En Tonosí, la solidaridad se cocina a fuego lento tras el terremoto

Erick Marciscano | La Estrella de Panamá
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  • 17/10/2026 17:51

La falta de agua y electricidad afectó a los restaurantes y otros comercios. Algunas familias perdieron sus pertenencias; otras pasaron las primeras horas después del sismo a la intemperie.

Tras el terremoto que sacudió la región el 9 de octubre, Rigoberto Tito Hernández convirtió las afueras de su negocio en Tonosí en una cocina solidaria. Junto a amigos y voluntarios, prepara comida gratuita para quienes llegan en busca de alimento, mientras la comunidad intenta recuperarse

El negocio está cerrado, pero afuera nadie descansa. A orillas de la carretera, hombres y mujeres se mueven entre ollas, alimentos y utensilios. Unos preparan la comida, otros atienden las tareas que surgen sobre la marcha. Las personas llegan y reciben su alimento. En medio de la incertidumbre, hay algo que no falta: manos dispuestas a ayudar.

Es martes 13 de octubre. Han pasado cuatro días desde el terremoto de magnitud 7,5 que sacudió la región el viernes 9, a las 12:56 p. m. En el corazón de Tonosí, el Comercial Hemar, un pequeño negocio de copias e impresiones y ventas de otros productos, dejó su actividad habitual para convertirse en un punto de encuentro de la solidaridad.

Dentro del local todavía se observan las secuelas del sismo. Afuera, el ambiente cambia. Hay movimiento, conversaciones y personas que se acercan en busca de comida. El humo acompaña la preparación de la cena, mientras los voluntarios organizan una jornada que nació de una necesidad inmediata: alimentar a quienes enfrentan las consecuencias del terremoto.

Al frente de la iniciativa está Rigoberto “Tito” Hernández, un microempresario de 60 años que reside en Tonosí desde hace seis décadas. Su negocio lleva un lema que, en estos días, adquiere otro significado: “Nunca digas jamás”.

La gente llegó sola

La idea no surgió de una gran organización ni de un plan elaborado durante meses. Nació de una conversación entre vecinos que vieron cómo el terremoto alteró la vida cotidiana de la comunidad.

La falta de agua y electricidad afectó a los restaurantes y otros comercios. Algunas familias perdieron sus pertenencias; otras pasaron las primeras horas después del sismo a la intemperie. La emergencia golpeó también a quienes dependían de sus pequeños negocios para ganarse la vida.

En medio de esa situación, Rosendo Moreno se acercó a Hernández con una propuesta: aportaría un cerdo para preparar comida, mientras “Tito” se encargaría de organizar el trabajo y reunir a las personas dispuestas a colaborar.

Lo que ocurrió después quedó resumido en una frase del microempresario: “en realidad no tuve ni que buscar la gente, la genge llegó sola”.

No hizo falta una convocatoria formal. Los amigos y conocidos comenzaron a llegar y pusieron sus manos al servicio de la iniciativa. Unos ayudaron con la preparación de los alimentos; otros aportaron recursos. La empresa privada y el Municipio de Tonosí también contribuyeron, según explicó Hernández.

La comida se entrega gratuitamente a quienes llegan al lugar. No importa si son damnificados, vecinos o personas que pasan por allí y necesitan alimentarse: reciben un plato.

En una comunidad golpeada por el terremoto, la solidaridad adquirió una forma sencilla y concreta. Alguien aporta, otro cocina y alguien más sirve. Después, cuando la comida se termina, comienza otra tanda.

Un plato cuando más se necesita

El menú tiene sabor a la tierra tonosieña. Entre los alimentos preparados figuran el cerdo ahumado y los patacones hechos con plátanos de la región. Una taza de café acompaña la merienda.

No es una cocina de restaurante. Es una tarea colectiva que responde a una necesidad urgente y que depende del esfuerzo de quienes se acercan a colaborar.

La comida se entrega gratuitamente a quienes llegan al lugar.

Hernández recuerda que durante una de las jornadas prepararon cuatro calderos de sopa y cuatro de arroz. No ofrece una cifra exacta de los platos servidos, pero explica que la demanda obligó a cocinar nuevamente porque la primera tanda no alcanzó para todos.

La escena se repite: llegan personas, reciben comida y se marchan. Los voluntarios continúan con sus tareas. Las ollas vuelven a llenarse.

