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- 05/06/2016 02:00
Una aguja pasea sobre las hendiduras de un disco plástico para hacerlo sonar. Así de insólito es el funcionamiento de este formato —el vinilo— que por razones que explicaremos más adelante ha vuelto a ser la cara de la industria musical. O por lo menos, esa otra mejilla que los músicos contemporáneos tienen que dar para estar en gracia con sus fanáticos más ortodoxos.
Un vinilo es como un corcho. Resulta cuestionable la existencia de estos artefactos de notable antigüedad y vetustez, pero tienen un propósito.
Los cuatro coleccionistas de vinilos que hemos entrevistado para este artículo concuerdan en que el disco de acetato es el formato con el sonido más fiel al original.
‘Orgánico', es el adjetivo que celebran juntos. Esto lo dicen en pleno siglo XXI, en el que casi toda la música se puede escuchar de forma digital, aunque queda claro hacia qué lado se inclina la balanza cuando se miden cuantía y calidad.
Es casualmente en este mismo siglo en el que existen taparroscas, twist off y todo tipo de ‘abre fácil', pero además coexiste un desconcertante tapón llamado corcho, un pequeño tubo de células muertas indispensable para la conservación y calidad del vino y el cava. Un vinilo es como un corcho; y la buena música es tanto arte como lo puede ser un buen vino.
LA MATEMÁTICA
Pero el consumo de vino escapa a cualquier tendencia, a diferencia de los formatos musicales. No es noticia que el vinilo haya vuelto a la popularidad, pero tampoco es algo que se haya podido anticipar con certeza.
En 1988 muchos pudieron haber vaticinado el inaplazable ocaso del acetato; pero pocos habrían augurado que luego de casi tres décadas se igualaría la cantidad de ventas anuales.
En 2015, la simpatía por el acetato se materializó en $416 millones en ventas, por encima de los $385 millones que reunieron todas las aplicaciones de música en línea con publicidad como YouTube y la versión gratuita de Spotify. A nadie le gustan los anuncios publicitarios como banda sonora de un día cualquiera.
Si vamos un poco más atrás, en retrospectiva la industria musical tenía como rostro al CD cuando la desestabilizó la piratería, aquel infinito océano que Internet nos permite navegar. Pero pareciese que el ciclo natural en un escenario de exceso, de superabundancia, es la depuración.
En el caso de la música el filtro fue la calidad, de allí que hayan aparecido servicios para escuchar canciones en streaming : no es lo mismo bajar un archivo comprimido con toda la discografía de un artista, que oírla en aplicaciones como Apple Music.
No obstante el audio digital, o sea un código binario creando un sonido, no ha podido superar la calidad del audio analógico. Los bits en su momento ganaron la batalla contra el formato físico, pero no la guerra.
Hoy la audiencia parece haber entendido que de no suscribirse —pagando anual o mensualmente— a una aplicación, tendrá que escuchar publicidad o música en baja calidad.
Hemos entendido que estas apps en su versión gratuita son realmente una degustación de la experiencia completa, siempre lo fueron. A muchos no les importa. Sin embargo, en un disco físico no hay publicidad.
En cambio a los artistas comerciales sí les gusta el vinilo. El año pasado el disco más vendido en este formato fue 25 de Adele, con su rostro en la portada: las dos mejillas para el público vendieron unas 116 mil copias. Le siguió el larga duración 1989 de Taylor Swift, por cierto gran entusiasta del acetato revelando en 2010 que cargaba un tocadiscos a donde la mandaran de gira.
Pink Floyd, The Beatles y Miles Davis completan los cincos primeros de la lista, tres clásicos de la música cuyos álbumes salieron hace casi medio siglo.
Pero el simple hecho que dos cantantes de pop moderno hayan optado por el vinilo, consolida su importancia, compartiendo presencia con el hasta hace unos años revolucionario formato MP3. Sabemos entonces que el vinilo ha vuelto a los anaqueles pero, ¿quiénes lo compran?
COLECCIONISTA PANAMEÑO
En Panamá, un fan acérrimo del sonido que regalan los elepés es Diego Varela. En unas fiestas de rock que hacían sudar bares como El Sótano, Teatro Amador e incluso en su momento La Casona en el Casco Antiguo —hablando de experiencias en carne propia que coincidirían con el último aliento de estos eventos—, Diego pinchaba con discos analógicos.
