Panameños sobre la tela de una araña

Esta semana el país ha estado… Sí, yo sé que la realidad panameña siempre ha estado hermanada con el delirio, pero ya siento que hemos c...

Esta semana el país ha estado… Sí, yo sé que la realidad panameña siempre ha estado hermanada con el delirio, pero ya siento que hemos cruzado lo barrera de lo inverosímil, llegando a un punto en que ni el mismísimo Nostradamus podría predecir.

Lo digo porque ahora resulta que vamos a soterrar los cables de la ciudad, y me parece bárbaro, pero para ello nos van a poner un nuevo impuesto porque en las arcas del Estado no hay suficientes fondos para la obra. ¡Otro nuevo impuesto! El canon será del 0.5% y se aplicará en la facturación mensual de los servicios de telecomunicación básica y de telefonía móvil celular.

Como si tú y yo tuviésemos la culpa de que el gobierno haya decidido asfaltar Panamá antes que caiga el fin de los tiempos (sino es por los mayas, no entiendo cual es la urgencia) y ahora no haya dinero pa’ más na’.

La cosa no sería tan grave si al mismo tiempo, incluso creo que el mismo día, los ilustres diputados de la Asamblea Nacional no le redujeran impuestos a los casinos, demostrando que –aunque nosotros les votamos- trabajan para los intereses de vaya uno a saber quién. Entonces, ¿hay plata o no hay plata?

Si no hay, ¿por qué le reducen impuestos a un negocio tan lucrativo como el de las máquinas tragamonedas, que reporta ingresos de miles de millones de dólares anualmente? Y cada año aumenta sus ganancias. Los dueños de los casinos se enriquecen a manos llenas, mientras miles de panameños se empobrecen –económica y espiritualmente- dejando la quincena en las maquinitas. Sin embargo, el gobierno decide rebajarles impuestos. ¿Será de Dios?

Y si hay dinero, que es lo que parece, ¿por qué castigan a la clase trabajadora con un nuevo impuesto? ¿Qué fue lo que hicimos? Si no lo hacen de maldad, cabe pensar que nuestros políticos viven en la Dimensión Desconocida y jamás remaron lotería. Ya subió la canasta básica y también el precio de la vivienda, sin contar que el de la gasolina no demora en llegar a los 5 dólares. Lo lógico sería que nos den una mano, no una paliza.

Si les quitan aranceles a unos pocos millonarios (¿cuántos son los dueños de casinos y quiénes son?) y les imponen un nuevo gravamen a los millones de panameños que pertenecemos a la clase media, es porque en Panamá es pecado ser un asalariado honrado. No hay de otra.

Esta semana he tenido en la mente ese lema tan cacareado que sustenta que Panamá es kafkiano. Claro que cada vez que aparece, me da una pena con el pobre Kafka. Tan mal que la pasó en vida, para encima terminar vinculado a las injusticias con sabor a carimañola que nunca probó, como si el solo uso de su buen nombre pudiera explicar el sinsentido de esta jungla.

A mí se me antoja que la realidad nacional tiene más bien una cosa descarnada y turbia, como de novela de Tom Wolfe. Pero prefiero alejarme rápidamente de las metáforas y no caer en el jueguito baladí de la adivinanza literaria. Después de todo, lo que está pasando en Panamá supera los límites de la ficción.

COLUMNISTA

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