Familias venezolanas en Panamá: entre la supervivencia y la incertidumbre del retorno

Madre venezolana vendiendo golosinas con su hijo pequeño.
Familia venezolana solicitando apoyo económico en las calles de Panamá.
  • 18/02/2026 00:00

Tres historias, una misma tensión: rehacer la vida lejos del país de origen, con un futuro que aún permanece suspendido

A las afueras de una estación del Metro de Panamá, una mujer sostiene una pequeña caja con mentas. No interrumpe el paso. No insiste. Extiende la mano con discreción mientras observa a sus dos hijos, un niño de cuatro años y una niña de seis. El ruido de la ciudad avanza sin pausa: puertas que se abren, pasos apurados, conversaciones ruidosas, motores, anuncios. Ella permanece.

Pidió no revelar su identidad. En esta crónica la llamaremos María. Es venezolana, oriunda de la franja costera. Salió de su país empujada por una combinación de factores que, en sus palabras, “hicieron imposible sostener la vida diaria”: ingresos que ya no alcanzaban, dificultad para conseguir alimentos y medicinas, servicios inestables y la sensación constante de que cualquier plan podía desmoronarse en cuestión de semanas.

Llegó a Panamá hace dos años junto a familiares y allegados. Antes de pisar la ciudad, atravesó la selva del Darién, un recorrido que describe como agotador, incierto y marcado por el miedo.

Venía con una idea clara. “Trabajar. Empezar de nuevo”. La realidad fue distinta. “Nos toca vender chucherías... lo que salga para el día”. Habla sin dramatismo, como quien describe una rutina asumida. “A veces nos va bien. A veces no”.

Durante años, Panamá fue territorio de tránsito dentro de una de las rutas migratorias más intensas del continente. La selva del Darién se convirtió en un corredor humano atravesado por miles de historias marcadas por la urgencia.

En 2023, 520.085 personas cruzaron la selva, según el Ministerio de Seguridad Pública. De ese total, 328.667 eran venezolanas y cerca de 120 mil correspondían a menores de edad.

En 2024, aunque el flujo disminuyó, 300 mil migrantes atravesaron la misma ruta. La mayoría seguía siendo venezolana. Pero la dinámica cambió de forma abrupta. Entre enero y febrero de 2025, apenas 2.637 personas cruzaron irregularmente el Darién, una caída cercana al 96 % respecto al mismo período del año anterior. El 95 % provenía de Venezuela.

La selva dejó de ser la autopista humana que fue. Las estaciones, las avenidas y los semáforos comenzaron a contar otra parte de la historia.

Vivir al día

María no habla de rutas ni de decisiones estatales. Habla del presente. “He buscado trabajo, pero sin permiso es complicado”.

Antes trabajaba como secretaria en Venezuela. En Panamá intentó emplearse en limpieza, atención al cliente y labores domésticas. “Siempre piden papeles”. Ajusta la caja de mentas y mira a sus hijos. “Aquí uno vive al día”. Cuenta monedas. Calcula cuánto necesita vender para cubrir la comida. “No es lo que uno planea...pero es lo que toca para sobrevivir”.

El descenso en los cruces por el Darién no significó el fin de los movimientos migratorios. Solo transformó su dirección.

A lo largo de 2025 comenzó a hacerse visible un fenómeno que organismos internacionales ya monitorean en la región: el “reverse flow”, o migración en retorno.

Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), el término describe los desplazamientos de personas que, tras intentar continuar su trayecto hacia el norte del continente, deciden —o se ven obligadas— a retroceder hacia Centro y Suramérica. No es un regreso simple. Es, en muchos casos, un retorno cargado de pérdidas económicas, desgaste emocional y nuevas vulnerabilidades.

Panamá empezó a registrarlo. Para diciembre de 2025, el país había contabilizado 22.325 entradas vinculadas a estos movimientos durante el año. 3.974 ocurrieron en el último trimestre. La mayoría eran venezolanos. Muchos viajaban en familia.

Dentro de un autobús urbano, Ricardo —nombre ficticio para proteger su identidad— sube con una mochila en el hombro, llena de golosinas que busca vender en el día. Saluda con cortesía. Ofrece caramelos. Agradece incluso cuando nadie responde.

Es padre de tres niños. Su historia no comenzó en Panamá. Salió de Venezuela hace varios años. Cruzó fronteras, trabajó en oficios temporales, se movió entre países buscando estabilidad. Alcanzó México. Intentó continuar, pero no lo logró.

“Allá todo se complicó”. Describe meses marcados por la falta de opciones laborales formales, dificultades para regularizar su situación migratoria y una presión económica creciente.

“Llegó un punto en que seguir ya no era viable para nosotros”. Decidió retroceder. Llegó a Panamá en enero de 2025. “No fue fácil aceptar que tocaba devolverse”. Intenta emplearse en construcción, limpieza o servicios.

Hoy, asegura, el regreso a Venezuela no forma parte de sus planes. Su prioridad es permanecer en Panamá, regularizar su estatus migratorio y conseguir documentos y permisos que le permitan acceder a un trabajo estable.