El baile en la audiencia lo destapaba con ejemplares como los de The Strokes y la banda sonora de ‘Ghostbusters'. El último ‘Vortice Rocks' como bautizarían aquellas noches fue en 2014.
Dos años después, Diego nos muestra su colección de más de 2 mil 500 discos de 12 pulgadas. Desde Prince hasta Nandon Boom, haciendo escala en los Combos Nacionales documentados en los peculiares Panamá Vol. 1, 2 y 3.
Escuchar vinilos es algo con lo que creció, ese ritual de tomar el disco, sacarlo del forro, ponerlo, sentarse a escucharlo mientras que se analiza el arte de la portada y se leen los créditos.
‘Es una experiencia que con otro formato no se da, porque en el CD el arte no se aprecia, es muy chico y en MP3 no se tiene nada', dice. Un dispositivo móvil es egoísta con todo lo que representa un álbum, o más bien desconsiderado, un aparato táctil con poco tacto.
Su primer recuerdo con un disco de vinilo es uno que nunca escuchó. Siempre que veía la colección de vinilos de sus padres contemplaba la portada del Santana I , el único disco de rock que había en su casa. ‘Nunca lo escuché, nunca me dio por ponerlo', detalla.
Quizás un ejemplo de cómo el vinilo ofrece muchas más cosas que solo la música. Pero además, según él mismo, música de calidad.
‘Por mucho tiempo nos hicieron creer que el CD sonaba mejor', advierte Diego. ‘Siempre fue una mentira, una farsa de la industria que al final más y más gente se ha dado cuenta. Por eso el CD cada año baja en ventas y el vinilo sube'.
Diego es músico, ha tocado con Orquesta Garash, Carlos Méndez y Belmondo. Cuando le pregunto cuál es la importancia del vinilo como formato de música, piensa de inmediato en que es la mejor manera de un artista para expresarse, desde la portada y todo el arte creado por un diseñador con la idea de transmitir lo que lleva adentro el disco, como la música misma, que en formato análogo siempre se va a disfrutar con mayor fidelidad.
Ensaya que muchas personas buscan los MP3 por comodidad, pero el que es fiel fanático de la música siempre va a buscar el formato que mejor interprete los sentimientos de la música que le guste, y el vinilo es el formato que mejor ofrece esa interpretación.
En su casa, el vinilo tiene un significado especial. ‘A mi hija de 5 años le encanta escucharlos', comparte, ‘cuando estamos en familia busca sus discos favoritos y los pone para bailar'. Entre sus predilectos está uno de Bush y Sus Magníficos, baila al ritmo de ‘9 de enero' y disfruta también el que trae la música de Star Wars en versión funk.
EL RITO
Rastreando otras voces de melómanos locales aficionados al vinilo nos topamos con Edwin Iglesias, quien tiene un perfil interesante: ama ‘streamear' música, pero los elepés tienen un valor agregado.
El streaming es preciso para fiestas o música de fondo, pero cuando pone un disco en su tocadiscos y se sienta en el sofá, sabe lo que va a escuchar, sabe que le va a poner atención.
‘Para mí es una cuestión de respeto hacia la música que estoy escuchando', dice.
También cree que tener que pararse cada veintitantos minutos a alzar la aguja, voltear el disco y ponerla de vuelta crea una relación con la música que escucha. ‘No sé si hace sentido, pero es música tangible', dilucida.
Lo curioso del ritual del vinilo es que empieza incluso antes de tenerlo en las manos. Edwin confiesa que uno conecta con la música desde que entra a una tienda de discos ‘que tanta falta hacen en Panamá'.
Diego mencionaba a Volumen Brutal —que acumula alrededor de 20 mil discos según una entrevista a Peter Hernández, el dueño, en la serie web ‘Desde el Sofá'— y Gifty Things como lugares donde adquirirlos, aunque en este último es ‘como comprar oro', por lo caros que son.
No es el caso de ‘Sophy', una tienda en Río Abajo que no se dedica exclusivamente a la venta de discos de larga duración, pero tiene una modesta selección de segunda mano. ‘Uno debe ir preparado a llenarse de polvo y tirarse al piso', advierte el coleccionista.
La imagen de personas inmersas en la abstracción de revisar portadas de discos grandes parece reconciliarse con el imaginario colectivo. Edwin continúa pintando el paisaje de esta experiencia: visitar la tienda, llegar a casa y escuchar cuando la aguja cae en el disco y empieza la música. Un viaje. ‘Creo que todo ese proceso genera una tensión y expectativa que Spotify jamás podrá replicar, aunque sea maravilloso poder acceder a millones de canciones al instante', matiza.
