignidad de las personas afectadas por el VIH/SIDA (PROBIDSIDA).
CON EL BOLERO EN LA SANGRE
Poco antes de que Felipe comenzara a cantar fue precedido en el proscenio por su sobrino Isaac Calidonio. Con tan sólo 17 años de edad, y una apariencia que hace recordar a Camilo Sesto en sus años mozos, este muchacho enclenque, de melena encrespada, es capaz de interpretar las canciones de un ícono de la música panameña como es el caso del difunto Basilio.
Una vez concluida su participación, el adolescente camina entre el público. Con una sonrisa nerviosa dibujada en su pálido rostro le hace frente a los halagos de las mujeres que lo agarran del brazo para felicitarlo por su talento. Un milonguero que ha arribado de Argentina se le acerca y posan juntos para varias fotos.
Minutos después, se puede ver al sobrino caminando detrás del tío, quien lo guía entre la concurrencia, presentándolo con un orgullo difícil de ocultar. Para el empresario de 55 años estimular la carrera artística del precoz bolerista es una de sus prioridades. Tal vez recuerde una juventud en la que palpitaba con cada melodía y en la que soñaba con hacer música, un anhelo para el que nunca encontró apoyo en el seno familiar. Felipe pareciera decidido a evitar que la historia se repita y que nuevamente los sueños de un muchacho se extravíen en los intrincados caminos de la vida.