La ayuda no resuelve los daños del terremoto ni devuelve de inmediato los servicios interrumpidos. Pero permite atender una necesidad básica mientras la comunidad busca la manera de recuperar su ritmo cotidiano.

“El que no lo vivió no lo sabe”

Para comprender por qué aquella comida tiene tanto valor, hay que volver al viernes 9 de octubre, a las 12:56 de la tarde, cuando la tierra comenzó a moverse.

Hernández conducía su vehículo. Al sentir la sacudida, pensó que una llanta perdía aire. Miró el carro, frenó en un tramo plano de la carretera y sintió que el vehículo podía volcarse.

El miedo no le permitió comprender de inmediato lo que sucedía. La fuerza del movimiento lo enfrentó a una posibilidad que hasta entonces parecía distante: perder el control de su vehículo sin poder hacer nada para evitarlo.

Cuando recuerda aquellos momentos, Hernández intenta encontrar palabras para explicar lo que vivió. Pero la descripción se queda corta frente a la experiencia.

“El que no lo vivió no lo sabe”, dice.

Después añade una frase que resume la dificultad de transmitir la dimensión del desastre a quien no estuvo allí: “Yo te lo digo y no le hago justicia a lo que se dio aquí”.

Hernández habla de las grietas que aparecieron en el terreno, de las carreteras que quedaron inservibles y de los daños que afectaron distintos puntos de la zona. También recuerda las reacciones de las personas durante el movimiento sísmico y las dificultades que siguieron después.

El terremoto no solo sacudió las viviendas y las carreteras. También alcanzó los pequeños negocios de los que depende buena parte de la vida económica del pueblo.

Las heridas dentro del negocio

En el Comercial Hemar, Hernández ofrece copias, impresiones, y otros servicios. Es un negocio pequeño, levantado con el trabajo cotidiano y los ingresos que produce cada jornada.

Después del terremoto intentó encender sus equipos, pero ninguno funcionó. Al momento de la entrevista, todavía esperaba determinar si el problema estaba relacionado con las condiciones del suministro eléctrico.

La empresa privada y el Municipio de Tonosí también contribuyeron, según explicó Hernández.

La incertidumbre se sumó a los daños visibles que dejó el sismo en el establecimiento.

Para un microempresario, un equipo que no enciende significa algo más que una máquina fuera de servicio: representa una herramienta de trabajo que deja de producir ingresos. Mientras espera conocer el alcance de los daños, Hernández dedica su tiempo a una actividad distinta, urgente para la comunidad.

El local permanece cerrado para la atención habitual, pero la solidaridad encuentra espacio afuera.

Un pueblo que intenta levantarse

Hernández reconoce que al principio criticó la demora en la llegada de ayuda. Después, agradeció a quienes se sumaron a atender a los afectados.

También comenzó a notar cambios en el ambiente de Tonosí. El tránsito de vehículos aumentó y la comunidad empezó a recuperar parte de su movimiento habitual. Para él, la presencia de tantos automóviles resultaba inusual en un pueblo pequeño del interior.

El panorama seguía lejos de la normalidad, pero ya no era exactamente el mismo de las primeras horas.

En las afueras del Comercial Hemar, la actividad alrededor de las ollas continuaba. La gente llegaba, recibía su comida y seguía su camino. Los voluntarios permanecían en sus puestos, atentos a lo que hacía falta.

Dentro del negocio, las huellas del terremoto recordaban lo ocurrido. Afuera, el trabajo colectivo mostraba otra cara de la emergencia: la capacidad de una comunidad para organizarse cuando sus habitantes necesitan ayuda.

Tito Hernández no puede reparar por sí solo las carreteras, restablecer los servicios ni devolver a cada familia lo que perdió. Tampoco sabe cuándo volverán a funcionar todos los equipos de su pequeño comercio.

Pero puede organizar una olla común. Puede reunir a sus amigos. Puede recibir a quienes llegan con hambre y ofrecerles comida.

Y eso hace.

Afuera del Comercial Hemar, mientras el pueblo intenta levantarse, cada plato servido recuerda que la emergencia no se enfrenta solamente con grandes recursos. A veces comienza con alguien que ofrece lo que tiene y con otros que, sin esperar una invitación, llegan para ayudar.