“Abuela, nos vamos a morir”: el miedo persiste bajo una carpa en Soná
- 20/10/2026 00:00
María Tenero, Isabel Lombardo y Eugenia Rodríguez esperan regresar a sus hogares tras el terremoto que sacudió Panamá el 9 de octubre. Mientras las viviendas dañadas siguen bajo evaluación, 12 familias de El Barrero, en Soná, enfrentan noches difíciles, temor a nuevas sacudidas y dudas sobre su futuro
Una imagen de la Virgen de Guadalupe descansa sobre una mesa de madera colocada directamente sobre el pasto. A su lado, una vela consumida y una caja de fósforos completan un pequeño altar bajo las lonas que protegen a varias familias de la intemperie.
A pocos metros, las conversaciones se mezclan con el movimiento de los niños, que intentan jugar en la cancha de fútbol convertida en refugio. Las porterías, que antes servían para delimitar el espacio deportivo, forman parte del paisaje de una emergencia que obligó a varias familias a abandonar sus viviendas.
En El Barrero, corregimiento de Marañón, distrito de Soná, provincia de Veraguas, unas 12 familias comparten un espacio improvisado después del terremoto del viernes 9 de octubre. El sismo ocurrió a las 12:56 del mediodía y alcanzó una magnitud de 7,5. Su epicentro se ubicó en La Pitaloza, provincia de Herrera.
El viernes 16 de octubre, siete días después del movimiento sísmico, María Tenero, Isabel Lombardo y Eugenia Rodríguez relataron cómo enfrentan la emergencia. Sus testimonios muestran una realidad que no termina cuando cesa el temblor: las viviendas dañadas, el temor a nuevas sacudidas, el descanso interrumpido y la incertidumbre sobre el momento en que podrán regresar a sus hogares.
Para ellas, el terremoto no es solo un episodio que recuerdan. Sus consecuencias siguen presentes en cada decisión cotidiana: dónde dormir, qué hacer con los niños, cómo conseguir alimentos y a quién acudir para saber si sus casas todavía ofrecen seguridad.
“Abuela, nos vamos a morir”
María Tenero, de 52 años, recuerda las palabras que sus nietos pronunciaron cuando la tierra comenzó a moverse.
“Abuela, nos vamos a morir”, le dijeron los niños mientras se aferraban a ella.
La mujer recuerda el movimiento de la casa y el ruido que parecía salir del suelo. La escena la dejó sin palabras. Al volver sobre ese momento, las lágrimas aparecen en su rostro. El miedo no desaparece con la sacudida; permanece en el recuerdo de los menores y en la preocupación de los adultos, que ahora intentan protegerlos en condiciones muy distintas a las de sus hogares.
La experiencia también cambió la forma en que María entiende las noches. En el refugio, descansar no resulta sencillo. Los espacios son limitados y los colchones deben reservarse para los niños. Por eso, ella duerme en una silla cuando puede hacerlo.
“Nosotros dormimos en las sillas para darles los colchones a los niños, que son bastantes niños”, explica.
El cansancio se acumula. María cuenta que algunas noches apenas duerme una hora. La falta de descanso se suma a la preocupación por el futuro de su casa y por la posibilidad de que otro movimiento sísmico sorprenda a la familia.
Los niños intentan entretenerse en la cancha, pero su presencia también recuerda lo que está en juego para los adultos: garantizarles un lugar seguro donde dormir, comer y recuperar la tranquilidad. Las mujeres dicen que los menores necesitan atención psicológica después de lo ocurrido. Esa preocupación requiere seguimiento de las autoridades de salud y de los equipos que atienden a la población afectada.
Una cancha convertida en refugio
La estructura que protege a las familias no nació como un albergue formal. Según los testimonios, un vecino donó materiales para levantar las lonas y darles un espacio donde permanecer después de dejar sus viviendas.
En los primeros días, algunas familias improvisaron pequeños refugios en áreas con lodo y agua. Los familiares llevaron palés para elevar los colchones y evitar que quedaran directamente sobre el suelo húmedo. Las sillas llegaron prestadas por vecinos y las pertenencias se acomodaron como fue posible bajo la cubierta.
Cada objeto cumple ahora una función distinta. Las sillas sirven para sentarse durante el día y, para algunos adultos, se convierten en camas por la noche. Los colchones se reservan para los niños. Las lonas ofrecen protección, aunque no sustituyen las condiciones de una vivienda.
La alimentación también depende de la colaboración. Las familias preparan comida en un espacio improvisado en las afueras de la casa de un vecino. Allí organizan una olla común para atender las necesidades de quienes permanecen en la cancha.
La ayuda de familiares, vecinos y particulares permite resolver parte de las urgencias. Sin embargo, el esfuerzo cotidiano no elimina las preguntas que se repiten entre las familias: cuánto tiempo deberán permanecer fuera de sus casas, qué ocurrirá con las viviendas dañadas y qué alternativas tendrán mientras esperan una respuesta.
El pequeño altar de la Virgen de Guadalupe también forma parte de esa rutina. Según las mujeres, cada noche rezan el rosario. La oración acompaña la espera y ofrece un momento de recogimiento en medio de la incertidumbre.
Isabel Lombardo y el temor de dejarlo todo
Isabel Lombardo habla de la dificultad que representa abandonar una vivienda. En su relato menciona a personas que viven lejos y que no quieren dejar sus casas, aun cuando la situación les provoca temor.
La resistencia a marcharse no significa que la preocupación haya desaparecido. Una casa reúne las pertenencias de una familia y representa años de trabajo. Dejarla atrás supone alejarse de lo conocido sin tener la certeza de cuándo será posible volver.
