Envejecer también es sobrevivir: El cáncer en adultos mayores

El Dr. David Espinosa explica que, a nivel mundial, alrededor de dos tercios de los nuevos diagnósticos de cáncer ocurren en adultos mayores Dayana Navarro | La Estrella de Panamá
Tiene 62 años. Durante 25 años trabajó como auditora en la Caja de Seguro Social. Dayana Navarro | La Estrella de Panamá
Dayana Navarro | La Estrella de Panamá
  • 15/06/2026 00:00

En Panamá, el cáncer se ha convertido en una de las principales enfermedades que enfrentan los adultos mayores

Cuando se cruza la puerta del hospital oncológico, el ambiente no se describe: se siente. El aire es denso, cargado de historias que no se dicen en voz alta. Hay personas dormidas en sillas incómodas, con la cabeza recostada sobre el hombro de alguien más; otras lloran en silencio y otras intentan darse ánimo. En ese lugar conviven el cansancio y la fe, el dolor y la resistencia.

En la entrada, un hombre toca alabanzas con un violín como agradecimiento por la vida de su esposa, quien en algún momento también estuvo allí. Su música rompe, por instantes, la rutina del hospital. Varias personas se detienen. Algunas levantan las manos, otras cierran los ojos. Hay quienes lloran mientras cantan. Familiares empujan sillas de ruedas para acercar a sus seres queridos y permitirles escuchar. Por unos minutos, el hospital deja de ser solo un espacio de enfermedad para convertirse en un lugar donde la fe intenta sostenerse.

En Panamá, el cáncer se ha convertido en una de las principales enfermedades que enfrentan los adultos mayores. El doctor David Espinosa, cirujano oncólogo, explica que más del 60 % de los diagnósticos ocurren en personas mayores de 65 años debido al envejecimiento poblacional y a la acumulación de factores de riesgo a lo largo de la vida. Los tipos más frecuentes continúan siendo próstata, mama, colon, pulmón y estómago. Pero detrás de cada estadística hay una historia.

Lejos del ruido de las salas de espera, Omaira González habla con serenidad. Mantiene una postura firme, producto de años de resistencia. Su voz es clara y segura, aunque por momentos se quiebra apenas lo suficiente para revelar el peso de los recuerdos. Sus ojos se humedecen mientras revive parte de su historia, pero nunca pierde el control del relato.

Tiene 62 años. Durante 25 años trabajó como auditora en la Caja de Seguro Social. Su vida estaba marcada por la disciplina, los números, las visitas a empresas y las largas jornadas laborales. En medio de esa rutina, el cuidado personal quedó relegado. Un día, mientras manejaba por el Corredor Norte, sintió un dolor intenso en el pecho. Media hora de un dolor desconocido. Pensó que era el corazón. Pensó en todo menos en lo que realmente era. En ese momento, el cáncer ni siquiera aparecía como una posibilidad. El diagnóstico no llegó de inmediato. Fue el resultado de un proceso largo, de estudios y síntomas que no terminaban de encajar. Primero, problemas en la vesícula; luego, molestias renales, tratamientos y revisiones. Hasta que, casi por insistencia propia, mencionó a su doctora aquel dolor en el pecho que no lograba explicar. Esa conversación cambió todo. La biopsia llegó más rápido de lo esperado. En una semana tenía el resultado. “¿Qué tan fuerte es usted?”, le preguntaron antes de decírselo. Tenía 45 años.

El primer diagnóstico fue un cáncer de mama triple negativo localizado en la pared del tórax. En ese momento no entendía del todo lo que significaba, pero sí comprendía la palabra que lo nombraba: cáncer. Una palabra corta que, como ella misma dice, pesa más por lo que representa que por cómo suena. El doctor Espinosa explica que, a nivel mundial, alrededor de dos tercios de los nuevos diagnósticos de cáncer ocurren en adultos mayores. “El aumento de la esperanza de vida ha hecho que el cáncer sea una de las principales causas de enfermedad y muerte en esta población”, señala. Para Omaira, la primera etapa fue la más dura. La quimioterapia le arrebató el cabello, le dejó secuelas en el cuerpo y le cambió el ritmo de vida. “No son fáciles las secuelas que deja la quimioterapia. Yo desarrollé neuropatía periférica y eso cambió por completo mi vida. Ser auditora fue una profesión a la que le dediqué muchos años, pero tuve que tomar la difícil decisión de jubilarme y pensionarme a los 46 años porque ya no podía responder con mis manos”, lamenta.

