Panamá y su deuda con la infancia
- 24/08/2026 00:00
Panamá puede mirarse desde arriba y parecer otro país. Torres, cifras de crecimiento, uno de los PIB per cápita más altos de América Latina. Pero abajo, donde viven miles de familias, la fotografía cambia: más de 482 mil niños viven en pobreza monetaria. En las comarcas indígenas, nueve de cada diez. La pobreza infantil no cabe en una estadística. Se mete en la mesa cuando la comida no alcanza, en la escuela cuando faltan condiciones para aprender, en la casa cuando la precariedad multiplica tensiones y violencia. Unicef advierte que uno de cada dos niños experimenta disciplina violenta en su hogar y que más de 14 mil adolescentes son madres. No son problemas separados. Se rozan, se alimentan y terminan cerrando caminos pronto. El dato de que 16% de los niños y adolescentes vive en hogares que no logran cubrir la canasta básica alimentaria debería bastar para entender el problema. Un niño que crece con carencias no solo enfrenta un presente más duro. También parte con menos herramientas para aprender, desarrollarse, defenderse y romper el círculo que lo atrapó. Panamá destina alrededor del 9% de su PIB al gasto social, frente a un promedio regional de 18%. La discusión, por tanto, no puede reducirse a cuánto se recorta o cuánto se asigna. Importa dónde llega cada dólar y qué cambia. Porque la pobreza infantil no espera presupuestos futuros. Crece con el niño. Y después, cuando ese niño sea adulto, el país pagará aquello que decidió no atender a tiempo.