Escuela Nicolás Pacheco: el hogar improvisado de 28 familias desplazadas
- 13/07/2026 00:00
El edificio, cerrado hace más de una década por problemas estructurales, pasó de albergar a cientos de estudiantes a convertirse en un albergue temporal que terminó siendo permanente.
Entre calles empedradas, hoteles lujosos, restaurantes y edificios restaurados del Casco Antiguo de San Felipe, existe una realidad que contrasta con la imagen turística del lugar.
A pocos metros de donde diariamente transitan visitantes nacionales y extranjeros permanece la antigua Escuela Nicolás Pacheco, un plantel que hace más de una década dejó de recibir estudiantes y que hoy alberga a 28 familias que, tras ser desalojadas de antiguos caserones del corregimiento o perder sus viviendas por incendios y el deterioro de las estructuras, encontraron allí un refugio que nunca debió convertirse en un hogar permanente.
Lo que antes fueron salones de clases hoy son pequeños cuartos separados por divisiones improvisadas. La cocina, los baños y las áreas de lavandería son compartidos entre decenas de personas. La antigua cancha donde los estudiantes jugaban durante los recreos ahora sirve como espacio de reunión, área de juegos para los niños y lugar para tender la ropa.
Al recorrer el edificio es evidente el paso del tiempo.
Las paredes presentan humedad y pintura desprendida. Los pisos de madera crujen con cada paso y muestran señales visibles de desgaste. En algunos sectores, los techos reflejan años sin una intervención integral, mientras que las palomas han encontrado refugio entre las vigas, dejando excrementos en distintas áreas comunes.
Pese al deterioro, el ambiente entre los moradores es distinto. Se saludan, conversan y reciben a quienes llegan con naturalidad, conscientes de que el edificio que ocupan fue pensado para educar, no para convertirse en una residencia.
La historia del inmueble comenzó a cambiar entre finales de 2012 y principios de 2013, cuando el Ministerio de Educación ordenó el cierre del plantel debido al riesgo que representaban sus problemas estructurales para la comunidad educativa.
En ese momento, cerca de 380 estudiantes fueron reubicados en otros centros escolares.
Aunque posteriormente se realizaron licitaciones para restaurar el edificio, estas no prosperaron y la infraestructura permaneció sin uso.
La situación dio un giro en 2015, cuando el Ministerio de Vivienda y Ordenamiento Territorial, tras conversaciones con el Meduca y la Oficina del Casco Antiguo, decidió utilizar el edificio como albergue temporal para familias que debían abandonar inmuebles considerados de alto riesgo dentro del Casco Antiguo.
Muchas de ellas provenían de los inmuebles 126 y 128 de San Felipe, estructuras declaradas inhabitables por su avanzado deterioro y el peligro de colapso.
En ese entonces, las autoridades anunciaron que el uso de la escuela sería provisional mientras se desarrollaban proyectos de vivienda social para que los residentes permanecieran dentro del corregimiento.
La Oficina del Casco Antiguo realizó trabajos de limpieza, fumigación y adecuación de 15 salones, además de verificar las instalaciones eléctricas y sanitarias para hacer posible el traslado de las familias.
Lo que debía durar unos meses terminó prolongándose durante años.
Para Esther Sánchez, presidenta de la Asociación de Moradores de San Felipe, el problema habitacional del corregimiento comenzó mucho antes de que las familias llegaran a la escuela.
“Desde que esto fue declarado Patrimonio de la Humanidad sabíamos que venía un proceso de desalojo para muchos residentes”, afirma.
Recuerda que las primeras notificaciones para abandonar las viviendas comenzaron hace varios años y que muchas familias decidieron resistirse porque no querían abandonar el barrio donde nacieron.
“Nos ofrecían subsidios para alquilar en otros lugares, pero nosotros queríamos permanecer en San Felipe porque aquí están nuestras raíces”, señala.
Cuando el riesgo de los viejos caserones aumentó, las familias fueron trasladadas a la antigua escuela.
“Le advertimos al Miviot que, si no había una solución, ocuparíamos el edificio”, relata.
Desde entonces, asegura, el lugar dejó de ser un albergue temporal para convertirse en el único hogar de decenas de personas.
