La crisis de salud detrás del problema de indigencia

  • 19/03/2026 00:00

Las instituciones públicas cuentan con protocolos de respuesta, pero la falta de personal, recursos y una política pública hacen que los esfuerzos terminen siendo paliativos

Un psiquiatra y un psicólogo. Ese es el personal especializado en rehabilitación y adicción que tiene el Ministerio de Salud (Minsa) para atender a los habitantes de calle en la Ciudad de Panamá. De acuerdo a cifras oficiales, había 374 habitantes de calle en 2023, pero cifras del Municipio de Panamá registran unos 1.050, y contando. Detrás de esas cifras hay personas, cada una con su historia.

Expertos consultados, incluyendo personas que han vivido en condiciones de calle, cuentan que más del 90% terminan en la calle por la adicción a alguna sustancia. En muchas ocasiones son drogas, como el crack y la cocaína, en otras pueden ser sustancias lícitas como el licor.

“Lo mío nunca fue droga, lo mío fue alcohol. Entré en depresión, la pandemia me hizo volverme más alcohólico, no se podía salir, entonces yo hacía pichurro. Es alcohol de farmacia con agua y cool aid. Te volvía borracho como el alcohol normal”, cuenta Iván quien lleva 3 años sobrio.

Iván sufrió de abuso por parte de su padrastro y salió de su casa a los 17 años. A veces conseguía trabajo, pero el alcoholismo lo llevaba a tener ataques de ira que lo hicieron perder su empleo. En las noches, buscaba algún lugar seguro dónde dormir.

“Yo vivía en la calle, tenía que cuidar mis pertenencias, mis zapatos. Si tenía celular, me lo metía en mis partes íntimas para que no me lo robaran. He sido golpeado, ultrajado, porque la calle no es fácil. El alcohol te lleva, te arrastra. Te lleva a la indigencia”, relata.

Finalmente, Iván consiguió ayuda gracias al apoyo del Centro San Juan Pablo II y Alcohólicos Anónimos. Su historia es una de muchas que ilustra la necesidad de apoyo en salud mental, algo que muchos centros de rehabilitación no tienen capacidad para ofrecer.

“Ellos deben tomar, o tomaban algún medicamento en el pasado que no están tomando y están descompensados. Conocemos diagnósticos como esquizofrenia, trastorno de bipolaridad, trastorno de personalidades, que se mantienen en la calle y lógicamente por no tomar su medicamento algunos son pasivos y otros a veces se tornan de manera agresiva”, explica el director del Centro, Ariel López. “En Panamá hay un instituto de salud mental, pero eso lógicamente tiene algún costo. No hay un centro donde ellos puedan permanecer”.

López considera que las autoridades tienen buenas intenciones, pero no hay una verdadera política de prevención.

“Todos saben lo que pasa en los operativos. Los rescatan en la mañana, a las 6, 7 de la mañana le cortan el cabello y ellos mismos le dicen bueno, chao, cuídense”, lamentó. “Todo el que consume es porque ha ido con la necesidad de resolver algún tipo de problema emocional o algún tipo de problema económico. La adicción es una enfermedad. Lamentablemente, todos los que están en la calle están enfermos. Hay una gran cantidad de centros de rehabilitación, la mayoría de centros cristianos evangélicos que tienen una orientación religiosa. Si todos estos centros evangélicos cerraran, un aproximado de 2.500 personas quedarían en la calle”.

Los centros religiosos hacen una labor importante, ayudando a muchas personas, pero no es suficiente, y la falta de una metodología científica y tratamientos médicos dificulta mucho la rehabilitación, especialmente de personas con discapacidad o enfermedades.

“Hay un porcentaje importante de ellos, casi arriba del 80%, que tienen consumos de sustancias ilícitas, casi un 15-16% que consumen alcohol, y hay aproximadamente un 40-45% de ellos que presentan una combinación de consumo, tanto de sustancias ilícitas con alcohol”, detalla la doctora Celided Visuette, coordinadora regional de salud poblacional del Minsa. “Tenemos conocimiento de entre un 3% y un 5% de personas viviendo con VIH, y sabemos también que tienen algunas comorbilidades asociadas, como lo es la tuberculosis, sabemos que esta es una enfermedad que suele asociarse a estratos bajos, y definitivamente no podemos negar que hay un porcentaje entre 5% y 7% que presenta problemas y enfermedades psiquiátricas”, detalló.

Añade que en el caso de las mujeres hay riesgo adicional por abuso, violencia y explotación. Además de adultos mayores que han sido abandonados por sus familias y no cuentan con una fuente de ingreso fijo.

La estrategia del Minsa es coordinar con la Alcaldía para llevarlos a centros de atención, hacer pruebas de sangre, de VIH, dar el apoyo psicológico que puedan y por otro lado capacitar a sus médicos, aunque reconocen que el recurso es limitado.

Lizbeth Cunningham, directora de Gestión Social del Municipio de Panamá, advierte que muchas veces estas personas son rechazadas cuando buscan atención.

“Hay un tema de discriminación. ¿Quién quiere atender a esa población que huele mal? Nosotros le damos atención primaria para que por lo menos vayan olorosos, que vayan con ropa limpia, que vayan con peinado, con el cabello cortado. Que no nos los echen para atrás porque huelen mal. La alcaldía se esmera en tratarlos a ellos de manera digna que sepan que ellos pueden tener una mejor vida”, asegura.

En las paredes del Centro San Juan Pablo II hay afiches con caras de hombres y mujeres de distintas edades, personas con Alzheimer, adultos mayores que un día se perdieron y aún no aparecen. En la habitación contigua hay una pared llena de caras de todas las edades, son los que ya no volverán, decenas de panameños y panameñas que murieron en las calles. La sociedad no quiere ver, tocar, ni oler a un habitante de calle, pero sin políticas públicas que aborden el problema de fondo, seguirá aumentando su número, seguirá llenándose la pared de muertos y desaparecidos.