Paseando un ojo por su colección Toño Sanjur calcula unos 800 discos de vinilo y nos habla de los cuidados básicos: no tenerlos en lugares húmedos ni con exceso de polvo, colocarlos en muebles adecuados, no apilarlos uno encima de otro y siempre tenerlos en su cubierta y con su sobre, no exponerlos al sol porque la pasta se dobla y adiós disco.
El mantenimiento consiste en limpiarlos de vez en cuando y sobre todo aquellos que no se han escuchado en un tiempo, liberarlos de polvo para que no afecte sus surcos y el disco mantenga su integridad. ‘Los nuevos formatos son prácticos, pero escuchar un vinilo es el sonido total', dice.
Toño se encarga de levantar la aguja del disco en esta entrevista. ‘Es un tema muy amplio', se sincera. Y no se equivoca.
Pero Raúl Altamar, otro músico y coleccionista de vinilos también consultado para estas líneas, formula la suya y concluye sobre el formato analógico preferido de los audiófilos: ‘Esta es una afición no pragmática que cobra fuerza hoy en día como último bastión ante la completa digitalización de nuestro entretenimiento'.
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ELEPÉS
Los vinilos con música hecha en el istmo
En junio de 2014, la banda panameña de rock Lemmiwinks lanzó en vinilo su disco ‘Lo Creatura'. Poti, guitarrista de la banda, dice que el uso de los CDs hoy a veces termina en una computadora para pasar la música a un dispositivo móvil como un iPod, y hasta ahí llegó la vida del formato físico. ‘Entonces, un CD como que no hace sentido y no es una buena memorabilia. Si vas a comprar algo físico nos parecía que debía ser algo bueno y que dure para siempre', detalla sobre la razón por la que lo lanzaron en acetato.
Este fue el primer elepé en casi dos décadas hecho por una agrupación local. Antes, continúa Poti, se habían sacado vinilos como los de la banda Juventud Podrida, pero eran de corta duración (EP). Luego vinieron vinilos como el ‘Chico Perico' (2014) de Los Guayas —un homenaje al personaje que había creado en la literatura Carlos Francisco Changmarín— con ilustraciones del artista santiagueño Juan Mitre. ‘Yo no describiría el sonido del vinilo como mejor ni peor, simplemente es una reproducción real de lo que has tocado', dice José Barría, bajista de Los Guayas.
El último artista que ha impreso un vinilo en Panamá fue la banda de punk Italics. El disco ‘Neon Black' (2015) fue grabado y masterizado así porque es el formato en el que se pueden apreciar los detalles del proceso de grabación en su totalidad y siendo este su disco debut, sentían que debían manejar el proceso con esta metodología, según Joe De Roux, vocalista de la agrupación. ‘Este formato nos permitió crear un producto con número de copias definidas, enumeradas, y trabajado con arte elaborado por nosotros mismos', añade el músico a La Estrella de Panamá, destacando el factor coleccionable, al igual que Poti.
Si miramos a la década de los ochentas, bandas de rock como Océano sacaban sus canciones en vinilo, mientras que en otro lado de la ciudad el cantante de reggae Renato recuerda disjockear con discos de acetato, de hecho, las primeras grabaciones del género urbano en este formato se le atribuyen a él y a Nando Boom.
‘En décadas pasadas todos los estilos musicales lanzaron su música en vinilo. Los Combos Nacionales, los conjuntos de música típica, las orquestas de salsa locales, los grupos de rock y hasta algunas producciones de jazz', revela el coleccionista de discos Toño Sanjur.
Por eso no sorprende que una de las ‘joyas panameñas' que ha encontrado recientemente Raúl Altamar en su surtido inventario sea el disco de larga duración ‘La Pachanga', en el cual el compositor y organista Toby Muñoz interpretaba de manera ‘moderna' canciones típicas de Panamá. ‘Fue la sensación en los 60', advierte Raúl.
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‘‘Por mucho tiempo nos hicieron creer que el CD sonaba mejor. Siempre fue una mentira, una farsa de la industria que al final más y más gente se ha dado cuenta. Por eso el CD cada año baja en ventas y el vinilo sube',
DIEGO VARELA
MÚSICO Y COLECCIONISTA DE VINILOS