La alternativa de trasladarse a otro lugar tampoco convence a todos. Isabel cuenta que un grupo de funcionarios llegó al refugio para recoger firmas y les habló de un salón comunal cercano como posible espacio para alojarse. Sin embargo, las familias expresaron desconfianza ante las condiciones de esa estructura.
El episodio plantea una necesidad concreta en medio de la emergencia: ofrecer un lugar alternativo no basta si las personas no se sienten seguras en él. La evaluación de esos espacios y la comunicación clara sobre sus condiciones pueden resultar determinantes para que las familias acepten trasladarse.
Isabel también relata un episodio angustiante que involucra a su familia durante uno de los movimientos posteriores al terremoto. Según su testimonio, un nieto con problemas en la columna se desmayó durante una réplica. La edad del menor, las circunstancias exactas del episodio y la secuencia de los hechos deben confirmarse con la grabación antes de publicar esos detalles.
La experiencia ayuda a entender que el impacto del sismo no se limita a los daños visibles en las estructuras. La emergencia también afecta a las familias que deben atender necesidades particulares, cuidar a los menores y afrontar el temor de que vuelva a ocurrir una sacudida.
En medio de esa preocupación, los parientes y vecinos representan una ayuda importante. Son ellos quienes aportan materiales, prestan sillas y colaboran para que las familias puedan mantenerse bajo las lonas.
Eugenia Rodríguez quiere regresar
Eugenia Rodríguez expresa otro sentimiento que comparten quienes permanecen en el refugio: el deseo de volver a casa, aunque no sepan cuándo podrán hacerlo.
Su preocupación resume la incertidumbre de quienes deben esperar una evaluación de sus viviendas y no tienen una fecha clara para retomar la vida cotidiana. Regresar es el deseo, pero la seguridad es la condición que necesitan para hacerlo.
El temor aumenta cuando las mujeres piensan en la posibilidad de que un terremoto ocurra durante la noche. Entre sus reflexiones se repite una frase: “Gracias a Dios que fue de día”.
La expresión resume el alivio de haber sobrevivido y el miedo ante lo que pudo ocurrir si el movimiento las sorprendía mientras dormían. También revela cómo el recuerdo del terremoto continúa presente en las conversaciones, incluso cuando las familias intentan concentrarse en las tareas del día.
Eugenia quiere volver a su vivienda, pero esa decisión no depende únicamente de su voluntad. La evaluación de los daños, la información que reciban y las condiciones de seguridad serán determinantes para saber cuándo podrá regresar.
El costo de perder una casa
Para María Tenero, el daño de una vivienda va más allá de las paredes agrietadas o las estructuras que ceden. Una casa representa años de esfuerzo, trabajo y sacrificio. Perderla significa también enfrentar la posibilidad de empezar de nuevo.
“Nadie quiere perder algo. A uno le duele porque es su hogar”, expresa.
La frase condensa el sentimiento de las familias que ahora permanecen en la cancha. Las pertenencias que lograron salvar están bajo las lonas, mientras el futuro de sus viviendas depende de las evaluaciones y de las decisiones que adopten las autoridades.
María también reflexiona sobre el tiempo que cuesta construir una casa y la rapidez con que un terremoto puede cambiarlo todo. Su preocupación no se limita a la posibilidad de recibir otra vivienda. También está el valor del esfuerzo que cada familia invirtió para levantar la suya.
La prioridad, reconoce, es proteger la vida. Pero esa certeza no hace menos dolorosa la pérdida de un hogar ni elimina la incertidumbre sobre las soluciones que llegarán.
Las mujeres cuentan que personal del Sistema Nacional de Protección Civil (Sinaproc) inspeccionó las viviendas y les indicó que no debían habitarlas. Este señalamiento debe contrastarse con la institución para precisar cuáles casas recibieron evaluación, qué daños identificaron los técnicos y qué instrucciones oficiales entregaron a sus ocupantes.
Mientras esperan respuestas, las familias continúan organizando la vida diaria en el refugio. Los adultos buscan cómo descansar, los niños intentan jugar y la comida se prepara entre varias personas. Cada jornada transcurre entre la necesidad de resolver lo inmediato y la preocupación por lo que vendrá después.
Los cementerios también entran en la emergencia
Las consecuencias del terremoto también alcanzaron los cementerios municipales de Soná e Hicaco, en la provincia de Veraguas. La situación llevó al Ministerio de Salud a iniciar el proceso para exhumar los restos de 70 cuerpos humanos para incinerarlos.
El terremoto no solo alteró la vida de quienes perdieron temporalmente sus casas: también obligó a atender daños y riesgos en espacios funerarios, con procedimientos que requieren rigor sanitario y respeto por los restos y sus familiares.
En El Barrero, mientras tanto, la emergencia se mide en tareas sencillas que se repiten cada día: acomodar las pertenencias, buscar comida, cuidar a los niños y encontrar una posición para dormir. La cancha sigue siendo el refugio de las familias que no se sienten en condiciones de regresar a sus viviendas.
La imagen de la Virgen de Guadalupe permanece sobre la mesa improvisada. Por las noches, las mujeres rezan el rosario y esperan noticias que les permitan saber qué pasará con sus casas.
María, Isabel y Eugenia comparten el deseo de recuperar la tranquilidad. No saben cuándo podrán volver a dormir bajo sus propios techos ni cuánto esfuerzo exigirá reconstruir lo perdido. Por ahora, cuentan con la ayuda de sus familiares y vecinos, con los colchones que reservan para los niños y con las lonas que los protegen en la cancha.
“Gracias a Dios que fue de día”, es la frase que repite constantemente al hablar del terremoto como alivió de que sigue viva y con la esperanza de pronto llegue el momento de regresar a casa.