“Me volví más torpe, más lenta, y en auditoría se necesita agilidad, precisión, capacidad analítica y mucha destreza. Llegó un momento en que empecé a sentir miedo y frustración al pensar que ya no podría seguir haciendo el trabajo que había desempeñado durante toda mi vida” dice. Las secuelas, explica Espinosa, suelen ser más complejas en pacientes mayores. Muchos enfrentan enfermedades como diabetes, hipertensión o problemas cardiovasculares, además de fragilidad física o deterioro funcional. Por eso, insiste en que cada tratamiento debe individualizarse según el estado general del paciente y no únicamente por la edad.

Ocho años después, en 2018, Omaira recibió un segundo diagnóstico: un nuevo cáncer de mama, esta vez en la mama derecha, detectado de forma superficial. El tratamiento implicó una mastectomía total, seguida nuevamente de quimioterapia. En medio de ese proceso tomó una decisión que también marcaría su camino: no reconstruirse.

“He aprendido que la vida vale mucho más que un seno. Sí, representa una parte de la feminidad y la sensualidad de una mujer, pero una sigue siendo mujer, madre, esposa, hija, hermana y amiga. Podemos seguir viviendo, con o sin seno”, afirma. Mientras habla, su voz se mantiene estable y su mirada transmite fortaleza. La enfermedad no solo transformó su cuerpo; también dejó al descubierto dinámicas, relaciones y estructuras que ya no sostenían su bienestar.

Han pasado 16 años desde aquel primer diagnóstico. Esa experiencia la llevó a convertirse en voluntaria. “Hoy he aprendido que el cáncer no distingue profesiones ni estilos de vida” señala. “Por eso hoy hablo tanto, pero lo hago para llevar un mensaje a otras mujeres: que entiendan que esta enfermedad también puede convertirse en una oportunidad para aferrarse a la vida y seguir adelante. Hay vida después de los momentos más difíciles”, añade.

La detección temprana, insiste el oncólogo, sigue siendo una de las herramientas más importantes. Cuando el cáncer se identifica en etapas iniciales, las probabilidades de curación aumentan considerablemente y los tratamientos suelen ser menos agresivos. Sin embargo, muchos adultos mayores dejan de realizarse controles preventivos porque creen, erróneamente, que ya no son necesarios.

A miles de kilómetros de la historia de Omaira, Deyanira vive el cáncer desde otro lugar, donde a veces la voz no solo pertenece a la paciente, sino también a quien acompaña. Sentada en un sillón, mantiene el cuerpo ligeramente encorvado y las manos juntas, inquietas por momentos. Su voz, en algunos tramos, se entrecorta. Tartamudea levemente, no por falta de ideas, sino porque hay recuerdos que pesan más cuando se dicen en voz alta.

Para ella, todo comenzó sin drama, sin señales alarmantes, sin ese dolor que suele imaginarse cuando se escucha la palabra cáncer. Fue una pequeña “bolita”, casi imperceptible, en el seno derecho, cerca de la axila. Algo tan mínimo que no parecía una amenaza. “Era como una lenteja”, recuerda. No dolía. No incomodaba. No avisaba.

Fue su esposo quien primero lo notó y, junto con ello, llegó el diagnóstico: cáncer de mama. “El momento en que le dan la noticia es un impacto que no hay palabras para definir. Porque al mencionar la palabra cáncer es tan dura que uno piensa que ya la muerte está ahí”, dice Deyanira.

A sus 75 años, el diagnóstico no solo trajo la enfermedad; también un duelo anticipado. “La verdad es que es difícil, pero al mismo tiempo le da a uno fuerzas para seguir día por día y cumplir las indicaciones de los médicos”, explica, haciendo pausas, como si cada palabra necesitara espacio. Sin embargo, el proceso no se vive de una sola vez. “Es etapa por etapa”, dice. Y en esa frase cabe toda la experiencia. Pero lo más duro vendría después. “Creo que los tratamientos son más fuertes que la misma enfermedad”, asegura. Y lo dice porque, a diferencia del tumor, que no le causaba dolor, las quimioterapias sí hicieron visible el desgaste.

