Gol legislativo
- 06/08/2026 00:00
Más de 120 propuestas llegaron para corregir el Reglamento Orgánico del Régimen Interno de la Asamblea Nacional. Había material suficiente para tocar donde duele: nepotismo, ausencias, salarios, suplencias, comisiones, transparencia y rendición de cuentas. Pero la mayoría hizo lo de siempre: abrió la puerta al cambio, dejó pasar el discurso y cerró el paso a la transformación. La supuesta reforma terminó en ajustes menores y en una ampliación del poder de los diputados. A partir de ahora podrán gestionar y fiscalizar programas y proyectos en sus circuitos: carreteras, puentes, alcantarillado, electrificación, escuelas, agua potable, turismo y caminos de producción. No ejecutarán las obras, pero quedarán colocados en el centro de la intermediación. La comunidad pedirá, el diputado gestionará y el Estado responderá. Así se fabrica el favor político con recursos públicos. Así se convierte un derecho ciudadano en una deuda electoral. La Asamblea tuvo la oportunidad de ponerse límites y decidió ampliarse el terreno. No cambió las reglas del viejo juego: las ajustó para seguir jugándolo y blindó, bajo apariencia de modernización, las prácticas que prometió desterrar frente al país.