Cinco años después, el terremoto reunió a madre e hija
- 15/10/2026 12:14
En La Zainosa, comunidad cercana al epicentro del terremoto en La Pitaloza, Edilma volvió a abrazar a su madre tras cinco años sin visitarla, en medio del dolor y la incertidumbre que dejó el sismo
A las seis de la mañana, cuando buena parte del país apenas comenzaba el día, Edilma Esther Ríos emprendió el viaje desde Arraiján hacia La Zainosa, un sector de La Pitaloza, en la provincia de Herrera. Su destino no era una oficina ni una cita pendiente. Era la casa de su madre, Elena de la Cruz, a quien no visitaba desde hacía cinco años.
Llegó cerca del mediodía. Para encontrarse con ella tuvo que bajar dos lomas, subir otras tres y cruzar dos quebradas. El recorrido puso a prueba sus fuerzas, pero al final del camino estaba aquello que la distancia le había negado durante tanto tiempo: volver a ver a su madre cara a cara.
Cinco años caben en una cifra. Para una madre y una hija, sin embargo, pueden convertirse en cumpleaños celebrados a la distancia, conversaciones que terminan al colgar el teléfono y noticias que llegan sin el consuelo de un abrazo.
Edilma y Elena no perdieron el contacto. Se comunicaban por celular, una forma de mantenerse cerca a pesar de los kilómetros. Pero hablar no es lo mismo que sentarse juntas a la mesa, mirarse a los ojos o comprobar, sin una pantalla de por medio, que la otra está allí.
—Bueno, contenta porque hace tiempo que no la veía, yo. Siempre nos comunicamos así por celular, pero no la había visto ni ella me veía a mí —expresó Elena al hablar del reencuentro.
La frase resume el peso de esos años: la comunicación mantuvo viva la relación, pero no pudo sustituir la presencia.
Una visita en medio de la emergencia
El reencuentro ocurrió en La Zainosa, una comunidad cuya rutina quedó alterada por el terremoto. Allí, los recuerdos de la emergencia conviven con las tareas diarias, las preocupaciones por la vivienda y los esfuerzos de las familias por encontrar un lugar seguro donde permanecer.
Elena preparó sopa de cerdo para el almuerzo. La carne se la regalaron, y con ella dispuso una comida para compartir con la familia. En medio de las dificultades, preparar algo para los suyos también era una manera de recibir a quienes llegaban.
La sopa, el almuerzo y la reunión familiar pertenecen a la vida cotidiana; sin embargo, en una comunidad afectada por un sismo, hasta esos momentos adquieren otro significado. Reunirse bajo un mismo techo, conversar y compartir la comida recuerdan lo que la emergencia puso en riesgo: la seguridad del hogar y la tranquilidad de estar juntos.
Pero la visita de Edilma también transcurrió entre las huellas que dejó el terremoto. La familia tuvo que abandonar la vivienda donde residía y ahora permanece en la casa número 251, donde vive actualmente, según el relato familiar.
La casa que dejaron atrás ya no representa la misma seguridad. El hogar, ese lugar donde se organizan los días y se construyen los recuerdos, quedó asociado a una experiencia que la familia todavía recuerda con temor.
«Yo pensaba que eso sería como un ventarrón»
El padrastro de Edilma, de 68 años, recuerda que el día del terremoto trabajaba con ganado. Regresó cerca del mediodía y se sentó a almorzar. Su comida era sopa de gallina de patio.
La escena parecía una más de tantas jornadas rurales: volver del trabajo, sentarse a la mesa y descansar después de las labores. Entonces comenzó el movimiento de la tierra.
Elena también recuerda la confusión de aquellos instantes. Al principio no comprendía lo que ocurría. «Yo pensaba, digo, eso será como un ventarrón», relató al evocar la emergencia.
La comparación refleja la incertidumbre de quien siente que algo sacude su entorno, pero no alcanza a entender de inmediato la dimensión del peligro. En una comunidad rural, donde las labores cotidianas transcurren entre animales, árboles y viviendas familiares, el temblor irrumpió sin aviso y convirtió un momento ordinario en una situación de miedo.
La reacción fue buscar protección y salir de la vivienda. En medio de la emergencia, el esposo de Elena tomó al niño mientras la familia intentaba alejarse de los peligros que los rodeaban. La mujer recordó que algunas partes de la casa cayeron y que el televisor se volcó.
Lo que hasta entonces era el espacio familiar se convirtió en un lugar del que había que salir. Ya no se trataba de terminar el almuerzo ni de continuar con las tareas del día, sino de ponerse a salvo.
Después llegó la preocupación por lo que quedaba atrás: la vivienda, las pertenencias y la incertidumbre de no saber cómo seguirían las cosas. La familia dejó su casa y buscó refugio en otro lugar.
Al recordar que nadie resultó herido, Elena expresó su agradecimiento: «Tengo que darle gracias a Dios, pues, que a nosotros no nos pasó nada».
La frase no borra el miedo ni los daños. Expresa el alivio de una familia que salió de una emergencia con vida, aunque después tuvo que afrontar el desarraigo de dejar su hogar.
El camino de regreso a la familia
Para Edilma, llegar a La Zainosa significó recorrer mucho más que una distancia entre provincias. Salió de Arraiján a las seis de la mañana y llegó al mediodía, después de atravesar lomas y quebradas. En el destino la esperaba una madre con la que hablaba por teléfono, pero a quien no veía desde hacía cinco años.
La visita ocurrió en medio de las secuelas del terremoto y de una realidad que obligó a la familia a cambiar de casa. El reencuentro no resolvió la incertidumbre sobre la vivienda ni borró lo vivido durante el sismo. Pero permitió recuperar, al menos por unas horas, la cercanía que la distancia había postergado.
En La Zainosa, la emergencia se cuenta a través de las casas afectadas, las familias que buscan refugio y los recuerdos de quienes sintieron moverse la tierra. También se cuenta en escenas más íntimas: una madre que prepara sopa de cerdo, un hombre que recuerda el almuerzo interrumpido por el terremoto y una hija que atraviesa cinco lomas y dos quebradas para llegar hasta su familia.
Edilma no hizo ese recorrido para dejar atrás cinco años de llamadas. Lo hizo para volver a encontrarse con su madre. En una comunidad que intenta recuperar la tranquilidad después del terremoto, ese abrazo pendiente también forma parte de la historia de la emergencia.