“Uno puede tener muchos estudios, pero sin documentos es como si no supiera hacer nada”.

Los relatos asociados a la migración en retorno repiten patrones. Entrevistas realizadas por ACNUR en Panamá durante 2025 muestran que estos movimientos son cada vez más familiares. En el último trimestre del año, 385 personas entrevistadas permitieron evaluar la situación de 671 familiares. Una parte significativa correspondía a niños y adolescentes.

Los registros también advierten sobre situaciones menos visibles: nacimientos ocurridos durante la ruta que no habían sido inscritos ante ninguna autoridad nacional. Niños sin documentación. Familias atrapadas entre sistemas administrativos.

La calle como rutina

En una de las zonas más transitadas de la ciudad, entre vitrinas, cafeterías y pasos acelerados, una familia venezolana organiza discretamente su mercancía: caramelos, galletas, botellas de agua.

No piden. Venden. Pidieron anonimato. Aquí serán Carolina y Miguel. Salieron de Venezuela tras meses enfrentando ingresos insuficientes, aumento de precios y dificultades para sostener el hogar.

Panamá apareció como una alternativa cercana, “más estable”, “con más oportunidades”. “Pensamos que viniendo aquí, todo iba a ser más fácil”, admite Miguel.

Intentaron conseguir empleo, pero se toparon con el mismo obstáculo: no contaban con permisos ni documentos. La vivienda se convirtió en otro desafío. “Los alquileres estaban fuera de nuestro presupuesto”. Desde entonces combinan estadías temporales con conocidos, noches en pensiones económicas y jornadas prolongadas en la calle.

Su hijo permanece cerca, regalando sonrisas con la inocencia de quien aún no entiende la realidad. “Hacemos lo posible para mantener la normalidad en frente de él”, dice Carolina. Miguel asiente. “Ha sido lo más duro que nos ha tocado hacer”.

A diferencia de otros migrantes que optaron por permanecer, la pareja reconoce que evalúa la posibilidad de regresar a Venezuela. No lo describen como una decisión tomada, si no como una idea que surge entre la nostalgia, el desgaste y la incertidumbre.

Las razones de salida repiten constantes. La mayoría de las personas consultadas por ACNUR señaló la búsqueda de empleo, la inseguridad, la reunificación familiar y la necesidad de mejores condiciones de vida. El trayecto tampoco fue neutro. Siete de cada diez migrantes entrevistados reportaron haber sufrido maltrato o abuso durante el viaje, incluidos episodios de extorsión, amenazas o violencia.

Panamá enfrenta hoy una realidad migratoria distinta: menos tránsito irregular por el Darién, más permanencia urbana precaria, más familias intentando sostenerse en la informalidad.

Se estima que más de medio millón de venezolanos residen en el país entre migrantes, refugiados y solicitantes de asilo. El Estado ha adoptado medidas administrativas, entre ellas la extensión temporal de la validez de pasaportes venezolanos vencidos. Pero el documento no garantiza empleo. Ni vivienda. Ni estabilidad.

El retorno formal tampoco está exento de obstáculos. En diciembre de 2025, un vuelo de repatriación voluntaria hacia Caracas, previsto para trasladar a 70 ciudadanos venezolanos, debió ser reprogramado debido a trámites incompletos, según informó el canciller Javier Martínez-Acha. Incluso las salidas legales enfrentan pausas.

Pese al escenario político reciente en Venezuela, incluida la captura del presidente Nicolás Maduro por parte de fuerzas armadas de Estados Unidos en enero de 2026, el retorno no figura entre los planes inmediatos de muchos migrantes consultados. Aún con cambios en el liderazgo político, nada ha cambiado para ellos, y la posibilidad de regresar sigue siendo lejana.

Entre estaciones, buses y avenidas, las historias recogidas comparten puntos en común. No solo la nacionalidad. También la espera. La adaptación forzada. La búsqueda diaria de ingresos mínimos. Entre el dato y el rostro, la migración venezolana dejó de ser únicamente una estadística de tránsito para convertirse en una presencia constante en la cotidianidad urbana panameña. Las cifras ayudan a dimensionar el fenómeno, pero no explican del todo lo que ocurre cuando termina la jornada, cuando una familia decide dónde pasar la noche, cómo repartir lo poco que logró reunir o qué hacer con un futuro que permanece suspendido.

Tres historias distintas, pero atravesadas por las mismas grietas: la informalidad forzada, la espera interminable, la incertidumbre como rutina. Como ellas, muchas otras familias comparten silencios parecidos, días sostenidos con cálculos mínimos y noches marcadas por la pregunta que nunca desaparece: cuánto más se podrá resistir.

En la ciudad que durante años fue punto de paso, muchos ahora habitan una pausa prolongada. Una pausa hecha de incertidumbre, resistencia y supervivencia silenciosa.

Testimonio anónimo
Migrante venezolano
Uno puede tener muchos estudios, pero sin documentos es como si no supiera hacer nada