Fueron 16 sesiones. Las primeras cuatro, las más agresivas, llegaban como un golpe diferido: el efecto aparecía días después, debilitando el cuerpo desde adentro. Luego vinieron las otras, más constantes y prolongadas. El tiempo dejó de medirse en días y comenzó a medirse en ciclos. Nunca quiso verse completamente sin cabello. Apenas se observaba de reojo para evitar que los mechones cayeran frente al espejo. Era una forma de protegerse emocionalmente, porque hay personas que se deprimen profundamente al ver cómo empiezan a perder el cabello.

Ese estado, esa desconexión, fue su manera de sobrevivir. Hasta que un día, después de meses, algo cambió. “Ahí fue cuando reaccioné... cuando dije: estoy aquí” enfatiza. En medio de ese proceso, su vida personal también se fracturó. Su esposo, quien durante esos años fue diagnosticado con alzhéimer, falleció. Tanto ella como su hija sienten que él nunca logró superar el impacto del diagnóstico. Hoy, después de su muerte y de un proceso tan inesperado, su fe también cambió. Aunque agradece a Dios, existen preguntas, quiebres y momentos en los que creer no fue sencillo. La fe, como el cuerpo, atravesó su propio proceso. “Día por día”, repite.

El doctor Espinosa explica que la mortalidad por cáncer aumenta con la edad debido a diagnósticos tardíos, enfermedades crónicas asociadas y menor tolerancia a tratamientos agresivos. Entre los cánceres más letales en esta población se encuentran los de pulmón, páncreas, hígado y estómago. En hombres, el cáncer de próstata avanzado sigue siendo una causa importante de fallecimiento, mientras que en mujeres destacan el cáncer de mama metastásico y el cáncer de ovario. Sin embargo, aclara que hoy muchos pacientes mayores logran mantenerse en remisión e incluso curarse cuando el cáncer es detectado a tiempo. “En algunos cánceres como mama, próstata y colon detectados precozmente, las tasas de supervivencia a cinco años pueden superar el 80 % y 90 %. Hoy en día, la edad por sí sola no debe ser una contraindicación para recibir tratamiento oncológico”, explica.

Actualmente existen múltiples alternativas además de la quimioterapia, como cirugía oncológica, radioterapia, hormonoterapia, inmunoterapia y terapias dirigidas. El objetivo, concluye el especialista, no solo es combatir el cáncer, sino también preservar la independencia y calidad de vida del paciente. “La detección temprana salva vidas. Muchos cánceres pueden tratarse exitosamente si se identifican a tiempo”. La Jefa de la unidad de salud mental del Instituto Oncológico Nacional explica que muchos pacientes llegan con miedo, ansiedad e incertidumbre, por lo que desde el inicio reciben acompañamiento psicológico y orientación sobre el tratamiento y los cambios emocionales que enfrentarán. “ A las 7 de la mañana en el área de salud mental da la charla donde se aborda el tema de las emociones (...) los ayudamos a que tengan herramientas para preguntarle a su médico sobre su diagnóstico, sobre las probabilidades” dice.

Esa realidad también es reconocida por el director del Instituto Oncológico Nacional, Doctor Julio Javier Santamaría Rubio, quien advierte que el aumento de casos ha generado una fuerte presión sobre la institución debido a la falta de espacio y personal especializado. Aun así, destaca que el hospital mantiene un abordaje multidisciplinario con médicos, psicólogos, trabajadores sociales y organizaciones de apoyo que ayudan a los pacientes durante el tratamiento. Ambos coinciden en que la detección temprana y la prevención siguen siendo fundamentales, y recuerdan que hoy el cáncer “ya no es sinónimo de muerte”.

Omaira González
Paciente del Oncológico
Esta enfermedad también puede convertirse en una oportunidad para aferrarse a la vida y seguir adelante. Hay vida después de los momentos más difíciles