Dentro del inmueble conviven adultos mayores, niños, adolescentes y trabajadores informales.
Los residentes organizan turnos para limpiar las áreas comunes y mantienen un reglamento interno para evitar conflictos.
Sin embargo, la principal preocupación es la condición del edificio.
“Yo tengo miedo porque los pisos de arriba son de madera. Hemos pedido que revisen el techo porque cualquier día puede ocurrir una desgracia”, expresa Sánchez.
Las filtraciones y el paso del tiempo han deteriorado parte de la estructura.
Ese temor, explica, aumenta porque muchas de las familias llegaron precisamente después de perder sus viviendas en incendios ocurridos en viejos caserones del Casco Antiguo.
“Uno no quiere esperar a que pase otra tragedia para que entonces vuelvan a acordarse de nosotros”, dice.
Una crisis que trasciende la escuela
La situación de la Nicolás Pacheco refleja una problemática más amplia en San Felipe.
Cuando el edificio fue convertido en albergue, el Casco Antiguo registraba 845 propiedades, de las cuales 345 estaban abandonadas, 145 restauradas y el resto permanecía en proceso de rehabilitación.
Mientras avanzaba la recuperación arquitectónica del sitio histórico, muchas familias enfrentaban dificultades para permanecer en el corregimiento debido al deterioro de los antiguos caserones y al aumento del valor del suelo.
Organizaciones comunitarias han sostenido durante años que preservar el Casco Antiguo no solo implica restaurar edificios, sino también garantizar que sus habitantes tradicionales puedan continuar viviendo allí, un principio que incluso ha sido señalado en distintas ocasiones por la Unesco al referirse al valor patrimonial del conjunto histórico.
Con el paso de los años, distintas administraciones anunciaron proyectos habitacionales como Villa Olga, en El Chorrillo, además de edificios de interés social dentro del propio San Felipe.
Sin embargo, las soluciones avanzaron más lentamente que la necesidad de las familias.
Durante ese tiempo, varios residentes denunciaron sentirse olvidados y aseguraron que el albergue, pensado para una permanencia temporal, terminó convirtiéndose en una residencia permanente donde los espacios para dormir resultan insuficientes y la infraestructura continúa deteriorándose.
Consultado por La Estrella de Panamá, el Ministerio de Vivienda y Ordenamiento Territorial explicó que los albergues forman parte de una respuesta temporal para familias afectadas por incendios, inundaciones u otras emergencias, mientras se realizan las evaluaciones sociales y técnicas para definir la alternativa habitacional correspondiente.
Según la entidad, tras cada emergencia se efectúa un levantamiento de información y un estudio socioeconómico. La primera opción es que las familias permanezcan temporalmente con parientes o redes de apoyo y, cuando esto no es posible, son trasladadas a un albergue.
El ministerio indicó que no existe un tiempo fijo de permanencia en estos espacios, ya que depende de las condiciones particulares de cada familia, del cumplimiento de los requisitos establecidos y de la disponibilidad de proyectos habitacionales.
Respecto a la Escuela Nicolás Pacheco, el Miviot señaló que parte de las familias que residían allí ya fueron beneficiadas con apartamentos en Villa Olga y otros proyectos desarrollados por la institución.
Añadió que quienes aún permanecen en el edificio continúan siendo evaluados para su eventual incorporación a futuros programas de vivienda.
La entidad informó además que actualmente desarrolla proyectos como Casa 18 de Diciembre, en el Casco Antiguo; San Miguel, en Calidonia; y Ave Fénix II, en El Chorrillo, que en conjunto contemplan más de 340 apartamentos destinados a familias previamente censadas.
Mientras esos proyectos avanzan, la vida continúa lentamente dentro de la antigua Nicolás Pacheco.
Los niños siguen creciendo entre antiguos salones de clases, las familias comparten cocinas y baños, y los adultos mayores suben cada día unas escaleras que el tiempo ha ido debilitando.
La escuela dejó de enseñar hace más de una década, pero aún continúa ofreciendo refugio a quienes siguen esperando que la promesa de una vivienda digna deje de ser una solución temporal convertida en una espera de años.