Año Nuevo Chino 2026: tradición, identidad y presencia cultural en Panamá

El Año Nuevo Chino 2026 corresponde al Año del Caballo de Fuego
El histórico Barrio Chino ubicado en Santa Ana
El dragón, símbolo histórico de la cultura china
  • 17/02/2026 00:00

En medio de un contexto marcado por debates sobre memoria, símbolos y relaciones bilaterales, la festividad reafirma su lugar como una de las expresiones culturales más visibles del país.

Panamá vuelve a teñirse de rojo. Los faroles cuelgan, los tambores resuenan y la danza del león se abre paso entre cámaras, curiosos y familias enteras que ya no sienten la celebración como algo ajeno, sino como parte del paisaje cultural del país. El Año Nuevo Chino 2026 —correspondiente al Año del Caballo de Fuego— llega envuelto en símbolos de renovación, energía y movimiento, pero también en un contexto donde la conversación pública ha colocado a China en el centro de múltiples miradas.

La festividad más importante del calendario lunar no solo marca un cambio de ciclo para la comunidad china; en Panamá se ha convertido en un evento multitudinario que combina tradición, identidad y espectáculo. El Festival de la Primavera se celebrará del 20 al 22 de febrero en el Parque Omar, con una agenda abierta al público que incluirá danzas tradicionales, exhibiciones culturales, expresiones artísticas y gastronomía. Días antes, el 17 de febrero, el ritual de bienvenida espiritual tendrá lugar en el Templo Yan Wo, en el Barrio Chino, donde la encendida del primer incienso, acompañada por gongs y fuegos artificiales, simbolizará el inicio del nuevo año.

El Caballo de Fuego, dentro de la astrología china, evoca dinamismo, determinación y transformación. No resulta extraño que muchos asistentes lo interpreten como una metáfora oportuna para un país que atraviesa debates intensos sobre identidad, memoria histórica y relaciones internacionales. Mientras el calendario lunar invita a dejar atrás lo viejo, Panamá revisita capítulos recientes que han generado sensibilidad dentro y fuera de la comunidad chino-panameña.

Uno de esos episodios fue la demolición del monumento dedicado a la etnia china en el área del Puente de las Américas. La estructura, levantada en 2004 como homenaje a los 150 años de presencia china en Panamá, desapareció del paisaje urbano bajo argumentos oficiales vinculados al deterioro estructural y la seguridad. Su ausencia reactivó discusiones sobre patrimonio, símbolos y memoria colectiva. Para muchos, no se trataba únicamente de concreto y mármol, sino de un punto de encuentro cargado de significado histórico.

Semanas después, la Alcaldía de Arraiján presentó una propuesta para transformar el mirador del Puente de las Américas en un espacio moderno, accesible y culturalmente integrador. El proyecto contempla centros de información, áreas comerciales, infraestructura para movilidad sostenible y un memorial multicultural en homenaje a quienes participaron en la construcción del Canal de Panamá. La iniciativa busca resignificar un área que, por más de dos décadas, permaneció sin intervención, y devolverle protagonismo dentro del circuito urbano y turístico.

En paralelo al debate simbólico, otro tema tensó la conversación bilateral. Tras el fallo de la Corte Suprema de Justicia que declaró inconstitucional el contrato con Panama Ports Company, reportes internacionales señalaron que autoridades chinas habrían pedido suspender conversaciones sobre nuevos proyectos con Panamá. Las informaciones también apuntaron a inspecciones aduaneras más estrictas a productos procedentes del país. Desde el Ejecutivo panameño, el presidente José Raúl Mulino reiteró la soberanía nacional frente a las reacciones externas.

Este cruce de señales políticas y económicas no ha eclipsado, sin embargo, el espíritu de la celebración. El Año Nuevo Chino en Panamá mantiene su carácter festivo, familiar y cultural. En las calles del Barrio Chino, entre la Avenida B y Salsipuedes, se mezclan generaciones que hablan español con acento panameño, jóvenes que quizá no dominan el mandarín, pero conservan rituales heredados, y visitantes que encuentran en la festividad una experiencia estética, gastronómica y emocional.

Para los comerciantes de origen chino, la celebración también tiene un significado práctico y emocional. Liang Chen, propietario de un minisúper en el centro de la ciudad, describe la temporada como un punto de encuentro. “No es solo vender más. Es ver cómo clientes panameños preguntan por los caballos, por los sobres rojos, por las tradiciones. Hay curiosidad y respeto por nosotros”.

En un restaurante familiar, su propietaria coincide. “Antes la mayoría de nuestros compradores eran de la comunidad. Ahora vienen familias enteras, turistas y prueban platos nuevos. Uno siente que la cultura se comparte”.

La percepción se repite entre pequeños empresarios. Jun Wong, dueño de una tienda de artículos importados, asegura que el Año Nuevo Chino se ha integrado al ritmo comercial del país. “Decoramos el local y la gente toma fotos, nos preguntan el significado y compran. Eso dice mucho de cómo los panameños aprecian nuestra cultura”.

La historia de esta presencia se remonta al siglo XIX. Los primeros inmigrantes chinos llegaron vinculados a la construcción del ferrocarril transístmico, en medio de travesías marcadas por enfermedades, muertes y condiciones extremas. Aquellas generaciones enfrentaron discriminación, aislamiento y episodios dolorosos que forman parte de un capítulo poco narrado de la historia nacional. Con el tiempo, la comunidad se asentó, creó redes económicas, sociales y culturales, y pasó de la marginalidad a convertirse en un componente esencial del tejido panameño.

Los aportes se expandieron en múltiples dimensiones. La comunidad participó en iniciativas cívicas relevantes, como la histórica contribución al Cuerpo de Bomberos. La gastronomía china, por su parte, dejó de ser extranjera para instalarse en la rutina cotidiana: dim sum, wantón, jampao, arroz frito, chow mein. Incluso el mafá, ese pan frito dulce presente en fondas y ferias, conserva su raíz china aunque muchos lo asuman ya como propio.

Hoy, la celebración del Año Nuevo Chino refleja algo más profundo que una agenda de espectáculos. Es una expresión visible de convivencia cultural, de memoria compartida y de adaptación continua. Panamá, país acostumbrado a definirse como crisol de razas, encuentra en esta festividad una postal viva de su diversidad.

Así, entre faroles rojos, danzas ancestrales y conversaciones aún abiertas sobre símbolos, patrimonio y geopolítica, el país recibe un nuevo ciclo lunar. La celebración no ignora el contexto, pero tampoco pierde su esencia: renovación, esperanza y movimiento. Exactamente lo que promete el Caballo de Fuego.

Jun Wong
Comerciante
Panamá y China llevan unidos por muchos años. Esto va más allá del comercio; se ve en la calle, en nuestros clientes, y en las tradiciones que estamos felices de compartir