La muerte es una página en blanco

  • 04/10/2015 02:00
La poesía tampoco resucitará a nadie ni salvará a nadie, aunque le duela al vate enlutado

¿Qué escribir cuando un ser querido muere? No sé. Ni idea. Ni puta idea. Tal vez solo refugiarse, como siempre (eternamente, repito lo mismo una y otra vez) en la poesía, un poesía que tanto más ambigua y sin sentido mejor. Una poesía que los narradores desprecien y ninguneen. Es decir, ¿de qué sirve una columna, un texto bien articulado, bien encabalgado, cuando una persona que uno ha querido ha muerto? Pues, creo que de nada. Y no es que la poesía sirva para algo, no me malinterpreten; no, que quede claro, la poesía tampoco resucitará a nadie (ni salvará a nadie, aunque le duela al poeta aquel que tiene familia en Ocú — Ocú, lo más bello).

Eso, el humor. El humor tal vez salve. Pero en estos momentos el humor lo traigo en el mismo ojo del ya saben. Y el sol ¿qué? Y la lluvia (otra vez) ¿qué? La noche-tierra. Sí hace tiempo escribí algo sobre la noche tierra y un no-saber y un muñeco de plástico. Trato de hilvanar pero de repente ¡tras, tras, tras!, la tierra que suena sobre el ataúd, las paladas y el viento frío. Este país es caliente como la puta pero siempre hace frío cuando hay que enterrar a alguien. Y no tengo nada que decir, por lo cual rescato el siguiente texto que escribí hace mil años y que tal vez tenga que ver con lo que siento ahora. Aquí va: Es un tanto tedioso levantarse cuando el sol todavía está escuálido y los martillazos de la noche-tierra se escuchan a todo volumen. La gente duerme, pero la tormenta es un presagio inminente que no respeta el sueño de nadie, un cansancio en el cogote, un no-saber ante la máscara de lo negro. Hay personas que ignoran, respiran con tranquilidad y todo les parece dulce. Yo fui como ellos alguna vez y por eso los envidio. Mis manos dejaban huella y mis pies me llevaban a donde yo quería. Pero me fui transformando pedazo a pedazo, poro a poro, hasta ser no más que un muñeco de plástico con cabeza de hule y ojos estáticos que miran a la nada desde su nada. Es cierto que en las primeras horas de oscuridad me siento un poco dueño de mis pensamientos, y aprovecho para preguntarme quién juega conmigo durante el día, quién controla mis movimientos, quién inventa y decide mis caminos; sin embargo, al transcurrir el tiempo, las falsas neuronas ya no aguantan más y empiezan a reclamar su constitución plástica. En ese momento sale el sol, débil aún. Siempre queda el resabio de la noche-tierra como martillo. Me quedo inmóvil, dando tumbos sobre cosas que no alcanzan nunca a tener sentido, y es así como todo empieza a convertirse en un juego de palabras pernicioso que ocurre dentro de mi mente, el único lugar en donde puedo moverme sin límite, aunque deje de ser cuando la noche-tierra acaba. Pero no existir no es tan terrible como la gente imagina. Todos le temen a esa palabra vacía, a ese cero, el hoyo negro que ni siquiera brinda el gusto del dolor que nos hace sentir vivos. No hay de qué preocuparse, siempre hay un sí-saber, desde la náusea de la oquedad, mirando a la nada desde la nada, llenos de todo.

MÚSICO Y POETA

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